Noventa años cumplidos: con arrugas, pelo y lucidez

Paco Ibáñez en el Olympia (París). / RR.SS.
Puesto que en los obituarios de las revistas rosáceas solo te comentan si el óbito ha sido el de algún tipejo o tipeja que haya tenido tirón entre los “influenciables” (o sea la mayoría del corro), que no de los “influencers”.

Yo pensé que ya había muerto. De veras. Como nada se decía de él, pensé que se había ido, como tantos otros, sin pena, gloria ni recuerdos. Sí, como tantos otros…

Puesto que en los obituarios de las revistas rosáceas solo te comentan si el óbito ha sido el de algún tipejo o tipeja que haya tenido tirón entre los “influenciables”(o sea la mayoría del corro), que no de los “influencers”, termino anglosajón tan en boga en nuestro vocabulario actual, que parece que mola más y que somos mucho más curtidos en intelecto al usarlos: ¡qué horroroso!

Ahora no recuerdo dónde lo leí. Pero no hace ni una semana.

Debe haber sido en una de esas revistas que aparecen en los impertinentes anuncios que salen en todos los sitios web; fueren estas de pago o no. De esas que titulan con una frase espectacular y después nada o casi―  tienen que ver con lo comentado en titular, y te añaden que ‘’si quieres seguir leyendo, dale que sí a todas las galletas" (que todavía no sé qué son las celebérrimas “cookies”, por cierto).

El caso es que anunciaban que Paco Ibáñez volvía a los escenarios a los noventa años cumplidos. Con más arrugas, igual de pelo, y maravillosa lucidez.

Y, claro, me alegré un montón. Tanto por saber que andaba vivo como porque no iba a dejar los conciertos después de más de veinte años o más sin tener ni idea de lo que fue de él.

Paco Ibáñez nos enseñó mucho a los chaveas de mi quinta. No tanto porque su voz fuese de alabar; ni siquiera por cómo tocaba la guitarra que era muy pero que muy bueno en ello. Tengo entendido de que en uno de sus conciertos, el público le solicitaba que tocara más la guitarra, a lo que contestó que él no era José Feliciano.

Nos enseñó mucho a menos a mí a la hora de descubrir a poetas españoles que estaban prohibidos totalmente. Que eran clandestinos en nuestras clases de literatura.

Y él les citaba, les ponía música a sus versos y los acompañaba con su voz rugosa, cascada, engurruñada y con tendencia al etilismo (o eso me parecía).

Si Serrat nos enseñó a poetas malditos como Machado, Hernández, Felipe y otros, Paco Ibáñez nos descubrió a muchos más: Goytisolo, Alberti, Celaya y tantos otros endiablados poetas que muchos de mi generación no nos sonaban de nada, en absoluto.

“Palabras para Julia”. “A galopar”. “La poesía es un arma cargada de futuro”. “Andaluces de Jaén” (Jarcha, después, hizo una versión de esta última)… y tantas otras canciones inmortales e inmoribles.

Pero no me alegro de que a sus noventa años, con arrugas, pelo y lucidez, vuelva a cantar en público, en conciertos.

Una vez, fui a un concierto de Joan Manuel Serrat en un pueblo manchego; fue después de haber sido operado de un cáncer de vejiga. Aparte de su camarilla habitual Miralles, por supuesto le acompañaba una botella de cava a la que le daba tientos entre canción y canción. No fue desilusión, no.

Fue rabia, furia y ganas terribles de llorar, las que me dieron al oír esa voz que ya ni se atrevía a cantar “La saeta”, o cualquier otra de tonos altos y cuya interpretación podía hacerla mal, tirando de secretos y trucos vocales de profesional inmenso.

Me prometí no volver a verle en ningún concierto en directo. Y lo he cumplido. Hasta ahora.

Pues eso, que no me alegro de que Paco Ibáñez vuelva a los conciertos en directo.

No me agradaría nada volver a sentir lo que sentí con Serrat.

Porque admirar a los maestros que tanto y tanto te enseñaron debería ser octavo sacramento si eres católico, que no es mi caso.

E imagino lo que puede suceder en cualquier concierto.

Lo que sí me ha dado una gran alegría es saber que está vivito y coleando. Eso sí.

Ya. Ya sé que no es noticia de primera plana. Pero ¿qué quieren que les diga?

Me ha sorprendido muy gratamente el saber que sigue por estas tierras. Y mucho.

No creo que el «Olimpia» vuelva a contratarlo. Pero ¿qué puede esperarse de un descreído cuál yo?

Ojalá que el supuesto alto el fuego entre palestinos e israelíes no siga pendiendo de ese sutil y delgado hilo del que siempre ha pendido.

¡Eso sería sencillamente una utopía bellísima! Pero me temo que no saldrá de ser eso: Una preciosa e inalcanzable “utopía”. @mundiario