El odio y la violencia política pretenden destruir la democracia

Congreso de los Diputados./Mundiario
Congreso de los Diputados. / Mundiario
Ayer el Partido Popular, en lugar de esconderse en la más vergonzosa “omertà”, debió demostrar que es un partido que, por encima de todo, está a favor de la democracia y de sus Instituciones más sagradas.
El odio y la violencia política pretenden destruir la democracia

Ayer, en la sede de la soberanía española, el Partido Popular -de la forma más vergonzante- hizo oidos sordos y se refugió en la omertá: esa cobarde ley del silencio siciliana de callar sumisamente frente a los desmanes y la impunidad de la mafia.

Cuando una diputada de la extrema derecha se permitió practicar el matonismo, la agresión verbal violenta y la incitación al odio contra una mujer -ministra y diputada-, los diputados de la mayoría de los grupos se levantaron a aplaudir, en solidaridad con la ministra-diputada agredida, y a favor de su valiente respuesta en la que exhortaba a no dejar que el fascismo tome posiciones en la vida política española. Pero los diputados del PP se quedaron impávidos en sus asientos, subrayando con su silencio la barbarie de la diputada de Vox.

Ahora que la portavoz popular Gamarra está insistiendo y forzando votación nominal sobre el proyecto de ley que sustituye e delito de sedición, “para que los diputados se retraten”, su partido, con ella a la cabeza nos ofrecieron ayer una foto de familia de la que los más dignos seguro que se sienten avergonzados.

La diputada de Vox se esconde como una víbora en su escaño del Congreso, para saltar agresiva y violenta sobre su presa. Y no tiene reparos en allanar todas las barreras: la de la cortesía parlamentaria, la de la educación y la del respeto, por un lado, a su propio papel de representante popular, y por otro a la persona a la que se enfrenta.

Esa exhibición de odio, machismo (que resulta más grave cuando lo practica alguien que debería sentir la dignidad de ser mujer), y violencia descarada digna del matonismo de la peor especie, supone un desprecio absoluto por nuestra convivencia democrática, y traduce una clara hipocresía fascista de utilizar los medios que posibilita el sistema democrático con la alevosa intención de acabar con la Democracia.

Algo que -siendo intolerable, y a lo que había que poner coto de inmediato, cuando menos con la expulsión del pleno- no choca, procediendo de la bancada de los de Abascal. Pero que los restantes grupos deberían combatir con fuerza, si es que de veras defienden nuestro sistema democrático.

La reacción de Irene Montero, dentro de la lógica indignación que le produjo el violento ataque, fue valiente, enardecida y racional, al identificar claramente aquella actitud con el matonismo fascista, y al oponerse en el momento a los intentos degradantes de la ultraderechista. La actitud del resto de los grupos, al levantarse a aplaudir a la ministra, escenificó un claro levantamiento contra los intentos de instaurar el odio en la Sede de la Soberanía. La actitud del PP fue de una cobardía indigna de un partido al que se le llena constantemente la boca al autoproclamarse constitucionalista (aunque sabe que los suyos de entonces no apoyaron activamente la Constitución). Y tuvo un tufo a podredumbre calculada, de estar pensando más en llegar al gobierno como sea (es decir: con la ayuda de la ultraderecha fascista) que en practicar limpiamente el juego democrático.

Ayer el grupo de Feijóo se quedó sentado cobardemente en el Congreso, haciéndose cómplice de la ignominia del odio fascista. Muy preocupante. Sobre todo cuando está sacando a su partido de la senda constitucional, negándose a cumplir los preceptos legales de renovar el Consejo General del Poder Judicial, en un intento de politizar y de utilizar la justicia a favor de sus propios intereses procesales. Que, por desgracia, los tiene: y graves. Si no fuera por el juez García Castellón (por ejemplo) y otros, dirigentes de hace dos días del PP estarían procesados por crear y colaborar con una parapolicía política, creada para burlar la acción debida de la justicia y para actuar con infundios contra sus adversarios políticos.

Ayer, quien presidía la sesión del Pleno del Congreso debería haber expulsado a la diputada de Vox, a la que no quiero ni nombrar, porque demostró que no era una persona, sino un ser humanamente venenoso y políticamente peligroso. Y el Partido Popular -en lugar de esconderse en la vergüenza de la “omertà” debió demostrar que es un partido que, por encima de todo, está a favor de la Democracia y de sus Instituciones más sagradas. @mundiario

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