Plato del día

Necios mirando a los dedos de necios que señalan a la nada

Los dedos de los sabios. / RR SS.
El diagnóstico podría ser cáncer de democracia; la terapia (si es que tiene cura, claro), que remita esa metástasis de una generalizada conjura de los necios de la que uno tiene el disgusto de formar parte.

Por lo menos, en tiempos de Confuncio, había sabios que señalaban a la luna y necios que fijaban las miradas en sus dedos. Pero es que, ahora, los considerados sabios y sabias, los hombres y mujeres elegidos por los pueblos para alcanzar sus heterogéneas tierras prometidas, señalan a los Wall Street, a los aranceles, a los IPC, a los SSMMII, a los síntomas demoscópicos, a las motosierras, a los patriotismos como último recurso de los canallas, a los miedos a salir de noche, a los cayucos que arriban a los puertos con ciudadanos del mundo, a las independencias (con síndromes de Babel, claro), que aprovechan la confusión lingüística para trazar fronteras, a cualquier cosa que se mueva para acaparar la atención del enorme colectivo de necios de este siglo XXI de los que un servidor de ustedes forma parte.

Ahora creo que fue un error enviar a Neil Armstrong a la luna, oye, aquella que señalaban los dedos de los sabios en tiempos de Confucio; esa otra que soñaba e intuía alcanzar Julio Verne, cuando todavía no estaba al alcance de la raza humana. Ahora, como ya nos queda a mano, a tiro de Challenger, creo que aquel gran paso para la humanidad, tan pequeño para el hombre, nos ha dejado a los necios terrícolas mirando a los dedos de seudosabios que señalan ojivas nucleares, tierras raras, duelos socioeconómicos, guerras santas, drones de destrucción masiva, inteligencias artificiales, redes infalibles que van dejando en estado de hibernación a la anémica y depauperada condición humana.

Claro que siguen entrando en erupción volcánica rebeliones de las masas orteguianas, pero por control remoto, teledirigidas, twiteadas, en el colmo de la necedad que consiste en que, los necios de ahora, je, fijen, fijemos nuestras miradas, nuestros sueños, nuestros delirios de futuro, en los dedos de otros necios y necias que se señalan a sí mismos, a sus oscuros objetos del deseo, a sus ambiciones personales, como los niños de Hamelín seguían abducidlos al flautista que pasaba por allí.

Llegados a este punto, no sé yo sin con capacidad para el retorno al menos común de los sentidos, me pide el cuerpo lanzar ese grito in extremis que se escucha cuando un barco, incluso aparentemente insumergible como el Titanic, se hunde irremediablemente: ¡sálvese el que pueda! A este paso, con esos Trumps, Putins, Le Pens, Netanyahus, Abascales, Pedros Sánchez, Feijóos, Puigdemots, Mazones, Ayusos y alter egos esparcidos por el mundo, Europa y pedazos territoriales de España, arropados por lobbys mediáticos inasequibles al desaliento y rodeados de francotiradores apostados en la twitesfera, uno acaba acaba temiéndose un diagnóstico fatal tras un scanner de la historia: cáncer de democracia

¿Es operable, doctor? Por una parte yo qué sé y por otra qué quiere que le diga. Nos queda la radiación, la quimioterapia y la esperanza de que remita la conjura generalizada de los necios. @mundiario