Las guerras olvidadas (6): Sudán
El ruido, lógico y justo, que crearon guerras como la de Ucrania y Gaza impide saber que, por desgracia, en el mundo y al mismo tiempo, tienen lugar otras guerras, en no pocos casos con un número de víctimas (muertos, heridos, desplazados...) no menor ni mucho menos. Son las guerras olvidadas, unas guerras que interrogan a la mayoría de los medios de información y comunicación sobre qué intereses realmente defienden y qué objetivos informativos persiguen cuando, como sucede ahora con Ucrania, una guerra que era portada diaria y comienzo de todos los informativos deja de ser el foco de la noticia para dar paso a otra que ocupa su lugar: Gaza. ¿A que obedece este comportamiento informativo tan volátil?.
Pero dejemos esto por ahora y miremos a otras guerras olvidadas, las que tienen lugar en Sudán que, si durante siglos fue un solo país, desde el año 2011 son dos (Sudán y Sudán del Sur). Una división que, al igual que sucede entre otros territorios vecinos como, por ejemplo, en El Yemen, tiene un doble origen étnico y religioso porque, aunque la mayoría de los sudaneses son islamitas, existen distintas interpretaciones religiosas entre el Norte (musulmanes y pro árabes) y el Sur (tradicionalistas y animistas).
Esta región tiene una larga historia de conflictos militares entre los que sobresalen dos largas y terriblemente cruentas guerras civiles: la primera guerra civil (1955-1972) y la segunda guerra civil (1983-2005) en las que los citados componentes étnicos y religiosos fueron decisivos. Por si esto no fuera suficiente desgracia, los períodos de paz se vieron golpeados por golpes militares que acabaron en dictaduras, regímenes totalitarios que, luego de la independencia de Sudán del Sur, buscarían la desestabilización del país vecino apoyando a las respectivas milicias rebeldes. Una permanente situación de violencia e inestabilidad que viene castigando duramente a la población civil: asesinatos, desplazamientos.
Para una mejor compresión de la situación es necesario tener en consideración varios factores. En primer lugar, que la independencia de Sudán del Sur (2011) no supuso el final de los enfrentamientos y las disputas (Norte/Sur) en los que además de los ejércitos nacionales también intervienen milicias locales. Unas disputas en las que el petróleo jugó, y sigue jugando, un papel decisivo facilitado por el hecho de que los mayores yacimientos están en la frontera entre ambos países que se disputan la propiedad de unos recursos que son vitales para sus economías (85% de los ingresos por exportaciones).
Una disputa que, una vez más, adquirió una dimensión militar con feroces enfrentamientos entre ambos ejércitos (la tercera guerra civil) y que se ve amplificada por las guerras internas que los respectivos gobiernos mantienen con sus propias guerrillas que en algún caso, como en el Norte, son muy poderosas (EPLS: Ejército Popular de Liberación de Sudán). Un conflicto que paraliza un comercio entre ambos países que es vital para sus economías, y que además no escapa a la intervención externa. Sudán es una región rica en recursos naturales estratégicos como el oro y el petróleo, lo que la convirtió en un objeto de deseo tanto por parte de los Imperios (Estados Unidos y China que es el principal socio comercial) como de otras potencias (India, Japón…)
Sudán del Norte (Sudán)
Sudán del Norte (este país mantiene el nombre original de Sudán) está, desde el año, 2018 bajo la tutela del FMI (Fondo Monetario Internacional) que, como resulta preceptivo en este organismo, aplicó sus clásicas recetas neoliberales (privatizaciones, liberalización de los precios, fomento de las exportaciones, bajada de salarios, supresión de ayudas y ortodoxia monetaria). Los resultados fueron los mismos que en todos aquellos países donde se aplicaron los famosísimos “planes de ajuste estructural”: alza en los precios de los productos básicos, salida de capitales, multiplicación de la deuda externa (que llegó a representar más de 2.000 veces los ingresos de las exportaciones), incremento disparado de la pobreza (80% de la población en riesgo de pobreza) y de las enfermedades, enorme degradación de las condiciones de vida de la mayoría de la población, brutal caída de la esperanza de vida (65 años según la OMS), y alza de la mortalidad infantil (55 muertos por 1.000 nacimientos) con unos 14 millones de niños/as que necesitan ayuda humanitaria.
En la actualidad, tal y como nos informa UNICEF, “la economía y los servicios básicos no paran de empeorar. A esto se une la violencia intercomunitaria, los conflictos regionales, la desnutrición, las epidemias y los efectos del cambio climático. Paralelamente la violencia se intensifica y los combates son continuos”. Una escalada de la violencia que “pone en peligro la vida de millones de niños y niñas” (Catherine Rusell. Directora Ejecutiva de UNICEF), que está provocando una nueva crisis humanitaria y que se ve agravada por el impacto del cambio climático (sequías, inundaciones…), la crisis de la agricultura tradicional (castigada por la alza de los precios y la especulación) y las enormes dificultades que encuentra la ayuda humanitaria (alimentos, agua, medicinas, combustible…) para llegar a la población necesitada.
Como colofón dramático una guerra civil que está provocando una auténtica crisis de refugiados (se calculan en más de 5 millones de personas los que abandonaron sus hogares desde que comenzó esta nueva guerra civil) y en la que hay “víctimas civiles masivas por ataques deliberados y discriminados” (A.I.). Una guerra civil en la que aparecen involucrados países extranjeros (Estados Unidos, Rusia, Emiratos Árabes, Etiopía, Egipto, Chad…).
Sudán del Sur
Para hacerse una composición de lugar resulta oportuno saber que con Sudán del Sur estamos ante un país que ya antes de que estallara una nueva guerra civil estaba considerado como el menos desarrollado del mundo y que además se ve golpeado por años y años de devastadoras sequías. Un país con más de 2 millones de desplazados internos, igual número de refugiados (mayoría mujeres y niños) en los países vecinos y con 7,7 millones de personas que precisan alimentación urgente (2022).
Aunque es cierto que tras el último acuerdo de paz (2020) la violencia ha disminuido, la falta de recursos básicos, la crisis de la agricultura, los efectos del cambio climático y la pandemia de la COVID.19 han colocado a la población en una situación límite. Una situación social que, según fuentes de la ONU, sumada a la crisis política permanente que vive el país, y agudizada ahora por la presión que sobre los limitados recursos del país ejercen los miles de retornados y refugiados de Sudán (más de 300.00 según ACNUR), puede conducir, en cualquier momento, a una nueva guerra civil (la anterior provocó más de 400.000 muertos entre una población de 11 millones de habitantes).
Disminuyó la violencia, pero no trajo la ansiada paz a un territorio terriblemente castigado. La ilusión creada por la independencia (2011) pronto se apagaría por el estallar de una nueva guerra civil (2013) de raíces étnicas (dinka, nuer) que duraría siete años. Una guerra civil que dejó un país, ya por si extremadamente pobre, en una situación calamitosa: una esperanza media de vida que está en 60 años en las mujeres y 57 en los hombres, una mortalidad infantil del 63 por mil (OMS), una población en la que más del 67% está en riesgo de extrema pobreza, 6,3 millones sufren inseguridad alimentaria grave y 1,4 millones de niños/as están en riesgo de sufrir desnutrición aguda (UNICEF). Lo que lo sitúa, como señalaba antes, en el último lugar (191 de 191) por su nivel de desarrollo (IDH).
Un país en el que miles de niños (30% menores de 15 años) fueron reclutados por grupos armados al tiempo que se multiplican por cientos las violaciones y las agresiones sexuales contra ellos (UNICEF) y que además es un país con unas infraestructuras muy precarias y graves problemas en el suministro tanto de agua potable como de electricidad. Un país en el que las sucesivas guerras, el intercambio desigual y la dependencia exterior incrementaron la deuda externa que, no obstante, aún está claramente por debajo de la mayoría de los países africanos (43% del PIB). A pesar de ser un país rico en recursos naturales la falta de capitales, la debilidad demográfica y la fuerte dependencia exterior (China es el principal socio comercial), sumados a los impactos del cambio climático, frenan las posibilidades reales de salir del pozo en que están metidos.
Por si estos problemas fueran pocos hay sumarle el estancamiento político en que vive este país, provocado por el efecto conjunto de los recurrentes conflictos partidarios y el incumplimiento sistemático de los acuerdos de paz (2020), que amenaza con hacer caer al país en una nueva espiral de violencia (ONU). @mundiario