La manipulación de la memoria
Desde hace unos cuantos años algunas investigaciones han ahondado en la posibilidad de borrar y/o implantar recuerdos en la mente de un sujeto. Experimentos recientes han abundado en esta idea. Ahí están, por ejemplo, los de Karim Nader en 2013, en los que utiliza electroshock para borrar recuerdos dolorosos, o los experimentos con ratones realizados en el mismo año por investigadores del MIT, de acuerdo con los cuales podemos supuestamente implantar recuerdos falsos en un organismo. De este fenómeno se podrían seguir numerosas preguntas de naturaleza científica y filosófica. Una de ellas es, ¿qué imagen de la memoria nos transmiten estos experimentos?
Como se acaba de indicar, uno de los experimentos que se ha llevado a cabo en la última década por diversos neurofisiólogos consiste en la eliminación de recuerdos negativos en ratas. Esencialmente, en estos experimentos se enseña a las ratas a asociar un determinado sonido con un dolor físico. Primero se les hace a las ratas escuchar un sonido, para inmediatamente después aplicarles una descarga eléctrica. Se procede de este modo hasta que se considera que las ratas han asociado sólidamente el sonido con el recuerdo del dolor (lo cual se sabe cuándo, al escuchar el sonido, las ratas dan claras muestras conductuales de tener miedo). Posteriormente se les inyecta un fármaco que bloquea un determinado proceso químico que se atribuye a la memoria, o bien se procede mediante electroshocks. Tras esto, al volver a escuchar los sonidos que asociaba al dolor, las ratas no dan muestras conductuales de tener miedo. Se considera, así, que se le ha borrado su recuerdo. Experimentos de este jaez no nos pueden dejar en la indiferencia. Dando por supuesta su plausibilidad, estos proporcionan una determinada imagen de la memoria que podría acrecentar, y disminuir, la viabilidad de ciertas teorías de la memoria. En lo que sigue, veremos algunas de estas posiciones.
Para el realismo indirecto, cuando recuerdo el Big Ben de Londres estoy aprehendiendo directamente una imagen de mi memoria que se relaciona o relacionó de algún modo con tal torre. Como afirma el filósofo Jonathan Dancy en su Introducción a la epistemología contemporánea, para estos realistas “recordar es aprehender indirectamente el pasado”. Se han esgrimido varias razones en favor de esta teoría. Una de ellas reside en el llamado argumento del intervalo temporal: ¿cómo, se pregunta el realista indirecto, podría yo acceder directamente al pasado, cuando este ya no existe? Cuando recuerdo el Big Ben, lo que estoy aprehendiendo es un objeto directo que, de algún modo, alguna vez, estuvo en relación con el Big Ben (en particular, con mi visión del Big Ben hace años). Mi recuerdo del Big Ben es mi recuerdo de la impresión que tuve del Big Ben.
Por otra banda, para el realista directo lo que es aprehendido por cada uno de nosotros directamente es el pasado, mas no una imagen de él. Es importante no caer en la tentación de otorgar a esta posición una defensa de la infalibilidad de nuestra experiencia. Para el realista directo, el suceso recordado no necesita de intermediación mental, sino que lo que recuerdo es el suceso mismo. He aquí la principal diferencia con el indirecto.
Finalmente, la postura fenomenalista sostiene grosso modo que, o bien el pasado no existe (“fenomenalismo eliminativo”) o bien es reducible a nuestras experiencias presentes (“fenomenalismo reductivo”). Llevar a cabo una caracterización precisa de cada una de estas teorías, además de requerir un espacio no disponible, escapa de las pretensiones de este texto. Es suficiente con que el lector se haga una idea intuitiva de las mismas.
¿Qué imagen de la memoria surge a la luz de los experimentos mentados y en relación con estas teorías? La imagen de la memoria extraída de experimentos de esta índole parece otorgar cierto apoyo a la posición fenomenalista. El defensor de esta teoría podría argüir que lo que la posibilidad de suprimir e implantar recuerdos) muestra, es la no necesidad de suponer siquiera que haya habido un pasado. Si es cierto que la implantación de recuerdos en los individuos es verosímil, y estos son, suponemos, indistinguibles desde la perspectiva en primera persona, la tesis de la necesidad de un pasado es falsa. El fenomenalista eliminativo sostiene metafísicamente, a diferencia del realista, que el pasado no existe: sólo hay un objeto en el proceso de recuerdo, y este no tiene por qué estar necesariamente conectado con una suerte de tiempo pretérito. Como dijo Bertrand Russell, ¿qué razones tenemos para creer que el mundo no ha sido creado hace unos escasos cinco minutos?
En lo concerniente al contenido de los estados mentales, parece que el internismo cobra aquí cierta fuerza en la medida en que aceptemos que la mente del sujeto no parece tener por qué relacionarse con el entorno. Es decir, si la “percepción memorística” es susceptible de manipularse, entonces el mundo de sensaciones que nos rodea parece una suerte de capricho contingente. Podríamos ser, perfectamente, cerebros en una cubeta al estilo de Matrix.
La visión que estos experimentos nos dan de la memoria es la de una capacidad sumamente maleable y sujeta a errores (en la medida en que acordemos que los recuerdos implantados son “falsos”). En relación con este fenómeno se encuentra, asimismo, el debate acerca del vital papel que juega la memoria en la configuración de la identidad personal. Resulta interesante remarcar, así, que una de las posibles consecuencias del desarrollo de estos experimentos afecta profundamente a la identidad de los individuos. Especialmente si de lo que estamos hablando es, como semeja ser en el caso de las ratas, de memoria autobiográfica. En definitiva, si yo soy yo en función de lo que recuerdo haber sido, la maleabilidad de la memoria deja mi propia identidad en el limbo. @mundiario