Mi ingenioso Doctor Gregory House M.D. (Medical Doctor)
Creo que siempre he querido escribir sobre este personaje. Desde que era estudiante de los últimos cursos.
Bueno, en realidad en esas fechas no existía el Dr. House M.D. todavía, pero sí un Dr. Gannon que trabajaba en el Medical Center of Los Angeles,(CA), que era mucho más guapo que el Dr. House, pero mucho más soso: nada sarcásticamente gracioso y – lo peor – tremendamente más empático con los pacientes. ¡Una ganga, queridos lectores!,
Tanto si fuese para un roto como si se tratase de un descosido. Las zagalas estaban enamoradísimas de él, tanto en la serie como en la realidad.
Tanto en USA, como en España. Y claro...no había color: lo mejor era ser médico e irse a las playas californianas a descansar de las 36 horas ininterrumpidas de guardia; que parece que eso no interesa a la gente lega.
Como a mi mamá le encantaban los médicos (¡que horror!), pues no nos perdíamos un episodio, por mucho que en el otro canal (UHF) estuvieran poniendo “Colombo”, que era un lumbrera.
Yo empecé a ver al Dr. House en tierras extrañas ya.
Desde hace un montón de tiempo trabaja en el Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey, que – además-— queda más cerca, aunque no haya bronceado solar californiano.
En el puesto de jefe del departamento de diagnóstico clínico.
Y solamente se identifica como “M.D.”, y no como “PhD”. (‘Doctor en Filosofía’ para todos los oficios, pero con más caché, parece, en Medicina), que es lo primero que agregamos los doctorados en algún oficio, en nuestras placas y nuestras tarjetas. Impulsados por nuestra inapelable vanidad; esa cosa que todos la llevamos de serie y de nacimiento y que la negamos más que San Pedro al Josua.
¡Ya saben a lo que me refiero!
De mis ídolos colegas, el primero es Maimonides —claro está—, pero el segundo de los ídolos que tengo dentro de mi oficio, es él: El Dr. House.
Extraordinariamente protagonizado por el actor Hugh Laurie, quién - por otra parte, y en mi opinión - se dio a conocer en el mundo de celuloide por este personaje y que, cualquier otro personaje que realice, siempre le quedará grande y la gente le dirá algo así como “¡Anda!, si es el Dr. House”, aunque esté protagonizando a Iván el Terrible o al nuevo Bond… James Bond.
El tío es, textualmente, la hostia. Y no solo como médico, sino que yo lo venero más como persona.
Su equipo lo forman principalmente tres médicos adjuntos: Un negro; un guaperas; y una mujer que es lista, pero que físicamente no entra en mis planes. Es decir, no se le podrá tachar de racista, homofóbico o machista.
Aunque haya gente que lo haga y critique, como es normal.
En una primera cita con mi amiga Chelo, recuerdo que entre canción y canción de los Beatles (estábamos en un sitio que se llamaba Liverpool, o sea que ¡ya me contarán!), me empezó a hablar de mi bella profesión, y altruista y… empática. Tuve que decirle: ¡Para un momento, por favor!: ¿Bella?, vale. ¿Altruista?, uhhmm. Pero ¿Empática? Mira, yo no me fiaría jamás de un médico o médica empático.
La empatía es para los halagadores, para los que intentan conseguir que, a través de ella y sus manifestaciones, los pacientes afectos de la misma capten un concepto totalmente equivocado de qué es de los mejores médicos (o médicas) y se quedan como dios en su omnipotencia.
Es más, el término “empatía” suele estar confundido. De igual forma que los “Principios y los valores”. Es más aún, no es que suelan, sino que están ampliamente equivocadas.
Es raro escuchar “Principios”, si no va seguido de “Valores”. Se suele decir “Principios y Valores” sin tener pajolera idea de lo que es un Principio y un Valor. De igual forma que no se suele saber distinguir entre lo que es “Valor” y lo que es “Precio”.
Empatía es la capacidad que tienen los humanos de ponerse en el lugar “del otro” y sentir las mismas malas experiencias como propias. No es el ser bien educado y complacedor, que – lo primero, es un deber cívico—.
O sea que, si un médico es de por sí hipocondríaco (yo pasé absolutamente todas las enfermedades mientras estudiaba medicina, excepto la “rodilla de beata”) pues ya tiene bastante, se identifica con el paciente, pero ‘en corregido y muy agrandado’.
Y eso no es nada bueno. Haría mala medicina.
Desde el punto de vista científico —y la medicina es una ciencia, nos guste o no — con la empatía, se pierde toda la objetividad, por tanto, se haría mala medicina. Horrenda, diría yo.
Pues el Dr. House – mi segundo ídolo – es la antítesis de la empatía.
Pasa de las chorradas como si el diablo le atacase, y con la única que tiene algún problema es con la directora del hospital, no con la gente que ve la serie, que lo considera algo retraído pero cojonudo.
Es decir, todo lo contrario que en la p*** realidad.
Y además, es cojo de la pierna derecha con bastón a juego (está muy cabreado; no por tener cojera, sino porque no fue él mismo quién dio con la tecla del porqué...un trombo de la vena femoral, parece) y se autodenomina tullido.
Y además, es un adicto a la oxicodona de no te menees; porque – según él, claro -, tiene unos dolores horribles en la pierna. ¡Mentira cochina!: Qué le va la marcha hedonista.
Lo único que tiene malo para mí es que es demasiado listo.
El tío no falla ni un diagnóstico (algunos de ellos rarísimos para mí).
Y, claro, con diagnóstico de certeza, el tratamiento es tremendamente más fácil, sin necesidad de la maldita empatía, esa que tanto oigo en un vergonzoso programa televisivo que se llama “First Date” junto con sinceridad y lealtad.
¡Qué buen médico! ¡Qué buena serie!
¡Qué vergüenza de “First Date y su p*** empatía, y desinterés el absoluto por lo bueno o buena que esté la tití o el nota.
Eso es lo que suelen denominar sinceridad y nobleza.
Así pasa, que me duele la barriga de tanto reír amargamente. @mundiario