“Mentir no es ilegal”, pero no es de fiar

Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de la presidenta de la Comunidad de Madrid. / RR SS.

El PP tal vez está pagando ya las consecuencias de haberse metido en el torpe laberinto de las mentiras, que defiende desde Génova 13 por boca de la señora Ezcurra.

El video filtrado de la declaración del jefe de gabinete de Ayuso en la instrucción contra el fiscal general del Estado, ha puesto de manifiesto algo más que una mentira.

Alguien que pone su cargo público al servicio de difundir una tergiversación intencionada de la realidad entre los medios de comunicación, para que éstos intoxiquen a la opinión pública, sí está cometiendo una ilegalidad, porque está atentando contra el derecho de información veraz, tanto de los profesionales de la comunicación como de los ciudadanos.

Cuando esa mentira además está implicando a una Institución del Estado como la Fiscalía General, también está pisando la línea de la legalidad, porque calumnia a esa Institución, y veladamente acusándola de prevaricar, al decir (aunque sea ‘sin decir’) que ha dado órdenes de que no se pacte con un ciudadano un acuerdo que -según él y su engaño- ha partido del fiscal competente, que depende de la Fiscalía General.

Desde Génova 13, en nombre del PP se ha defendido a este mentiroso confeso, y a la vez (“como no es ilegal”), la señora Alma Ezcurra, vicesecretaria de acción sectorial del PP aprovecha para ahondar en la mentira: afirma que la filtración del video con la confesión del mentiroso la ha realizado la defensa del fiscal general, “que es lo mismo que decir La Moncloa” (literal).

Todo esto da pie a una reflexión preocupante.

Vale que el Partido Popular quiera suicidarse abandonando, no ya el centro, sino sus posiciones de derecha, para caminar hacia Vox: es su problema. Pero si se acostumbra a utilizar la mentira, los bulos, las suposiciones gratuitas (aunque dé la excusa de que “peina canas”), se transforma en un problema para la Democracia. Y la señora Ezcurra, en nombre del PP, ha entronizado la mentira como arma política y como costumbre social. Y de forma oficial está propugnando una sociedad en la que la Verdad no sea un valor supremo que afianza la confianza de los ciudadanos entre sí y en sus representantes políticos y sociales.

Tengo amigos y conocidos del PP que están alarmados con esta deriva perniciosa. La actuación de Núñez Feijoo en la sesión de control del pasado miércoles fue la gota que colmó el vaso. Ni uno solo de los reproches e insultos con los que encadenó sus diatribas contra el presidente del Gobierno tienen el más mínimo fundamento de realidad, y por mucho que rebusque no va a encontrar una sola justificación que las haga creíbles y que las acerque a la verdad. Con tal comportamiento es él quien queda en entredicho tanto desde el punto de vista ético como político.

Esa actitud agresiva se convierte en exponencial cuando se trata de la señora Ayuso que, con unos discursos desmedidos e incoherentes en la Asamblea de Madrid, y en otras declaraciones públicas, confunde la política con la hostilidad más feroz y destructiva. Y no tiene escrúpulos en difundir bulos y calumnias con tal de mantener un discurso catastrofista y desalentador. Ambos dirigentes (Feijoo y Ayuso) demuestran que forma parte de su código de conducta el pernicioso sofisma que la señora Ezcurra ha defendido de hecho desde la sede central del PP: que la mentira puede formar parte de las reglas del juego político.

Una catástrofe que desgasta y hace insegura la convivencia, que mina el bienestar de la sociedad y la confianza en la democracia. Algo que terminará volviéndose contra el partido que intenta defender la mentira como un valor legal, convirtiéndose en una especie de altavoz inmoral de la ultraderecha, y que termina alimentando la hucha de votos de Vox.

Es perjudicial para España que, cuando se van a cumplir los cincuenta años de la muerte del dictador, un partido que se considera de Estado se sitúe tan cerca del odio, o incluso en algunas ocasiones lo practique de manera manifiesta. En contraste con las políticas positivas y constructivas que practica el Gobierno, y cuyos resultados se constatan en datos reconocidos por los diversos organismos internacionales.

Romper los puentes y desgastarse con una infructuosa política de acoso y derribo está convirtiendo en irreversibles las extralimitaciones del Partido Popular, que cada vez más parecen ser un síntoma de una desesperada impotencia. E imagino que sus propios dirigentes se dan cuenta de que por ahí no progresan; de que se han dejado llevar por la corriente, y cuando quieran volver lo van a tener muy difícil, porque el mar revuelto que provocan tiene mucha resaca y les imposibilita regresar a la orilla.

Si Feijoo, que lideraba aparentemente la postura moderada, se ha echado al monte, y probablemente no encuentra el camino de vuelta que quizá en momentos de lucidez él mismo añore, mal servicio le hace a nuestro país, al que está desgarrando por su afán de alcanzar el poder, aceptando incluso la mentira.

Viendo a ese Feijoo desfasado, bronco, agresivo y descontrolado, se echa en falta -a pesar de sus orígenes- a un Manuel Fraga que al menos tenía sentido de Estado, que supo pactar y consensuar una Constitución democrática, incluso aunque algunos de sus señeros parlamentarios se abstuvieran de votarla; y que (a pesar de su frustración por no haber sido designado en lugar de Adolfo Suárez) se resignó a caminar por la senda democrática, y fue capaz de neutralizar y contener a la ultraderecha dentro del nuevo marco de la convivencia y el respeto.

Y pareciera que la maldición del PP que inauguró Aznar es la de haber ido fagocitando las posiciones centristas, primero neutralizando la oleada que les llegó de la UCD, y más tarde disolviendo a la gente que heeredaron de Ciudadanos.

Y, ya puestos, aturdido por los gritos y las exigencias de la hinchada radical de los Tellado, Ayuso, Bendodo, Almeida, Gamarra, y otros, Feijoo camina desbocado hacia los brazos de los Abascales y otros aviesos personajes que se mueven con todo descaro en el ámbito de la destrucción del sistema, aspirando a ser los Milei y los Orban de nuestro futuro.

Hace algún tiempo aún me atrevía a pensar que alguien dentro de las filas conservadoras iba a ser capaz de frenar ese desmán. Pero o no hay quién, o no se atreven. Quizá arrastrados por la deriva de esa derecha europea que se está inmolando a las arremetidas extremistas y nihilistas, a las que es incapaz de hacerles dignamente frente.

Lo malo es que toda esa actitud no se queda en el circo que intentan representar en el parlamento, sino que se va filtrando y reflejando en determinados comportamientos y alborotos en la justicia, así como en las actitudes de las y los gobernantes autonómicos del PP y, sobre todo, en los servicios que afectan a la ciudadanía: la sombra alargada de las listas de espera sanitarias, los retrasos en las citas de la atención primaria, la inadmisible impuntualidad en la resolución de los casos de la dependencia, el descarado descuido de la enseñanza pública, la asfixia a las universidades públicas, la indiferencia ante el problema de la vivienda, y las prebendas generalizadas a los intereses privados en la gestión de los servicios públicos.

Algo que terminará haciendo mella en la percepción y en las inclinaciones de las ciudadanas y ciudadanos. Hay en la encuesta de octubre del CIS un dato significativo: así como han logrado contagiar su antipatía por Pedro Sánchez -de forma que un porcentaje no desdeñable de votantes no congenian con él-, no logran capitalizarla, ya que, a la hora de decir a quién consideran más apto para ser presidente de Gobierno, las preferencias por Pedro Sánchez son tres veces superiores a las de Feijóo (que queda en este apartado por detrás incluso de Abascal).

El PP tal vez está pagando ya las consecuencias de haberse perdido en el laberinto de las mentiras, que defiende torpemente desde Génova por boca de la señora Ezcurra. @mundiario