Más allá de Trump: es la hora de repensar el orden global
Donald Trump es, sin duda, un síntoma inquietante de nuestro tiempo. Su estilo asilvestrado, su desprecio por el multilateralismo y su visión transaccional de la política internacional encarnan muchos de los males que asolan la democracia y las relaciones internacionales en la actualidad. Pero sería un error —uno grave— quedarnos atrapados únicamente en el análisis del personaje. Trump es un problema, sí, pero no es el problema. Más bien es la manifestación ruidosa y desacomplejada de una crisis más profunda: la de un orden internacional que hace aguas por todas partes.
Durante décadas, Estados Unidos ha desempeñado un papel ambivalente pero central en la arquitectura global: ha sido el garante de la seguridad del tráfico marítimo, la locomotora económica que ayudó a reconstruir Europa y Japón tras la Segunda Guerra Mundial, y un catalizador decisivo del desarrollo del Sudeste Asiático, incluida la integración de China en la economía mundial. Pero ese papel de primacía ha venido con costes internos crecientes: un déficit por cuenta corriente estructural, un déficit presupuestario crónico y una creciente polarización interna que ha debilitado su capacidad de liderazgo.
La turboglobalización de las últimas décadas ha alimentado esa deriva. Un proceso de apertura comercial y financiera sin precedentes, desregulado y acelerado, ha generado desequilibrios sistémicos que ni los organismos nacidos en Bretton Woods —el FMI y el Banco Mundial— han sido capaces de corregir. El diseño original de ese sistema, pensado en 1944 para evitar devaluaciones competitivas y garantizar cierta estabilidad en los intercambios internacionales, ha quedado obsoleto frente a la magnitud de los desafíos actuales: crisis financieras recurrentes, una desigualdad creciente, colapsos ambientales, y tensiones geopolíticas cada vez más difíciles de contener.
El conflicto de Ucrania no puede entenderse solo como una agresión regional. También es una fractura en el tejido de una gobernanza internacional que no ha sabido responder a los desequilibrios acumulados en las últimas décadas. Rusia ha optado por la ruptura, pero la raíz del problema también está en el agotamiento de un modelo internacional que ya no funciona para buena parte del planeta.
Pendientes de una propuesta de fondo
Frente a esta situación, limitarse a reaccionar frente a Trump —o a cualquier otro líder disruptivo— es insuficiente. Hace falta una propuesta de fondo. Quienes creen verdaderamente en el multilateralismo tienen ahora la oportunidad —y la responsabilidad— de demostrarlo. No basta con defender el statu quo. Es necesario repensar y completar el sistema de Bretton Woods con mecanismos eficaces de resolución de crisis, financiamiento del desarrollo sostenible, y garantía de equilibrios comerciales y fiscales justos. Es necesaria una reforma profunda de las instituciones internacionales, desde el FMI hasta la OMC, que permita no solo contener las tensiones, sino anticiparlas y gestionarlas con legitimidad democrática y eficacia técnica.
China, aunque emergente y poderosa, no puede —ni debería— aspirar a dominar un mundo tan complejo y diverso. Su papel debe ser parte de una gobernanza compartida, no de una hegemonía alternativa. Y ahí es donde Europa debe encontrar su lugar. La Unión Europea tiene hoy la responsabilidad de asumir una nueva centralidad: no la de la potencia que impone, sino la del actor que articula, propone y construye alianzas en defensa de un orden basado en reglas, cooperación y sostenibilidad.
La hora de la UE
Es la hora de Europa. De una Europa que crea en sí misma, que no se deje arrastrar ni por la nostalgia del atlantismo sin condiciones ni por la fascinación acrítica con el ascenso chino. De una Europa que apueste por el progreso con equidad, por la seguridad cooperativa, por el respeto medioambiental y por una globalización con límites y reglas claras.
El multilateralismo real no puede ser solo una consigna. Debe ser una hoja de ruta. Eso exige liderazgo, valentía y una visión que supere la lógica de la reacción. Trump pasará. Pero el mundo que lo hizo posible, si no lo transformamos, volverá a parir otros Trump. Peores, incluso. No perdamos más tiempo. @mundiario