La historia y la dignidad

Hospital Al Shifa destruido. / RR.SS.
El hospital Al Shifa destruido. / RR.SS.
A los EE UU, a muchos miles de kilómetros de distancia, y con un negocio de armamento por delante, el furor guerrero desatado en Europa no le vendría nada mal.

Es terrible imaginar que el último pensamiento o sentimiento de los niños hospitalizados en el hospital Al Shifa de Gaza haya sido el de una aterrada perplejidad, al oír cómo se acercaban los misiles israelíes que destrozaron hace unas semanas el hospital y acabaron con sus vidas. Y qué pensaron y sintieron los más de 14.000 niñas y niños masacrados por los ataques israelíes. Y la tragedia que estarán viviendo sus hermanas, hermanos y amigos. Y qué sentirán, y cómo imaginarán sus vidas en el futuro los más de 30.000 niñas y niños mutilados y heridos por la barbarie de un ejército contra un pueblo.

Y puestos a pensar en esa llamada “letra pequeña” (que no es para nada pequeña) de la Historia, qué se les pasará por la cabeza a esos soldados israelíes que están ejerciendo la barbarie contra la población de Gaza. Y qué pensarán los miembros del gobierno de Netanyahu y los mandos del ejército israelí cuando -a la vez que están ordenando y cometiendo esas masacres- se encuentran y besan a sus hijos y nietos.

Y cuando se reúnen en la sala de crisis de la Casa Blanca, qué pensarán Biden y el secretario de Defensa, y los generales del Pentágono, cuando mantienen el pulso vengativo de Netanyahu y aprueban el envío de armamento y municiones para que continúe la masacre. ¿No habrá alguien que dude? ¿No habrá entre ellos alguien que se avergüence de colaborar con esa atroz matanza? ¿Qué pensaría la señora Linda Thomas Greenfield, representante estadounidense en las Naciones Unidas, cuando vetó por dos veces en el Consejo de Seguridad el alto el fuego, y cuando, a la tercera vez, se limitó a abstenerse? Como si una tragedia humana tan evidente no fuera con ella. O qué sentiría Anthony Blinken, secretario de Estado de los Estados Unidos cuando, tras la resolución de alto el fuego del Consejo de Seguridad se apresuró a decir -como tranquilizando a los agresores- que esa resolución no era de obligado cumplimiento.

¿Es posible que haya tanta conciencia embotada, encallecida, incapaz siquiera de la compasión? ¿Y qué pensarán los miembros de nuestro Consejo Europeo, y de nuestra Comisión Europea, y de nuestro Parlamento Europeo, que no son capaces de reconocer de una vez al Estado Palestino, ni de proponer decididamente (ahora que tanto andan hablando de tomar parte en las guerras) que se haga una intervención en las tierras de Palestina, con unas fuerzas de interposición que actúen con eficacia? ¿Y por qué no le cortan definitivamente el suministro de armamento a Israel, después de haber visto sobradamente para qué tipo de masacres lo utiliza?

¿Hay tantas conciencias tan fríamente calculadoras en nuestra escarmentada Europa, incapaces de leer nuestra Historia reciente, e incapaces de sentir el desgarro de una tierra impregnada de tanta sangre derramada? ¿Es que somos incapaces de recordar siquiera cuántos crímenes, cuánta bajeza, cuanta crueldad, cuántas traiciones y cuánta degradación humana genera una guerra como la que desempeña Israel?

¿Cómo es posible que se mantenga a más de dos millones de personas encerradas en una franja de tierra sin horizonte ni físico ni histórico, lindando con el mar, pero sin poder disponer ni siquiera de un puerto, imposibilitada de desempeñar una vida normal, por culpa de una guerra de invasión que destruye las propias leyes de la guerra, del derecho internacional, y los principios más elementales de humanidad? Una población masacrada por bombas, por hambre, por enfermedades, por todo tipo de calamidades. Y unas naciones, que van de demócratas,

¿Y nosotros? ¿Nos hemos acostumbrado? ¿Cómo es posible que no estemos cada día en la calle, protestando, tratando de obligar a nuestros dirigentes europeos a que defiendan eficazmente la dignidad de Europa y del mundo?

Nos dicen (he escuchado las alarmantes declaraciones del polaco Donald Tusk y de la española Margarita Robles) que vienen tiempos de guerra, y nos quedamos tan campantes. Quizá algunos lleguen a pensar en que hay que llenar la despensa, por si acaso: pero no pasa de ahí.

Personalmente no creo que sea hablando de prepararse para la guerra como haya que afrontar en Europa los necesarios trabajos de Defensa que debe afrontar la Unión. Ya hace tiempo que Josep Borrell (cuando Rusia acumulaba tropas en Bielorrusia para invadir Ucrania) propugnó que Europa necesitaba plantearse tener una defensa propia y conjunta, inicialmente con un ejército de intervención rápida, y posteriormente con un proyecto a fondo de Defensa. Nadie respondió, porque Europa estaba embebida en la OTAN. Y había una confusa creencia de que la OTAN podría intervenir en el conflicto. Cuando se aclaró la imposibilidad, porque Ucrania no es miembro de la OTAN (y el peligro por el armamento nuclear de Rusia), ya era tarde.

Tal vez Europa debería haber planteado una estrategia diferente, con la neutralización (como es el caso de Austria) de los países colindantes con Rusia, dejándolos fuera de la OTAN.  Intentando también neutralizar de común acuerdo a Ucrania, y tratar de evitar la invasión. Pero el furor guerrero llevó a tirar para adelante, enviando fuerzas OTAN a los países bálticos, y pensando que la intimidación era el mejor método. A los Estados Unidos, a muchos miles de kilómetros de distancia, y con un negocio de armamento por delante, el furor guerrero desatado en Europa no le venía nada mal.

Y se inició un camino erróneo: las amenazas, las sanciones, la declaración de guerra de facto a Rusia (sin que lo que digo trate de justificar la invasión rusa de Ucrania, ni mucho menos). Una política poco meditada y muy poco prudente, que al primer país que perjudicó -y perjudica incluso ahora- es a Alemania, motor de la Economía de la Unión. Y al conjunto de Europa que, tras la perestroika de Gorbachov, se movía en el ámbito de los acuerdos, hasta el punto de haber abierto gaseoductos al efecto, y como símbolo de una colaboración energética, que ha habido que intentar sustituir de una manera costosa y traumática.

Cuando Estados Unidos encuentra dificultades internas para el envío de armamento a Ucrania, cuando Europa y Estados Unidos se percatan de que lo de Ucrania puede ir para muy largo, con un desgaste generalizado muy peligroso; cuando Europa empieza a ver que Biden puede no ser un buen candidato para el próximo noviembre, y que Trump puede incluso regresar, con sus reticencias respecto a la OTAN, Europa comienza a apretar en el tema de la Defensa, y los más ardorosos, y quizá imprudentes, empiezan a decirnos que estamos en una situación de preguerra.

Ciertamente, no podemos ser ingenuos, porque tenemos a la vista los estragos que son capaces de provocar dos supremacistas-nacionalistas como Putin y Netanyahu. Y es hora de que Europa se plantee un futuro camino autónomo e independiente para su propia defensa. Es hora de que se cuestione el papel de la OTAN: algo que nació con unos nobles objetivos que, partían de una experiencia muy traumática de la humanidad, pero que enseguida fueron modificados para convertir la organización en un instrumento de confrontación y división, y que cuando cayó el muro de Berlín y se inauguró la perestroika -algo que disolvía los motivos que aducían quienes inventaron aquella mutación- en lugar de replantear su sentido, han continuado buscando potenciales adversarios.

No se trata de abrir un debate sobre si OTAN sí o no. Se trata de que Europa trabaje para lograr su propia autonomía de defensa -que es, por desgracia, una forma de preservar su independencia-, encajando en ese contexto su propia alianza con la OTAN y el sentido y orientación de la misma.

Y se trata de no dejarse llevar del ardor guerrero de algunas y de algunos que, por sus convicciones o por sus intereses, proponen el camino de la guerra no como la última instancia después de ver fracasados los intentos de acuerdo y concordia, sino como una manera de ser y de presentarse ante el mundo. @mundiario

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