Madrid ante las listas de espera nocturnas: un síntoma de un modelo sanitario descompensado
La imagen es tan elocuente como incómoda: pacientes entrando en un hospital público de madrugada, en una sala vacía y silenciosa, para someterse a una resonancia programada a las cuatro de la mañana. No se trata de un episodio aislado ni de una anécdota extraordinaria, sino del resultado de una estrategia estructural aplicada en la Comunidad de Madrid desde 2019 que el diario El País ha explicado con todo lujo de detalles. Varias instalaciones gestionadas por Quirónsalud —integradas en la red pública— funcionan como una cadena industrial que opera sin descanso, con turnos nocturnos diseñados para absorber a miles de madrileños que buscan escapatoria a las crecientes demoras en los hospitales 100% públicos. Lo que para algunos pacientes es un alivio se ha convertido, para muchos otros, en la prueba palpable de un sistema roto.
El modelo de libre elección introducido hace más de una década aspiraba a incentivar una competencia sana entre centros para mejorar la calidad asistencial. Pero en la práctica ha generado un ecosistema desequilibrado. Solo un reducido grupo de hospitales —los cuatro concesionados a Quirón y el de Torrejón— reciben un pago extra por cada paciente externo. Esa ventaja económica se traduce en una atracción masiva de usuarios de toda la región, mientras la población local asignada a estos centros soporta demoras que, en algunas especialidades, alcanzan el año y medio. La asimetría es evidente: unos hospitales cobran por cada paciente de fuera; otros asumen el coste sin contraprestación alguna.
La consecuencia directa es un doble circuito que la administración niega, pero que la experiencia de los vecinos hace difícil ignorar. Mientras pacientes externos obtienen citas ágiles y resonancias a horas intempestivas —130 euros por prueba, 199 con contraste—, usuarios de la zona asignada esperan meses o incluso años para ser atendidos en dermatología, traumatología, ginecología u oftalmología. Las listas de espera oficiales, que presentan demoras promedio de días, resultan incompatibles con la realidad que describen los afectados. Que esos datos hayan desaparecido por primera vez de la memoria anual del Sermas no ayuda a disipar las sospechas que constata el diario de Prisa.
A ello se suma la precariedad laboral denunciada por los propios trabajadores de estos centros, que alertan de falta de pausas, insuficiente seguridad y sobrecarga estructural. Si el objetivo fuese exclusivamente reducir la lista de espera local, Madrid podría situarse en el marco de otras experiencias de resonancias nocturnas adoptadas en hospitales públicos de gestión directa en Málaga, Guadalajara o Cataluña. Pero el hecho de que en estos casos la medida responda a incentivos económicos introduce un elemento de distorsión que debería preocupar a cualquier responsable público.
Equidad y rendimiento económico
Una política sanitaria seria no puede basarse en la opacidad ni en un diseño que premie el rendimiento económico por encima de la equidad. El resultado, hoy, es una red que atiende de manera desigual a sus propios ciudadanos, en función de si generan o no ingresos adicionales.
La eficiencia es deseable; el desequilibrio, no. Una administración que se proclama defensora de la libertad de elección debería garantizar ante todo que ninguna opción implique una penalización para quienes, simplemente, viven al lado de su hospital.
Madrid necesita revisar sin prejuicios un modelo que ha mostrado sus costuras. La transparencia en las listas de espera, la evaluación independiente de los resultados de los hospitales concesionados y la garantía de igualdad de trato deberían ser requisitos innegociables. Porque la sostenibilidad del sistema público no se mide en máquinas funcionando de madrugada, sino en la confianza de los ciudadanos y en la justicia con la que se reparten los recursos. Y hoy, ambas cosas están en riesgo. @mundiario