El olor político del odio

El líder de Vox, Santiago Abascal, en la plaza de Colón. / Mundiario
El líder de Vox, Santiago Abascal, en la plaza de Colón. / Mundiario

Entre las múltiples técnicas políticas utilizadas por la extrema derecha en nuestro país se encuentra la que viene definida por la relación, a través de la cual, estos partidos anhelan destruir a la izquierda. Es decir, provocar el odio político.

Carlos Castilla del Pino desarrolló en su libro Teoría de los sentimientos, la tesis que permite clasificar a los sujetos que nos rodean con buenos, malos, muchos, o con pocos, sentimientos.

Afirma Castilla del Pino que nos va en ello “la vida de relación, amar/odiar, y los distintos grados de antipatía y simpatía”.

Uno de estos sentimientos es el odio, sentimiento inherente al deseo de destrucción total o parcial del otro.

De las múltiples técnicas políticas utilizadas por la extrema derecha y la derecha en nuestro país, e incluso globalmente, se encuentra la que viene definida por la relación, a través de la cual, estos partidos anhelan destruir a la izquierda. Es decir, provocar el odio político.

La prensa y los politólogos definen este tipo de sentimiento como “polarización” que según Moisés Naim: “no es más que un enfrentamiento radical que consiste en demonizar sin descanso a los adversarios, eliminando la posibilidad de soluciones intermedias y obligando a todos a tomar partido. Es decir, tratando a los rivales como enemigos”.

El porqué de este odio, se explica al considerar estas formaciones que la izquierda, es una amenaza a su integridad, a su identidad y a la pérdida de poder.

El odio, tiene una singularidad, une a los miembros de esos partidos, aumenta la fidelidad de los mismos y los vincula más estrechamente dentro de esta comunidad de odio.

Es un odio que no deja espacio ni para el entendimiento ni para ningún tipo de acuerdo o consenso.

Ello, se constata en la insistente y reiterada imposibilidad de algún   dialogo fructífero y votos en común, sobre asuntos de interés general tan conocidos como:  la renovación del Poder Judicial, la subida del Salario Mínimo; Reforma Laboral; Pensiones; Presupuestos Generales del Estado, el decreto anticrisis…etcétera.

Se centra esta derecha únicamente, como se dijo ya, en la destrucción del “enemigo” que no del adversario, que viene siendo el objeto odiado y odioso.

Los bulos, la posverdad, las calumnias, la difamación, los insultos o la crítica maliciosa y mal intencionada, son algunas de las formas que se utilizan para la destrucción, acompañadas de un infinito bombardeo de la desinformación a lomos de la manipulación mediática y el progreso tecnológico.

Todo vale. Incluso negar la realidad de forma clamorosa.

 Lo estamos viendo, escuchando y leyendo diariamente, en los parlamentos, y en las declaraciones de muchos responsables conservadores en los medios de comunicación.

Los hechos, o la argumentación ilustrada apenas cuentan.

Lo grave, es que todo esto y más, se puede llevar a cabo sin demasiado desprestigio político, y sobre todo sin costo electoral alguno para los promotores.

 Esta circunstancia llevó a prestigiosos pensadores como Adela Cortina a manifestarse como sigue: “Resulta descorazonador que las pruebas palmarias de que un partido ha difundido bulos o de que algunos políticos han mentido abiertamente no merezcan ningún castigo en las urnas”.

Mentir “abiertamente”, no equivale a no poder cumplir un deseo o una promesa electoral, se trata de mentir negando o retorciendo lo evidente, lo palpable, lo visible.

Los embustes y falsedades a los que estamos asistiendo, por parte de los conservadores son la mejor representación y espejo de sus carencias como: decencia, honestidad, rigor, sensibilidad, e interés general.

Lo grave, es que estos comportamientos políticos electorales están siendo mal interpretados o comprendidos, por una parte, del electorado, sobre todo por aquellos, a los que no les gusta pensar que el mundo es complicado, o que no todos los problemas tienen soluciones inmediatas y simples.

Por ello es tan actual la advertencia que dejó escrita hace 70 años George Orwell: “Un pueblo que elige corruptos, impostores, ladrones y traidores, no es víctima, es cómplice”.

Ahora, ante las próximas elecciones municipales, autonómicas o generales, convendría no olvidar  otra afirmación por si despierta alguna alarma o reflexión entre los votantes menos precavidos:

 “La política no puede convertir a un candidato en ladrón, pero tu voto puede convertir a un ladrón en político”. @mundiario

 

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