El “no a la guerra” de Sánchez y el riesgo de dejar a España en tierra de nadie

Ilustración sobre la ambigüedad estratégica de Sánchez, denostado por Trump. / Mundiario
La negativa del Gobierno a respaldar la ofensiva contra Irán refuerza el discurso pacifista del presidente, pero abre un choque inédito con Washington que puede tener costes estratégicos, económicos y diplomáticos.

La política internacional rara vez admite posiciones cómodas. Mucho menos en momentos de guerra. Sin embargo, el Gobierno español ha decidido situarse en una posición singular en la crisis abierta tras la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán. El presidente Pedro Sánchez ha sintetizado su postura en un lema tan reconocible como eficaz desde el punto de vista político: “No a la guerra”.

La frase evoca deliberadamente el movimiento que movilizó a millones de españoles en 2003 contra la invasión de Irak. Aquella consigna quedó grabada en la memoria política del país y sigue teniendo una poderosa resonancia social. En un contexto de creciente tensión internacional y con la impopularidad de Donald Trump ampliamente consolidada en la opinión pública española, el mensaje del presidente conecta con una sensibilidad mayoritaria: el rechazo instintivo a una nueva guerra en Oriente Próximo.

Pero la política exterior no se mide solo en términos de popularidad interna. Y ahí es donde la estrategia del Gobierno empieza a plantear interrogantes.

La postura del Gobierno conecta con una sensibilidad pacifista mayoritaria, pero puede tener consecuencias para la seguridad y la economía españolas

La negativa española a prestar apoyo logístico a la ofensiva militar desde las bases de Rota y Morón —instalaciones estratégicas utilizadas habitualmente por Estados Unidos— marca un punto de inflexión en las relaciones bilaterales. Aunque las discrepancias entre el Ejecutivo de Sánchez y la Administración Trump ya venían acumulándose desde hace meses —sobre Gaza, Venezuela o el gasto en defensa—, el choque actual supone un salto cualitativo.

La reacción de Washington ha sido inmediata y especialmente dura. Trump no solo ha sugerido la posibilidad de replantear el papel de España en la OTAN, sino que ha llegado a amenazar con cortar “todo el comercio” con el país si el Gobierno mantiene su postura. Más allá de la retórica habitual del presidente estadounidense, el mensaje refleja el deterioro de una relación estratégica que durante décadas había permanecido relativamente estable, independientemente del color político de los gobiernos.

Ese deterioro plantea un dilema complejo. Desde el punto de vista político interno, el enfrentamiento con Trump puede incluso beneficiar a Sánchez. La figura del presidente estadounidense despierta un amplio rechazo en España y en gran parte de Europa, y la imagen de un líder europeo que planta cara a Washington puede reforzar su perfil internacional y consolidar apoyos entre su electorado.

Sin embargo, los intereses de un país no siempre coinciden con los incentivos políticos de sus dirigentes. España es un aliado histórico de Estados Unidos dentro de la OTAN y mantiene con la primera potencia mundial una relación económica, militar y tecnológica de enorme importancia. La presencia militar estadounidense en Rota y Morón forma parte de ese entramado estratégico que ha contribuido durante décadas a la seguridad del flanco sur de Europa.

El enfrentamiento con la Administración Trump sitúa la relación bilateral en su momento más delicado en décadas

La cuestión no es si España debe apoyar o no una guerra que muchos consideran arriesgada y potencialmente desestabilizadora. La pregunta es otra: hasta qué punto puede permitirse un enfrentamiento frontal con su principal aliado sin quedar atrapada en una incómoda posición intermedia.

Ese riesgo se hace evidente en el propio contexto geopolítico del conflicto. Estados Unidos e Israel han intensificado en los últimos días los ataques contra objetivos iraníes, mientras Teherán responde con misiles y drones dirigidos tanto contra territorio israelí como contra países del Golfo aliados de Washington. Arabia Saudí, Kuwait y Qatar han registrado ataques recientes, lo que confirma que la guerra amenaza con adquirir una dimensión regional.

Las consecuencias humanas son ya significativas. Más de mil personas han muerto en Irán desde el inicio de los bombardeos, según organizaciones independientes, mientras el intercambio de ataques continúa ampliándose a nuevos escenarios. En paralelo, la tensión se extiende por toda la región: Israel ha intensificado operaciones en Líbano y ha anunciado nuevos ataques, mientras varios países occidentales han comenzado a participar indirectamente en operaciones defensivas contra drones iraníes.

Ante ese escenario, la posición española se basa en un principio que, en términos morales, resulta difícil de cuestionar: la defensa de la diplomacia y del derecho internacional frente a la lógica militar. Sánchez insiste en que el mundo ya ha vivido episodios similares y recuerda el precedente de Irak, cuya invasión desató una cadena de consecuencias que todavía hoy condicionan la política internacional.

Ese argumento tiene fundamento histórico. Las intervenciones militares en Oriente Próximo han demostrado repetidamente que los conflictos iniciados con objetivos aparentemente limitados pueden desencadenar efectos imprevisibles: radicalización, terrorismo, crisis migratorias o inestabilidad económica.

Entre la crítica a una guerra y el choque abierto con un aliado hay un amplio terreno intermedio

Sin embargo, entre la crítica a una guerra y el choque abierto con un aliado hay un amplio terreno intermedio. Y es precisamente ese espacio el que España parece haber abandonado.

Otros países europeos mantienen también reservas sobre la ofensiva contra Irán, pero han optado por posiciones más prudentes que evitan confrontaciones directas con Washington. España, en cambio, ha elegido una postura que combina un discurso moral muy claro con una estrategia diplomática menos definida.

Ambigüedad estratégica

El resultado es una sensación de ambigüedad estratégica. España no apoya la intervención militar, pero tampoco dispone de capacidad real para impulsar una alternativa diplomática que pueda influir en el desarrollo del conflicto. Tampoco parece contar con una coalición europea sólida que respalde su postura frente a Estados Unidos.

Ese aislamiento relativo es el principal riesgo de la estrategia actual. Si las amenazas comerciales de Trump llegaran a materializarse —o si el deterioro de las relaciones afectara a ámbitos como la cooperación militar o tecnológica—, el coste podría hacerse visible en sectores económicos clave o incluso en el empleo. En ese caso, la opinión pública podría reaccionar de forma distinta a como lo hace hoy.

La política exterior siempre implica un delicado equilibrio entre principios y pragmatismo. El pacifismo retórico puede resultar políticamente rentable en el corto plazo, especialmente en sociedades con una fuerte tradición crítica hacia las intervenciones militares. Pero cuando se convierte en la principal brújula estratégica corre el riesgo de dejar a un país en una posición incómoda: demasiado distante de sus aliados tradicionales y demasiado débil para influir en el curso de los acontecimientos.

España se encuentra hoy ante ese dilema. Defender la paz es un principio legítimo y necesario. Pero hacerlo desde una posición de creciente confrontación con Washington puede acabar situando al país en una tierra de nadie diplomática en la que ni se participa en las decisiones clave ni se evitan sus consecuencias. En un mundo cada vez más marcado por la rivalidad geopolítica, esa puede ser una posición más arriesgada de lo que parece. @mundiario