La mala educación

Redes Sociales. / Pexels
Redes sociales. / Pexels
La mala educación que empapa la sociedad contemporánea se ha nutrido hasta la hipertrofia de la impunidad rampante de las redes sociales.

Una característica inherente a la consciencia es la necesidad de encontrar explicaciones, una extraordinaria peculiaridad, por cierto, que, por poner algún ejemplo, condujo a Isaac Newton a formular la ley de la gravitación universal espoleado por una humilde manzana que, ya en sazón, cayó al suelo. Bendición, y a veces maldición, de una mente inteligente, la humanidad precisa respuestas y el no hallarlas, o encontrarlas difuminadas o confusas, es origen frecuente de desacuerdos y conflictos. Porque, en el análisis de las relaciones causa-efecto, puede correrse el riesgo de perder la perspectiva y errar en el diagnóstico.

Ofrezco al lector tres apuntes al natural.

1) Un espectáculo curioso: en la piscina de mi urbanización, cuatro muchachos, de esa edad cimarrona en la que se ha dejado de ser niño sin llegar todavía a ser hombre, sazonaban el juego de la pelota con unos alaridos desaforados. Digo que el espectáculo era curioso porque los padres y madres de los interfectos tomaban plácidamente el sol sin que ni por asomo pasase por su cabeza que acaso los berridos de sus retoños pudiesen molestar a otros usuarios, que, por lo demás, abonan como gastos comunitarios exactamente lo mismo que ellos.

2) A mi juicio, tildar de racismo la actitud de una docena de antropomorfos que insultan a un futbolista de raza negra es errar el tiro, tal vez porque el racismo se ha convertido en fácil moneda de cambio para que los profesionales de la política, eruditos en eso de buscarle los tres pies al gato, pongan a parir al contrario. Es igual que sea negro, amarillo o colorado. Lo insultarían igual si fuese cojo, homosexual, daltónico o albanokosovar.

3) Justificar el movimiento de extrema violencia callejera que se vive en la vecina Francia como respuesta a la desafortunada muerte de un muchacho inocente es, de nuevo, mear fuera del tarro.

El respeto a los demás

No es el racismo, no es la violencia social, ni el supremacismo ni, en muchos casos, el machismo: es la mala educación, un concepto que, pese a los espejismos de la modernidad digital, no ha envejecido, ni envejece nunca, y yo defino como la gestión ineficiente, normalmente aprendida, de un sentimiento básico: el respeto a los demás.

La mala educación que empapa la sociedad contemporánea se ha nutrido hasta la hipertrofia de la impunidad rampante de las redes sociales, diluyendo valores inmanentes e inoculando generación tras generación convencimientos tóxicos en la conducta individual de las personas: todo vale; no existen límites; no me preguntes por qué, pregúntame por qué no. El rillote que berrea en la piscina; el vándalo que insulta a Vinicius; el descerebrado que hace una pintada en la puerta de Platerías; el adolescente gabacho que saquea una tienda protegido por la degollina colectiva; el jíbaro que manosea el culo de una menor, todos tienen un denominador común: carecen de un bien preciadísimo del que sus padres, o tik-tok, o la isla de las tentaciones, o la adición al móvil, o la incultura, o un combo de todo, les han privado: la educación. @mundiario

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