La OTAN y la cumbre de La Haya

Foto grupal de los líderes de la OTAN. / RR SS.
Las noticias que estos días abren los titulares cuentan cómo la OTAN aprueba elevar la inversión militar al 5% del PIB, que supone el mayor aumento de su historia. 

Es difícil no asombrarse cuando vemos, tras leer las noticias de los diarios, en qué se está convirtiendo el mundo de hoy. Empieza a ser complicado adivinar si estamos ante el mundo real o se trata de una pura chirigota, aunque con muy poca gracia. 

Quizás por eso, hace un tiempo que ni ganas tengo de escribir sobre estas cosas, tal vez en medio de la depresión, el sobrecogimiento o la parálisis; o es posible que una mezcla de todo ello. 

Lo cierto es que no sabría decir muy bien por qué escribo hoy y no ayer o hace una semana, o un mes. Motivos o temas no faltan. Unos se echan encima de los otros, haciendo que las bombas iraníes dejen atrás las matanzas en las colas del hambre en Gaza y éstas más atrás a la demencial persecución, como animales, de los inmigrantes de Los Ángeles, y podríamos seguir sin fin. 

Pero, a veces, uno no elige deliberadamente de lo que quiere escribir, o tal vez hay temas que más que impulsarte a hacerlo, te dejan paralizado, en una especie de shock. El caso es que sin saber bien cómo ni porqué, tal vez porque, esta vez, la indignación fue mayor que la parálisis, me he encontrado escribiendo sobre la cumbre de la OTAN, que se ha celebrado recientemente en La Haya. 

Las noticias que estos días abren los titulares cuentan como la OTAN aprueba elevar la inversión militar al 5% del PIB, que supone, el mayor aumento de su historia. 

De por sí, esa afirmación, ya parece, de lejos, un enorme disparate, por decirlo de una manera muy amable. Hoy, los países europeos de la OTAN, 29 de los 32 miembros, muchos de ellos, miembros también de la Comunidad Económica Europea (CEE), con Alemania a la cabeza, han aprobado un aumento del gasto militar, absolutamente descomunal y casi obsceno, cuando hace, como quien dice cuatro días, las reglas de la ortodoxia económica, capitaneada por esa misma Alemania, llevaban casi a la hoguera a los países que no aceptasen reducir su gasto público de una manera que acabó resultando prácticamente suicida. 

La exigencia de una reducción draconiana del gasto en partidas como la educación, la sanidad o el gasto social que llevaron a cabo estos países europeos hace unos pocos años se ha transformado hoy, por arte de birlibirloque, en la obligatoriedad de un aumento gigantesco del gasto militar, que se nos vende como imprescindible y repleto de parabienes. 

Víctor Hugo, en un discurso en la Asamblea constituyente, en 1848, ya avisaba del gran error que cometía el gobierno francés de aquella época, recortando gastos asumidos como superfluos en partidas de educación y cultura. Les espetaba: “Han caído ustedes en un error deplorable; han pensado que se ahorrarían dinero, pero lo que se ahorran es gloria”. 

Casi un siglo después de ese discurso, en los años 30 del siglo XX, Europa, que continuaba ajena a la importancia de la Cultura y la Educación, se embarcó en cambio, en una carrera armamentística que acabaría desembocando en la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Tal vez, como decía el genial escritor parisino, habría que haber multiplicado las escuelas, los museos, las bibliotecas, los teatros. Habría que haber dejado penetrar la luz en el espíritu del pueblo, pues son las tinieblas las que lo pierden. 

Hoy, ya a pocos años de los años 30 de este nuevo siglo, parecemos empeñados en despojar a las humanidades, la cultura y la educación de la poderosa importancia que tienen en formar naciones sólidas y ciudadanos libres y honestos. Hoy seguimos pensando que es mejor apuntarnos de nuevo a un aumento del gasto militar, que, sin ningún género de duda, irá en detrimento de ese ya malhadado presupuesto que se dedica a la sanidad, la cultura, la educación, pues no es en otro lugar donde se harán los recortes que paguen las armas. Además, ese viejo y engañoso mensaje de que hay que armarse para la paz, ya sabemos que en realidad esconde el que nos estaremos armando para la guerra. 

Si, además, esta terrible decisión estratégica hubiera sido fruto de un consenso concienzudo, bien elaborado y de raíz europea, aun siendo errado, podría, al menos, tener la justificación de haber sido una decisión propia y no impuesta. Pero lo dramático es que este giro copernicano hacia un keynesianismo de derechas, obedece sin ningún tapujo, al ordeno y mando de Mr. Trump, el cual, los dirigentes europeos acatan a pies juntillas, sin discusión y en posición de firmes. 

Y aunque pueda parecer increíble, es ese mismo Trump el que ningunea con absoluto desdén a Europa. El que la humilla, dejándola al margen de las negociaciones de algo tan cercano y vital como es la guerra de Ucrania. El que ridiculiza y pone en peligro la posición europea, haciendo concesiones a Putin que desbaratan las presiones sobre él por parte de la UE. 

Es el mismo personaje que, de pronto, una mañana, declara la guerra comercial a sus aliados europeos con unos aranceles tan salvajes como irracionales.  

Es el tipo que permite a Netanyahu llevar a cabo su plan para conseguir el Gran Israel, a costa de la tierra y las vidas de los palestinos, sin que el hacerlo, mediante una matanza de civiles racista y genocida, suponga el más mínimo inconveniente para él ni su gobierno.  

No es otro que el que llega a la cumbre de la OTAN, entre lisonjas y peloteos, recién acabado de bombardear unilateralmente a Irán, en una escalada del conflicto que no cree necesario consensuar con sus aliados. 

Un verdadero mono con dos pistolas, que anda suelto por un mundo repleto de barriles de pólvora. Que, en vez de acabar con dos guerras en marcha, como fue su promesa, ha empeorado esos conflictos y, ha creado otros nuevos allí donde no existían. Todo ello con la marca de la casa: a golpe de bravata y pisoteando la diplomacia, que no debe saber ni cómo se pronuncia.  

Ha sido en este escenario esperpéntico en el que los líderes europeos, que lo esperaban en genuflexión a su llegada a la cumbre, en vez de intentar arrebatarle al mono las dos pistolas, o dejarle aislado con ellas en un rincón para evitar daños mayores, han decidido en cambio comprárselas y también comprar su maravillosa idea de aumentar el 5% del PIB en gastos militares, que, como habrán adivinado, casualmente consistirá, en la compra de material armamentístico fabricado en EE.UU. De esa manera, Mr. Trump podrá inyectar dinero contante y sonante a su maltrecha economía que, de imbatible la está convirtiendo en sumergible (tal como comienza a hacer aguas) gracias a sus brillantes decisiones comerciales. 

Sin embargo, ha sido en esa cumbre de los idiotas, donde hemos podido ver a Pedro Sánchez, el presidente del gobierno español, ser el único que no le ha reído las gracias a Mr. Trump, ni ha aceptado las ocurrencias de ese clown con alma de tirano. Mientras, Trump exigía a Europa, sin pudor, un aumento del 5% del PIB que él mismo adelantaba que su país había decidido no pagar, el presidente español ha negociado un aumento del PIB dedicado a defensa muy alejado de las exigencias de Trump y que le permitiría mantener en España un estado del bienestar sostenible. 

Se podrá aducir y con razón que lo ha hecho en parte forzado por presiones del costado izquierdo de su gobierno representado por Sumar, o tal vez también para tapar de alguna manera el desgarrón descomunal que ha producido en el PSOE y el mismo gobierno, la ponzoñosa trama corrupta de Cerdán, Ábalos y Koldo. Aunque fuera únicamente por eso, ya habría valido la pena esa decisión de España en la cumbre. Ojalá hubiera habido más presiones internas y más Cerdanes en los demás gobiernos europeos que hubieran ayudado a rebajar las imposiciones de Mr. Trump. 

Toda esta secuencia nos produce un “dejà vu” y nos retrotrae a aquellos años de la guerra de Irak, con la excusa de unas armas de destrucción masiva que acabaron siendo únicamente armas de engaño masivo. Incluso en aquella guerra aberrante, la durísima y ultraconservadora administración americana de los Bush, Cheney, Rumsfeld y compañía, tuvieron, al menos, la delicadeza de buscar apoyos en sus aliados europeos. Una administración dura y antipática como aquella, ni siquiera se atrevió a llevar a la guerra a sus aliados a golpe de silbato, como hace Trump, sino con persuasión y diplomacia, incluso concediendo poner los pies en su mesa a algún mediocre líder político, con aspiraciones atlantistas. 

Hoy es vergonzoso e indigno ver a estos líderes europeos doblar la rodilla y el gollete, atemorizados ante los ladridos del mandamás y antiguo amigo americano. Un patán que se cree rey sin que nadie le haya explicado que es rey quien sabe reinar y no quien posee un reino. 

Probablemente, como europeos, en vez de asentir y consentir como bobos los deseos descabellados de un individuo como Trump, deberíamos volver la vista atrás, mirarnos un poco el ombligo, reencontrarnos con esa maravillosa cultura griega y latina, que es donde radica el origen de la Europa que hoy conocemos y recordar, por ejemplo, las palabras de Plutarco, que hoy son tan necesarias. Esas que dicen que: “Los éxitos más brillantes de los generales sólo son motivo de salvación de peligros inmediatos para unos pocos soldados, para una sola ciudad o como máximo para una sola nación, pero nunca hacen mejores ni a los soldados ni a los ciudadanos ni a los que pertenecen a una misma nación. En cambio, la educación se puede encontrar que es útil no sólo para una familia, para una ciudad o para una nación, sino para todo el género humano. Así, en tanto en cuanto el beneficio de la educación es mejor que todas las hazañas militares, en esa medida también es digno ocuparse de ella”.

Pero, ¿quién demonios se acuerda de Plutarco o Víctor Hugo en esa cumbre de los idiotas? @mundiario