Hooligans y fans: cara a cara
El Gobierno de coalición tiene difícil vender estos días su gestión entre circunstancias no habituales: una pandemia, una crisis energética y climática en alza, la guerra de Ucrania y sus obligaciones, Marruecos y la inmigración, o la erupción de un volcán. Pese a ello, la bonanza económica, hablando en términos macro, no ha resultado especialmente dañada. Por eso llama la atención que sus opositores tengan –según algunas encuestas-, tantas intenciones de voto a favor, como se vio en las recientes elecciones y que, según algunas encuestas, se repetirían en las que se avecinan.
Polarización de la opinión pública
La polarización actual del voto, al mostrar que muchas de las personas que más padecen el sistema productivo emplean su voto de manera aparentemente contraria a sus intereses, parece irracional. Ante ello, como ante otros problemas, siempre hay quienes culpan a la educación del embrollo acusándola de ser poco propicia al pensamiento crítico y al conocimiento de la Historia actual; de ahí derivaría la tendencia de muchos perjudicados por la estructura sociolaboral, a votar en plan conservador o ultra. Si todo fuera tan simple, sin explicaciones adicionales es tomar el rábano por las hojas para quedarse en el contradictorio “ya te lo decía yo”. Esa teoría reduccionista no explica que muchos de los que así opinan no hayan puesto más empeño en que todos y todas tuvieran mejor acceso a la educación que la CE78 dice que tienen derecho. Daría por sentado, eso sí, un prejuicio muy asentado según el cual las personas y grupos bien educados son modélicos en el sentido de su voto. Daría igual, por tanto, cómo haya sido o deba ser el sistema educativo y sus carencias: aunque siga deteriorándose para la mayoría, es suficiente.
En las tendencias electorales, como en muchas otras de la vida colectiva, hay más factores en juego, lo cual no quiere decir que el de la educación y cultura no tenga nada que ver. Es más, dada la imbricación que tiene en este gesto periódico, cuantos aspiren a que el sistema democrático sea más fiel a sí mismo, debieran revisar a fondo el sistema educativo existente y observar si prepara a todos los ciudadanos para entender los problemas que les afectan es su gran objetivo. Más pronto que tarde, debieran preocuparse de cuantos no deja con competencias suficientes para hacer frente a la educación informal que, a todas horas, distrae y masajea las neuronas de los educandos, pues a lo que se ve los prefirieran holligans y fans de ocurrencias incoherentes. Son miles los mensajes que reciben, desde prensa más o menos democratizadora hasta tertulias y mensajes que no lo son; el móvil y el ordenador les aportan noticias, anécdotas, chismes, indiferentes a si es información contrastada, fake news o publicidad directa e indirectamente subliminal, conforman un conjunto de comunicación de primer orden. Son dispositivos con una potente organización económica detrás, que rentabilizan lo que pensamos, decimos, fotografiamos y hasta soñamos. Responsabilizar, por tanto, a la educación general y a sus educadores de algo que esos medios condicionan y coartan bajo supuestos de “libertad” mientras amoldan, resitúan, educan y conforman la opinión de los clientes consumidores, es señalar un asunto, sin duda relevante, mientras se actúa hipócritamente en otra dirección.
Los investigadores en Teoría de la Comunicación tienen sobrada experiencia en cómo el poder –con sus diversos componentes estructurales- dispone de abundantes recursos en este momento para que el afán de libertad que todo ciudadano tiene para ser como le dé la gana, sea segmentado y analizado en rutinas de previsibilidad y patrones de consumismo rentables. Detrás de cuanto leemos, hablamos, queremos y acabamos comprando o alquilando, hay un “capitalismo vigilante” (Shoshana Zuboff: 2013) que mercantiliza esa libertad.
Guerra cultural condicionada
Independientemente de lo que vaya a suceder con el voto de los españoles el 23 de julio, los algoritmos que teledirigen la educación informal trabajan desde hace mucho en que la previsibilidad de nuestras rutinas se adapte a lo que la mercancía conservadora de la democracia anhela, convertida en consumo demostrativo de sagacidad disruptiva con la rutina. Hay una guerra cultural en este momento que tiene gran parecido con las guerras comerciales; lo importante, como en toda batalla de consumismo, no es la calidad del producto, sino la posición que logre ocupar en el aprecio y estima de los posibles compradores; los sondeos de opinión se quedan en sondeos de mercado que, en grados de consideración estimativa, repiten los que los encuestadores realizan para variar algún componente que haga más atractivo el producto. Además, quienes trabajan con el público, cada vez están más sometidos a la misma ficción del “me gusta” que, de modo semejante al botón de Facebook, pasan las corporaciones de servicios a cuantos hayan acudido a ellas como clientes.
No es de ahora que nos estén educando, ante todo, para ver que seamos capaces de autopublicitar las competencias que mejor se adapten a las necesidades de un mercado supuestamente autorregulado y libre. Todas las reformas educativas que ha habido, sobre todo desde los años sesenta, han seguido este patrón, incluso en el lenguaje, supuestamente innovador. En Política, hay constancia, desde Sócrates, de las peleas por el control de la palabra y sus maneras, para tener razón y, con mejor imagen, ganar al adversario. Las mentiras y trampas con el lenguaje no las inventó Maquiavelo como medio para el control del poder. Aristóteles reivindicaba, frente a los sofismas, la palabra como instrumento racional en la vida colectiva; las voces del griterío decía que eran más propias de los animales, y contraponía la claridad de la racionalidad argumental a la visceralidad del argumento ad hominem y a la ambigüedad de la polisemia utilitarista. Querer tener razón y gritar para decirlo no indica que la tengamos: solo dice que gritamos más, y la obsesión por la “buena imagen” –de buen gestor o de lo que sea- también es equívoca, por ocultar más de lo que dicen las palabras.
Quienes en este momento de la pos-transición española controlan la conversación democrática aspiran a la exclusiva monopolística de lo que se debe hacer, y lo tienen al alcance de la mano, con tanto fiel servidor en medios, instituciones y programas de todo tipo, incluidos muchos de aparente estructura tecnológica. Nadie debiera rasgarse las vestiduras por las inclinaciones del voto existentes; en el magma de las supuestas virtualidades de autosatisfacción como circulan, cada cual sabrá a cuáles tiene más abiertas sus neuronas para que, sin memoria, se emborrachen con sueños de inminente futuro. Aquel pasado antidemocrático, como esas manchas de humedad que se extienden poco a poco, ya tiñe el presente de Extremadura, Baleares, Aragón, Castilla-León y otras Comunidades, donde la vida colectiva está siendo coartada por acuerdos limitadores de las libertades y derechos de todos. @mundiario