La insoportable actualidad de la mentira que sufrimos
“De cuando en cuando conviene decir alguna verdad para que al mentir te crean” dejó dicho (más o menos) el novelista Jules Renard. Mi abuelo José me advirtió con un proverbio antiguo de que “con la mentira se puede llegar muy lejos pero resulta imposible volver”. Estas dos sentencias me azotan cada mañana al escuchar el devenir de la actualidad política, donde la mentira se ha instalado como el perejil en todas las salsas discursivas, especialmente en las del ejército de la derecha empeñado en usar polémicas para reconquistar el gobierno del Estado. Tras la moción de censura, mediante la cual Pedro Sánchez desalojó a Mariano Rajoy del palacio de La Moncloa, el PP se ha empeñado en tejer una red de intolerancia anudada con ruido, bulos y falsedades imposibles de enumerar y clasificar. Cada día intento encontrar una verdad para refrendar el pensamiento del novelista francés pero no lo consigo. Veo, eso sí, como desde 2018 avanzan y aceleran haciendo bueno el proverbio de mi abuelo.
Veinticuatro horas antes de formar Sánchez su primer gabinete, los estrategas del PP decidieron convertirlo en un gobierno ilegítimo presidido por un felón. Un pecado venial si enumeramos cuanto ha venido después: pequeño dictador, autócrata, activo tóxico, déspota, psicópata, enfermo mental, a mí me gusta la fruta = a hijo de p., sátrapa, matón, corrupto… Hay para editar una enciclopedia de la ferocidad insultante, a la cual la sustenta una mentira. En estos siete años no ha importado quién sea el líder conservador, por igual tratan de superarse en cada capítulo. El carril es el mismo. Lo dejó Casado y lo tomó Feijóo sin que sepamos quién es el verdadero maquinista de tan imparable tren. Sabemos, sí, la técnica comunicacional que emplean. En el argot mediático se denomina “del espejo”. Esto es, crear un falso estado de opinión semejante al que padeció el partido en tiempos de Rajoy como consecuencia de las condenas por corrupción de la Gürtel, los escándalos de los equipos de Esperanza Aguirre, las acusaciones contra Francisco Camps, la venta de viviendas protegidas por Ana Botella, la trama Kitchen, los ministros condenados y encarcelados, etc. Aunque la construcción del espejo va por ahí, de momento los equipos de Sánchez no han sido condenados por ningunas de las sospechas levantadas por algunos jueces y ciertos medios de comunicación. Exceptuando el caso Ábalos y su colega Koldo, el resto son telarañas iluminadas para que brillen. Son el reflejo con el que pretenden derrocar a Sánchez colocándolo en paralelo a los suplicios reales que rodearon a M. Rajoy.
En este proceso de la insoportable creación de la mentira suele caerse en las fauces de un dragón insaciable. Cada falsedad pide otra más grande. Así en días pasados han alcanzado la gloria definitiva al considerar mafiosos a los gobiernos PSOE y a Pedro Sánchez su capo. ¿Cuál será la siguiente? Lo natural sería la moción de censura. Sin embargo, si Feijóo no fue presidente “porque no quiso”, difícilmente podrá presentarla porque no tiene programa. Tampoco votos, pero las mociones de censura, como enseña la historia, casi nunca se ganan. Hay dos modelos para perderlas. El de Felipe González que le abrió paso en las siguientes elecciones, o el de Hernández Mancha que le franqueó la puerta de salida hacia su casa. Esta segunda infunde temor a don Alberto, superado en las encuestas por Abascal, perdiendo credibilidad entre los suyos y volviendo a la algarabía de la calle que de nada le sirvió contra la amnistía, ahora refrendada por el Tribunal Constitucional. Imposible volver. @mundiario