Una lección monárquica de terapia de grupo
Hay días en el que, a los pueblos, a la ciudadanía, a la gente corriente, los cócteles de la rabiosa actualidad les obligan a atravesar Triángulos de las Bermudas de naturaleza intrínseca; en la mayoría de los casos, inconfesable; habitualmente contradictoria con ellas y ellos mismos, sorprendidos ante la abismal diferencia que se establece entre lo que sale por sus bocas, en voz alta, y lo que se cuela de okupa en sus mentes, en rigurosa voz baja, claro. Hay días en los que, ante los espejos de cualquier país (permítanme que en esta ocasión elija a España como país piloto), habitantes declarados de izquierdas o de derechas, independentistas o nacionales, progresistas o conservadores, republicanos o monárquicos (que de todo hay en esta viña del señor), se preguntan quién soy, de dónde vengo, a dónde me llevan, por dónde quiero hacer mi corto o todavía largo viaje por la vida.
En días como ayer, por ejemplo, entre verdugos y víctimas de la maldita dana de Valencia, la segunda generación Real de esta etapa histórica de cuatro décadas de monarquía parlamentaria, se mantuvo a flote en plena réplica de riada sociológica que, un año después, volvió a llevarse por delante a instituciones autonómicas, estatales, administrativas, miradlas, que se han pasado 365 días batiéndose en pueriles y baladís duelos orales intentando cargarse el muerto, mejor dicho, los muertos (que en paz descansen) las unas a las otras. Mazon pasaba por allí con la Espada de Damocles de la justicia sobre su cabeza; y Pedro Sánchez tenía los pies en el suelo donde se celebraba el funeral, de acuerdo, pero su cabeza volaba ya hasta el Senado, con la maleta a rebosar de consejos de sesudos asesores, ya sabes, para intentar no salir de su comparecencia con la nariz más larga que Pinocho, ni incurrir en un resbalón de esos que, por lo menos en los EE UU, le costaría talmente un Impeachment.
Solo estaban, de verdad, sin colorantes ni conservantes, los Reyes, estos Reyes, claro, Felipe VI y Doña Leticia, demostrándoles a los cronistas de la Casa Real de otra época, ¡aquellos que se rasgaban las vestiduras!, que del hijo de un Rey, ahora demérito, y una plebeya que ha hecho y sigue haciendo méritos, las denostadas monarquías por parte de las deterioradas repúblicas, (Sarkocy entre rejas, ejemplo, etc…), con unas palabras, unos abrazos, alguna que otra genuina y poco protocolaria lágrima incontenible y una corona que no les hace olvidar que solo son mortales, le transmiten al pueblo un antídoto contra el desconsuelo que, en esta ocasión en Valencia y, en tantas ocasiones, en distintos y distantes territorios de España, extienden como una pandemia las páginas de un BOE, cuya puntualidad y eficacia, compite con la puntualidad y eficacia ferroviaria de un Óscar Puente.
Y, bueno, éramos pocos, y el Demérito vuelve a hacer acto de presencia en Sanxenxo, en busca de vientos propicios para el Bribón y, tal vez, contemplando con envidia los vientos propicios que soplan ya para su sucesor y actual inquilino de la Zarzuela. @mundiario