El papel social del cine

Rodaje de Soy Nevenka, de Icíar Bollaín. / Nueve cartas
Icíar Bollaín crea el relato cinematográfico que merecía Nevenka Fernández, objeto de una gran ovación en el estreno de la película Soy Nevenka en el festival de San Sebastián.

El cine, como forma de arte y herramienta de comunicación, tiene un poder transformador sobre la sociedad. Ha sido, desde sus inicios, un reflejo de las tensiones sociales, los conflictos humanos y las historias de resistencia. En este contexto, películas como Soy Nevenka de Icíar Bollaín nos muestran cómo el cine puede convertirse en un vehículo para la justicia social, reivindicando luchas que, de otra manera, podrían ser olvidadas o subestimadas. La historia de Nevenka Fernández no es solo la narración de un caso de acoso sexual, sino la crónica de una batalla contra un sistema que, como muchos otros, tiende a proteger a los poderosos y marginar a las víctimas. Esta obra pone en evidencia el papel clave del cine en dar voz a aquellos que han sido silenciados.

La valentía de Nevenka al enfrentarse a su acosador, el entonces alcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez, marcó un punto de inflexión en la lucha contra el acoso sexual en España. En su momento, la sociedad y los medios se mostraron ambivalentes y, en gran parte, insensibles ante el sufrimiento de esta joven economista, que no solo tuvo que enfrentarse a un juicio público, sino también al juicio paralelo de una sociedad que aún no comprendía ni aceptaba plenamente las dimensiones del abuso de poder. Es en este contexto donde Soy Nevenka cobra mayor relevancia: nos recuerda que las luchas personales por justicia son, en realidad, luchas colectivas por los derechos humanos.

Icíar Bollaín, con su maestría narrativa y su enfoque directo, no busca simplemente contar los hechos. Ella y su coguionista Isa Campo profundizan en el aspecto humano de Nevenka, más allá de los titulares y los tribunales, mostrando las emociones y el dolor que acompañan a las víctimas de acoso. En su película, el miedo y la parálisis emocional de las víctimas no son un elemento accesorio, sino el corazón de la narración. La frase "No podía moverme", pronunciada por Nevenka en el juicio, resuena en la película como un eco doloroso que representa a tantas mujeres que han experimentado el mismo terror, inmovilizadas por la intimidación y la violencia del poder.

El cine, a menudo, es una forma de catarsis para la sociedad, y en el caso de Soy Nevenka, ofrece la oportunidad de revisitar una historia que, a pesar de su relevancia, había sido casi enterrada en el olvido. El rostro de Nevenka, tras años de silencio y desprotección, vuelve a ser visible, no solo en la gran pantalla, sino en la memoria colectiva de una sociedad que necesita recordar, reconocer y aprender de estos episodios. La película no solo es una denuncia del acoso sexual, sino también una acusación contra un sistema patriarcal que perpetúa la impunidad y el silencio. Es una llamada a la reflexión sobre cómo las estructuras de poder siguen permitiendo que estos abusos ocurran.

La vulnerabilidad y la fuerza interna

La actuación de Mireia Oriol, que encarna a Nevenka, capta a la perfección la vulnerabilidad y la fuerza interna de una mujer atrapada en una situación insostenible. Al mismo tiempo, la interpretación de Urko Olazabal como Ismael Álvarez muestra la arrogancia y el abuso de un hombre que utilizó su posición para explotar a quienes lo rodeaban. A través de estas representaciones, Bollaín logra dar vida a una historia que, aunque ocurrió en el pasado, sigue siendo tristemente relevante en la actualidad.

En el panorama del cine contemporáneo, Soy Nevenkano es solo una película importante por su mensaje, sino también por la forma en que este mensaje se articula. En un momento donde el machismo sistémico sigue permeando muchos aspectos de la vida pública y privada, la obra de Bollaín actúa como un recordatorio necesario de que la justicia no puede depender del silencio de las víctimas, sino de la capacidad de la sociedad para escuchar y actuar. Esta película, con su enfoque didáctico y emocional, tiene la capacidad de abrir los ojos y los corazones de aquellos que aún no comprenden la gravedad del acoso sexual.

El cine, al fin y al cabo, no es solo entretenimiento. Es una herramienta de cambio, de educación y de transformación social. Películas como Soy Nevenka nos muestran que el arte tiene el poder de influir en el debate público, de generar empatía y de mover conciencias. En un mundo donde la desinformación y la indiferencia pueden dominar el discurso, el cine puede actuar como un faro de verdad, iluminando las historias que necesitan ser contadas.

Cuando se encienden las luces al final de la proyección de Soy Nevenka, el espectador no solo ha visto una película. Ha sido testigo de una historia que refleja las vivencias de muchas mujeres que, a lo largo del tiempo, han tenido que luchar solas contra un sistema que no las apoya. Ojalá, como sugiere el propio título del film, todos podamos decir Soy Nevenka en el sentido de comprometernos con la justicia y con la defensa de los derechos de las víctimas. Porque, como demuestra esta obra, solo cuando se rompen los silencios, podemos comenzar a construir una sociedad más justa e igualitaria. @mundiario