Izquierda o barbarie: el intento de Rufián y Delgado por imponer orden en el caos progresista
El acto celebrado ayer en la Sala Galileo Galilei de Madrid reunió a Gabriel Rufián (ERC) y Emilio Delgado (Más Madrid) en un diálogo centrado en la necesidad de reorganizar y unir a la izquierda frente al avance de la derecha y la extrema derecha. Bajo el lema de buscar “método y orden” para evitar ser “fusilados políticamente por separado”, ambos políticos plantearon una estrategia de mínimos comunes que supere las actuales divisiones internas del bloque progresista.
Durante la charla, los puntos clave del contenido fueron:
Unidad estratégica: abogaron por crear un “bloque histórico” o grupo interparlamentario común que permita coordinar acciones en lugar de competir por la hegemonía.
Batalla cultural y lenguaje: Rufián enfatizó la importancia de un discurso claro y directo, defendiendo que “si no se te entiende es porque no quieres”, y criticó el intelectualismo alejado de la realidad cotidiana.
Objetivo electoral: coincidieron en que la izquierda no debe conformarse con “ilusionar”, sino centrarse en “ganar” y gobernar bien para mejorar la vida de los más vulnerables.
Crítica al inmovilismo: Delgado señaló que el encuentro no pretendía ofrecer una “caja de herramientas” cerrada, sino abrir un espacio de reflexión necesario para movilizar a un electorado desencantado.
El evento, que logró abarrotar la sala con más de 500 asistentes, se interpretó como un intento de ambos dirigentes por marcar una hoja de ruta propia al margen de las directrices oficiales de sus partidos, buscando tender puentes entre el soberanismo catalán y la izquierda madrileña.
El éxito de este encuentro sugiere que existe un espacio político fértil para una colaboración más estrecha, aunque su futuro depende de superar las inercias de las cúpulas de partido. La sintonía mostrada por Gabriel Rufián y Emilio Delgado apunta a la creación de un frente pragmático que priorice la agenda social y la resistencia frente a la derecha por encima de las siglas tradicionales.
Sin embargo, para que esta iniciativa trascienda el debate intelectual en la Sala Galileo Galilei, deberá materializarse en una coordinación parlamentaria real y en la capacidad de movilizar al electorado progresista más allá de Madrid y Cataluña. El principal obstáculo sigue siendo el celo partidista de formaciones como Sumar o Podemos, que podrían ver en este “bloque histórico” una amenaza a su propia hegemonía. En última instancia, el futuro de esta alianza dependerá de si logran transformar la buena química personal en un método de trabajo conjunto que resista las tensiones electorales que se avecinan.
La estrategia de unidad planteada tiene el potencial de reconfigurar el tablero político. Yolanda Díaz expresó que le había gustado lo “visto y oído” en el acto, y figuras de Sumar y los Comuns, como Aina Vidal, han dejado la puerta abierta a que Rufián se incorpore a una nueva “confluencia de izquierda alternativa”.
Recelo de Podemos e IU: ambas formaciones se ausentaron del evento. Podemos ha calificado el acto como una simple “charla entre amigos” y ha condicionado cualquier unidad a un proyecto político transformador concreto, como la bajada de alquileres por ley, cuestionando el “para qué” de esta nueva articulación.
La iniciativa ha destapado fricciones, especialmente en Más Madrid, donde la participación de Emilio Delgado ha generado cierta tensión con la dirección oficial del partido.
Existe el riesgo real de que esta iniciativa quede en un ejercicio de retórica intelectual si no logra romper las estructuras cerradas de los partidos. Sin embargo, el factor que podría evitar este fracaso es la necesidad de supervivencia; con unas encuestas que muestran un ascenso imparable de la derecha y una fragmentación que penaliza en escaños, la unidad deja de ser una opción ética para convertirse en una obligación matemática. El éxito dependerá de si figuras como Rufián y Delgado logran contagiar este pragmatismo a sus cúpulas o si, por el contrario, las dinámicas de vetos cruzados entre Sumar, Podemos y las fuerzas soberanistas terminan por asfixiar el proyecto antes de que llegue a las urnas.
En el ciclo político actual (2024-2026), la balanza se está inclinando hacia el castigo a la desunión. ¿Por qué? Por la amenaza percibida, cuando la derecha y la extrema derecha están cerca del poder (como indican las encuestas actuales que dan a Vox un crecimiento notable), el votante suele priorizar la “unidad de defensa” sobre la pureza ideológica.
El electorado difícilmente perdonará que la izquierda pierda el poder por una disputa de siglas, porque percibe que las consecuencias de un gobierno de signo contrario afectan directamente a su vida cotidiana (servicios públicos, derechos civiles). La unidad es vista hoy como una herramienta de resistencia, mientras que la identidad se percibe como un lujo que solo se puede permitir cuando la victoria está asegurada. Una valentía que soporte las presiones internas. El tiempo dirá si este diálogo se traduce en una estrategia electoral conjunta o si se queda en una anécdota de la biografía de dos políticos hábiles con la palabra.
Lo que hace que esta vez sea distinto es el reloj electoral. Cuando un partido se siente fuerte, tritura cualquier disidencia individual. Pero cuando las encuestas son malas y hay miedo a perderlo todo, las cúpulas suelen ser más permeables a las “ideas locas” o valientes de sus figuras más populares. Los telediarios de hoy ya recogen más ideas aplicables a la práctica real. @mundiario