Más acerca de la dana: consideraciones sobre la influencia de la obra humana
Aunque los daños registrados en avenidas e inundaciones se deben a la acción de agentes dinámicos naturales, debe añadirse que están también influidos y condicionados por la actividad constructiva del hombre.
En mi anterior artículo sobre este complejo y escabroso tema, el lector habrá observado que las explicaciones y comentarios que incluí estaban centrados en los daños (tipología y magnitud) que pueden originar este tipo de catástrofes, en la zonación territorial que, por el riesgo que supone su acontecimiento, se considera aconsejable, y en los agentes naturales que los provocan.
Se trataba, por tanto, de un documento informativo, aclaratorio de ciertos aspectos técnicos y, para aquellos ajenos a las ciencias de la tierra y sus problemas, de condición —que me disculpen mis colegas— cuasididáctica. En mi intención estaba el facilitar una información lo más objetiva posible, centrada en el equilibrio del medio natural y alejada de opinar sobre ciertos aspectos (siempre discutibles) que acompañan a este tipo de desastres.
Pero una reflexión posterior me hizo comprender que, en mi afán de no entrar en temas de debate, había dejado mi artículo aclaratorio un poco cojo. Efectivamente, con la limitada profundidad que permiten este tipo de documentos, me había limitado a exponer —al menos, así lo creo— las características, acción y efecto de los agentes naturales, pero obviando la influencia que sobre ellos tiene (por activación, modificación o potenciación) un agente ajeno al medio natural: la obra humana. Y, claro, no había más remedio que, aunque sea muy brevemente, tratar de reparar dicha omisión.
La obra humana
En el documento del IGME Establecimiento de Criterios Geológicos para la Prevención de Daños por Avenidas. Aplicación a las inundaciones del valle del Nervión (País Vasco) en agosto de 1983, el autor de este artículo ya había tratado sobre este agente físico antrópico, exponiendo, sobre el mismo, lo siguiente:
…La necesidad de crear suelo industrial y urbano, las dimensiones y complejidad que alcanzan las redes de servicio a comunidades y la proliferación de vías de comunicación por los corredores de los cursos de agua, obligan a la realización de una serie de obras que dañan, claramente, el equilibrio del sistema natural.
Las grandes explanaciones exigen realizar desmontes, con los que se crean escarpes artificiales que desestabilizan las laderas. Las redes de alcantarillado y las conducciones subterráneas constituyen vías idóneas para la penetración de las aguas de avenida…
Respecto a los nuevos viales construidos, puntualizaba:
…carreteras locales y caminos obligan a una constante obstaculización de barrancos y arroyos, las vías de comunicación importantes son verdaderos tajos en el terreno, alineando una sucesión arrosariada de desmontes y rellenos…
Para terminar la enumeración de factores antropogénicos perjudiciales, en caso de avenida, con el siguiente comentario:
…la densidad de puentes sobre los cauces es cada vez mayor (con el consiguiente riesgo de formación de represas durante las inundaciones), el chabolismo provoca la remoción de los materiales de las laderas, desestabilizándolas, y el grado de ocupación de la llanura de inundación crece imparablemente, creando un obstáculo, poco menos que insalvable, para las aguas desbordadas…
Pues bien, la mayoría de estos factores negativos antropogénicos, con alguna salvedad (como el caso del chabolismo), se hallaba presente en el ámbito territorial sobre el que se precipitaron las lluvias extraordinarias del 29 de octubre. Por tanto y, sin duda alguna, cooperaron a modificar, artificialmente, la magnitud de los procesos naturales acontecidos, aumentando la intensidad y gravedad de sus efectos, es decir, de los daños provocados.
Un ejemplo ilustrativo
Tal vez, para el ciudadano corriente, más preocupado de cómo conseguir el cocido del día siguiente que en desentrañar complejidades científicas, no sea sencillo entender el porqué de los daños que, en una avenida, pueda inducir la excesiva ocupación (por naves industriales y viviendas) del valle donde mora.
Pero seguro que, aun ignorando —¿para qué saberlo?— el algoritmo de cálculo del empuje hidrodinámico de un fluido, es consciente de que el agua a mucha presión de una manguera tiene la capacidad de tirarlo al suelo; o sea, que la velocidad con la que viaja el chorro es un factor importante y peligroso.
Veamos, pues, cómo afecta a una avenida el comentado incremento ocupacional de la llanura de inundación. En la zona libre de la misma, sin obstáculos reseñables, la lengua de agua avanza a una velocidad que es el cociente entre su caudal y la sección (el área) por ella inundada.
Cuando llega a un núcleo urbano, dicha sección se reduce notablemente, a causa del espacio ocupado por el caserío y las edificaciones de todo tipo que lo integran. En consecuencia, para mantener su caudal, la avenida precisa aumentar la velocidad y, consecuentemente, su capacidad de impacto y empuje hidrodinámico. Vamos, que pasa a ser mucho más peligrosa y, además, lo hace en el ámbito físico donde, normalmente, desarrolla sus diarias actividades el activo más valioso y preciado del cuerpo social: ¡sus habitantes!
Para ejemplarizar lo recién expuesto, debo decir que, en la avenida del Nervión del año 1983 (por mi vivida) pude realizar, con datos reales, el cálculo del incremento de la velocidad del agua de avenida en la zona de Basauri (a unos siete kilómetros de Bilbao). Pues bien, dicha velocidad pasó de 2,65 m/sg, en zona despoblada, a 6,73 m/sg, en la zona ocupada por la instalación fabril donde se tomaron los datos.
Factores artificiales influyentes en la avenida
En resumen y como síntesis del epígrafe anterior, podría decirse que los factores o agentes artificiales que, siendo fruto de la actividad humana, suelen influir en este tipo de catástrofes, son los siguientes:
La baja regulación, a base de obras hidráulicas, y el nulo mantenimiento y limpieza de muchas de las cuencas amenazadas por sufrir lluvias torrenciales.
Las obstaculizaciones en barrancos y arroyos, provocadas por la acumulación de la maleza y los vertidos arrojados en los cauces carentes de un adecuado saneo. En ellas se forman momentáneos represamientos que, cuando ven superada la capacidad resistente de su heterogéneo cierre, sufren el violento y brusco desmembramiento del mismo, lo que reactiva la negativa y dañosa energía del fenómeno hídrico.
Fenómenos similares pueden amenazar y acontecer en muchos puentes, que, aunque posean una luz correctamente dimensionada para salvar las avenidas de los periodos de retorno establecidos, pueden sufrir su cegamiento. La acumulación de vertidos, troncos, ramaje suelto, sedimentos, etc., llega a cerrar sus ojos, creando presas que acaban por registrar su quiebra y, en algunos casos, la total destrucción de la estructura.
Las canalizaciones subterráneas, incapaces, en muchos casos, de evacuar la demanda que soportan en momentos de avenida.
Las redes de alcantarillado, que se han convertido en vías idóneas de penetración de las aguas desbordadas, suelen obstruirse con los materiales del enlodamiento y dan lugar a surgencias por sus reventadas tapas de registro.
Los depósitos antropogénicos, que pueden causar embalsamientos aguas arriba, así como sufrir desplazamientos de sus componentes constitutivos, subsidencias, asientos de importancia, y procesos erosivos (de zapa) en sus bases.
Los escarpes de desmonte que, aunque estables en condiciones meteorológicas normales, pueden llegar a desestabilizar laderas saturadas, sufriendo procesos gravitacionales más o menos importantes.
El elevado nivel de ocupación de la práctica totalidad de las llanuras de inundación de las cuencas hidrográficas.
La actividad posterior y las medidas de remediación
Es evidente que, tras el acontecimiento de uno de estos desastres naturales, la actividad humana —bajo la dirección de las autoridades gubernativas y con todos los medios disponibles— debe volcarse en la inmediata remediación de los problemas que ha provocado. No obstante, la cumplimentación de tan encomiable e indispensable empeño no debe constituirse en el objetivo final, en la conclusión del hecho catastrófico, para dejarlo, como en tantas otras ocasiones, en el olvido.
El análisis del mismo, con la lección que nos ha aportado, debe imponer a las administraciones la obligación de entregarse al estudio profundo de sus causas y efectos, es decir, a la prevención, con el objetivo de minimizar los daños que, en el futuro, nuevas lluvias extraordinarias (¡qué, con seguridad, se producirán!) puedan ocasionar.
Podría argumentarse que, retirada la población de las áreas amenazadas, el problema desaparecería —“muerto el perro se acabó la rabia”, dice el refrán—. Pero es evidente que dicha solución, al menos en pocos años, es inabordable. Tal vez, a la larga, con herramientas jurídicas adecuadas y normativas al respecto (denegación de autorizaciones constructivas en llanuras inundables) podría conseguirse el progresivo traslado de un núcleo de población a entornos más seguros. Mas es sabido que las actuaciones de dicho tipo son sumamente complicadas e impopulares y, por ello, los políticos huyen de ellas como de la peste.
Así pues, hemos de admitir la necesidad de que, en la fase preventiva que se abre tras cada desastre, se construyan las obras públicas adecuadas (embalses controladores, estructuras laminadoras de avenidas, nuevos cauces artificiales…), respetando, eso sí, las indicaciones de riesgo cualificadas en cartografías ad hoc (de condición geodinámica), y una vez se hayan puesto en práctica las indispensables medidas de saneo y limpieza de los cauces, así como otras, de carácter defensivo del suelo, como la forestación.
Para ello es necesario que los cuerpos legislativo y ejecutivo actúen con el exclusivo criterio de servicio a la ciudadanía, abandonando el vergonzoso sectarismo y los intereses partidistas; pero…, ¡claro!, eso es ya harina de otro costal, y la descripción de las características de dicha actuación está lejos de las pretensiones de este artículo. @mundiario