Guerras infinitas
Es una vieja sensación. Tan antigua que quien haya escrito el Génesis, probablemente Moisés hacia el siglo XV a.C. después del paso del Mar Rojo y sus primeras leyes y “mandamientos”, ya muestra inquietud por dar sentido a la existencia. La narrativa de la expulsión del Edén y, sobre todo, la muy inmediata del desencuentro de Caín con Abel, traslucen preocupación por la existencia del mal y las penalidades de la mayoría para sobrevivir. Tras una explicación de lo humano con un ser superior –de nombre metafísico- controlando lo que acontece en la Naturaleza y en las relaciones sociales, es evidente que tras esa cosmogonía hierocrática hay una mirada política, de cuyo desarrollo hay datos sobrados en los demás libros de la Biblia, en particular los que la Biblia Vulgata denomina del Viejo Testamento.
Cuando en el siglo VIII d. C. apareció Mahoma en la Meca con el ángel Gabriel dictándole El Corán, para unificar las distintas tribus nómadas en torno a otra creencia monoteísta, la “guerra santa” contra infieles limítrofes quedó otra de las claves que, en el presente, siguen siendo invocadas nostálgicamente como motivo del belicismo peligrosamente reinante en la zona mediterránea oriental; el ayatolá reinante en nombre del pasado, lo recita todavía en la zona iraní . Es evidente que, en el actual equipo de gobierno israelí, las resonancias bíblicas también son un aglutinante extraordinario para mantener el sofisma de una guerra necesaria; los propios dirigentes del entorno de Netanyahu no cesan de justificar sus excesos bélicos y verbales recurriendo a frases concretas de los libros supuestamente sagrados para justificar desmanes bien temporales.
Con ser todo ello cierto, también lo es que en las guerras de nuestros antepasados, desde el siglo IV d. C. hasta prácticamente el tiempo presente, la invocación a Dios ha sido una constante en la mayoría de las guerras importantes y ha dejado secuelas todavía perceptibles en unos y otros lugares de Europa, en detalles y costumbres coloristas a veces, pero siempre distintivas cuando reviven en las fronteras de unos u otros países. Está bien visible, por ejemplo, en el Ulster irlandés y lo está con menor virulencia en otras aparentemente tranquilas como, por ejemplo, el Tirol, para el paso entre Italia y Austria por la frontera de Brenner (cerca de Insbruck). Las invocaciones a costumbres propias, distintivas de las de quienes se encuentran en situación migrante, los ven potencialmente peligrosos por extraños y desconocidos. De este modo, la discordia, y la hostilidad “al otro” crece ampliamente en todas partes de Europa, a menudo bajo algún pretexto de diferencia religiosa, favorable a la exclusión.
El pasado persiste más de lo que superficialmente acreditamos todos. De hecho, no se ha borrado el largo pasado histórico de conflictos que han dejado profunda huella en Europa. La división del Imperio Romano después de la muerte de Teodosio en el año 395 d.C., acabó en un cisma muy significativo entre Roma y Bizancio; trataron de soldarla las Cruzadas cristianas hacia Jerusalén después de que varios cientos de clérigos se reunieran en Clermont-Ferrand, en 1095. La expansión del Imperio turco en 1453 a costa de Bizancio cpnsolidó, incluso, un cambio de época. Y, más tarde, las inacabables guerras religiosas del siglo XVI después de la ruptura luterana con el catolicismo romano fragmentaron más el pasado común del Sacro Imperio Romano Germánico que, desde 1520, presidía el Carlos nacido en Gante, que sería Carlos I de España. A su muerte, una de aquellas guerras sumió a más de media Europa en una Guerra de cuarenta años entre 1558 y 1599. Mucho más cerca en el tiempo, en la España reciente, la Guerra de 1936 a 1939, con todos los horrores, depuraciones y exilios que conllevó, no dejó de ser invocada como Cruzada religiosa desde antes de que se produjera. Aparte de que en los libros de texto habituales en los años anteriores a la CE78, la llamada “Reconquista” era sobreentendida como Cruzada religiosa frente a “los árabes”, antes de llegar a 1936 –y a la omnipresente mención de “la Cruzada” como consigna-, Unamuno ya constataba en 1924, cómo diversos hechos coetáneos eran invocados como “cruzada” aglutinadora del “Reino de España”. Y casi noventa años después, muchos labios no cesan de repetir ese lema medieval.
De un modo más sutil, en los años treinta se debatían todavía en Europa teorías del Estado cuyos conceptos tenían que ver con la teología política medieval, en que autoridad espiritual y terrenal, salvación y poder, religión y política -su unidad o separación- andaban implicados. Después de aquel Antiguo Régimen, hegemónico antes de 1789, en la legitimidad o ilegitimidad de la separación de la Iglesia y el Estado, no faltaron quienes vincularon los valores simbólicos de las comunidades políticas en torno a su ordenamiento religioso y aprovecharon para hacerlo que, cuanto más atrás trataban de encontrar una justificación en el tiempo, más difícil era “distinguir instituciones religiosas y políticas”, como estudió Assman (Poder y salvación. Teología política en el antiguo Egipto, Israel y Europa. Madrid: Abada, 2015). En 1934, Karl Schmitt, por ejemplo, establecía que “todos los preciosos conceptos de la teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”. La invocación religiosa en política tenía, según este teórico nazi, además de un valor descriptivo, un valor dogmático-normativo, que negaba un fundamento racional al ordenamiento político, y sólo aceptaba como válido un fundamento teológico: remitiéndose a él, legitimaba las formas políticas antidemocráticas.
Las deformaciones de estos supuestos alcanzan a la vida cotidiana. No hace falta referirse a aspectos fuertes de la vida democrática, apenas revisados después de que la CE78 estableciera un paraguas justificador como el “aconfesionalismo” para las readaptaciones nacionalcatólicas. Los afanes más visibles de los partidos políticos actuales, amparados en un hipotético puritarismo moral, alardean frente a sus adversarios de ser más justicieros que el Dios de Moisés cuando veía a los cananeos como enemigos a batir. Suelen mirar para otro lado cuando las sospechas de corrupción caen sobre alguno, y todos se rasgan las vestiduras cuando alguien les muestra que, como al rey desnudo, se les ven las partes pudendas. Hay opinadores para quienes “la culpa” –término eminentemente judeo-cristiano trasladado al Código Penal- es del bipartidismo dominante, consentidor de compadreos fundantes de posteriores “pecados” o “faltas” despilfarradoras de lo común pro domo sua. Pero el efecto del creciente impulso vengador -a menudo clasista- es que muchos ciudadanos están llegando al escepticismo antropológico que produce el ver que, ante manifestaciones por algo tan vital como la vivienda, los supuestos portavoces de la “soberanía nacional” miran a la historia como si fuese la causa de sus errores y supuestos delitos. Moisés probablemente estaba en lo cierto cuando expulsó a Adán y Eva de aquel imaginario paradisíaco; los responsabilizó de un “pecado original” que, según estableció San Ireneo a finales del siglo II d. C. S contra los gnósticos, arrastra la humanidad. @mundiario