Irán al borde de la sed: la bancarrota hídrica de una potencia regional
En enero de 2026, Irán enfrenta una de las crisis hídricas más graves de su historia contemporánea. Expertos locales e internacionales ya no hablan de escasez coyuntural ni de sequía pasajera, sino de una auténtica “bancarrota hídrica”: el agotamiento estructural de un sistema incapaz de sostener a una población de más de 85 millones de personas en un territorio mayoritariamente árido. La gravedad del momento quedó reflejada cuando el presidente Masoud Pezeshkian llegó a plantear públicamente la posibilidad de evacuar partes de Teherán, una megalópolis de casi diez millones de habitantes, si no se producen lluvias significativas.
Lejos de ser un desastre exclusivamente climático, la crisis actual es el resultado de cuatro o cinco décadas de decisiones políticas, económicas y técnicas profundamente erradas, acumuladas sobre un entorno naturalmente frágil.
UN COLAPSO ANUNCIADO
El consenso entre especialistas es claro: la causa principal no es la sequía, sino la gestión. Desde los años setenta, Irán adoptó un modelo hidráulico intensivo, inspirado en grandes obras de ingeniería y en la ilusión de dominio total sobre la naturaleza. El resultado fue la construcción de más de 600 represas, muchas de ellas sin estudios ambientales rigurosos, y la perforación masiva de pozos profundos gracias a subsidios a la electricidad y al agua.
El impacto ha sido devastador. De los 609 acuíferos oficialmente registrados en el país, más de 500 están agotados o en estado crítico. El bombeo supera con creces la recarga natural, provocando el hundimiento del terreno —hasta 30 centímetros por año en zonas de Teherán— y dañando infraestructuras urbanas, carreteras y redes de agua.
A ello se sumó una política de autosuficiencia agrícola mal concebida, que priorizó cultivos de alto consumo hídrico como el arroz o el trigo en regiones semiáridas. La agricultura absorbe hoy entre el 80 y el 90 % del agua disponible, con sistemas de riego ineficientes y pérdidas masivas.
EL CLIMA COMO MULTIPLICADOR DEL DESASTRE
Sobre esta base insostenible se abatió una sequía extrema y prolongada, agravada por el cambio climático. Irán lleva al menos seis años consecutivos de sequía severa, y 2025 fue descrito por fuentes oficiales como el peor año hídrico en seis o incluso diez décadas.
Las precipitaciones cayeron hasta un 45 % por debajo de lo normal en amplias regiones, la acumulación de nieve en las montañas Zagros y Alborz —tradicional reserva natural de agua— se redujo drásticamente, y las temperaturas alcanzaron récords históricos, con olas de calor superiores a los 50 °C, que disparan la evaporación y la demanda.
El cambio climático no creó la crisis, pero la convirtió en un fenómeno rápido, sistémico y difícilmente reversible.
INFRAESTRUCTURA OBSOLETA Y PÉRDIDAS ESCANDALOSAS
A la escasez se suma el deterioro de la infraestructura. En muchas ciudades iraníes, entre el 30 y el 50 % del agua se pierde por fugas antes de llegar al consumidor. Las redes son antiguas, mal mantenidas y ahora, además, dañadas por la subsidencia del terreno provocada por la sobreexplotación de acuíferos.
En paralelo, los embalses que abastecen a Teherán y a otras grandes urbes se encuentran en niveles críticos: algunos, como Amirkabir o Lar, apenas alcanzan entre el 1 y el 8 % de su capacidad. Provincias enteras dependen de camiones cisterna, sufren cortes de agua de varios días y almacenan el recurso en bidones, como en escenarios de guerra o catástrofe humanitaria.
EL ABANDONO DE UNA SABIDURÍA MILENARIA
La ironía histórica es amarga. Persia fue durante milenios una civilización maestra en el arte de vivir con poca agua, gracias a sistemas como los qanats, acueductos subterráneos que transportaban el agua por gravedad desde los acuíferos de montaña hasta las zonas habitadas, sin bombas, sin evaporación y con una gestión comunitaria equitativa.
Irán llegó a tener unos 50.000 qanats activos a mediados del siglo XX. Hoy sobreviven entre 20.000 y 37.000, muchos con caudales mínimos o completamente secos. La perforación indiscriminada de pozos profundos, la construcción de represas que alteraron la recarga natural, la ruptura de las estructuras comunitarias y la urbanización descontrolada condenaron a estos sistemas a la obsolescencia.
En 2016, la UNESCO reconoció a los qanats persas como Patrimonio de la Humanidad, pero para muchos expertos el homenaje llegó demasiado tarde: su abandono simboliza el fracaso de la modernización hidráulica iraní.
LA “MAFIA DEL AGUA” Y EL PAPEL DEL IRGC
En el centro de las críticas emerge un concepto cada vez más citado dentro y fuera del país: la “mafia del agua”. Con este término se describe una red de funcionarios, contratistas, consultoras y, sobre todo, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC), que a través de su conglomerado de construcción Khatam al-Anbiya controla buena parte de los megaproyectos hídricos.
Desde los años noventa, estas empresas han construido represas, túneles y transferencias intercuencas mediante contratos sin licitación, con costos inflados y escasa supervisión ambiental. Casos como la represa de Gotvand, levantada sobre formaciones salinas y responsable de la salinización del río Karun, se han convertido en símbolos del desastre: miles de hectáreas agrícolas arruinadas y cientos de miles de palmeras muertas.
Para muchos analistas, este modelo no solo es técnicamente fallido, sino políticamente disfuncional: crea crisis que justifican más proyectos, más presupuesto y más control.
GEOPOLÍTICA, SANCIONES Y AGUA
Los elevados gastos militares, el programa nuclear y las tensiones con países vecinos actúan como factores agravantes. El presupuesto de defensa, estimado en hasta un 25 % del gasto público, ha drenado recursos que podrían haberse invertido en modernizar redes, restaurar qanats o mejorar la eficiencia agrícola.
Las sanciones internacionales, ligadas en gran parte al programa nuclear, han limitado el acceso a tecnologías avanzadas de gestión hídrica y a financiamiento internacional. Al mismo tiempo, las disputas por ríos compartidos con Afganistán, Turquía o Irak añaden presión a un sistema ya colapsado.
UN AVISO PARA EL FUTURO
La crisis hídrica iraní es, en esencia, un colapso fabricado. El clima extremo aceleró el proceso, pero la raíz del problema está en un modelo que ignoró durante décadas los límites naturales del territorio. Hoy, el agua se ha convertido en un asunto de seguridad nacional, motor de protestas, migraciones internas y creciente inestabilidad social.
Irán es un caso extremo, pero también una advertencia global. Cuando la ingeniería sustituye a la sostenibilidad, cuando la política prima sobre la ciencia y cuando el agua se convierte en negocio y no en bien común, incluso civilizaciones milenarias pueden quedarse sin su recurso más básico. En la antigua Persia, el desierto se domaba con paciencia y equilibrio; en el Irán moderno, la prisa y la corrupción han llevado al país al borde de la sed. @mundiario