El eterno concierto de Año Nuevo. De nuevo Muti

Riccardo Muti, director de orquesta. / RR SS.
Es de justicia escribir que, no tenía ni pajolera idea de quién es (o era) Constanze Geiger. Con lo que me ha tocado picotear en la biografía publicada.

Para este seguro servidor, estas fiestas no empiezan hasta que me empapo nota a nota con el concierto de Año Nuevo en la ópera de Viena.

Permítanmelo, por favor. Cada cual tiene sus debilidades, sus gustos y sus opiniones.

Acaba de terminar, cómo no, con la “Marcha Radetzky”, y una magnífica orquesta dirigida por el sempiterno Riccardo Muti.

Se dice que, la costumbre de que el público empiece a aplaudir al son de sus notas, viene de que los soldados presentes se enamoraron tanto de la composición de Strauss que durante la primera interpretación comenzaron a aplaudir con entusiasmo. Esta tradición se ha transmitido a todos los espectadores desde entonces, en particular cuando la pieza se interpreta en el Neujahrskonzert que se celebra en Viena cada día de Año Nuevo.

El problema viene cuando, a lo largo de los años, el público se anticipa en el aplauso y el director tiene que cambiar el gesto del gepeto en plan enfado, como diciendo: “ya, ya les daré yo la entrada al aplauso, por favor…” No interrumpan la armonía“”.

Porque era Muti, - si llega a ser Wagner el director, se baja de la palestra y empieza a dar mandobles a cualquier enteradillo, que suelen ser legión —.

Pero vaya; a lo que iba; que para mí empieza la fiesta con la última nota del concierto de Año Nuevo en la ópera de Viena por su filarmónica.

Es de justicia escribir que, no tenía ni pajolera idea de quién es (o era) Constanze Geiger. Con lo que me ha tocado picotear en la biografía publicada. Lo que sé es que se ha armado la marimorena porque – por fin, tras ochenta y cinco años o más – una mujer ha sido digna de ser recordada e interpretada en la Sala Dorada de Viena.

Siempre escribo sobre este concierto, porque me gusta presumir de que un año (no recuerdo ahora cuál, mecachis) tuve el honor y el gustazo de asistir al de Año Nuevo, dirigido por el inmortal Herbert von Karajan. ¡Total ná!

También recuerdo muy bien el recuerdo porque tuve que vestirme de pingüino desde por la mañana tempranito, ya que en aquellos entonces, era preceptivo el esmoquin para acceder a las dependencias.

Ahora ya no. De hecho, he visto hombres vestidos con chaqueta y corbata, cuya corbata tiraba para atrás y los compases de vals se resistían a sonar.

No soy muy de vals. Pero este día es ritual. Y ya sabes a lo que vas, o sea que no te quejes de tanto, Strauss, padre, hijo y espíritu burlón con alma inquieta…

En cuestiones de música suelo ser muy ecléctico —siempre que sea buena, claro —. Lo mismo disfruto de los lloricas como Chopin o Listz, que al estrambótico Wagner. Ahora que, puestos a escoger, si me ponen una retahíla de Mozart y Beethoven, pues ya, para decir basta, que no puedo con tanto gozo.

Para mí, Viena es mágica. Por su lujo, pompa y luminosidad. No tanto por sus precios.

Pero es mágica. No solo por el edificio de su ópera. No. El edificio de la ópera, visto de frente, a tu derecha y siguiendo el muro adyacente, en los suelos se ven estrellas doradas, con los nombres de distintos músicos que han actuado en ella, también en letras doradas.

Enfrente está el edificio del Hotel Sacher, con su inmerecidamente famosa “tarta Sacher”, hecha de chocolate, mermelada de albaricoque y un glaseado brillante, por la que la gente se tira de los pelos para tomar asiento en su terraza y comerla. Y decir a todas sus amistades (o mejor enemistades) que ha tomado relajadamente un trozo inmenso de tarta Sacher.

Como se lo escribo, estimados lectores y lectoras. ¡Cómo se lo estoy escribiendo!

En los palacios de la plaza de la emperatriz Teresa, si a alguien le entrase una indisposición súbita, acompañada de emisión líquida de materia atufadora, no le da tiempo a ir a los distintos retretes: se cagan la pata abajo sin forma ni manera de poder evitarlo, poniendo los relucientes efectos de los suelos (relucientes, lo que se dice relucientes) cuál agua para belcebú.

Siempre imaginé, cuando tengo pensamientos escatológicos – que no es lo común, lo prometo – a la pobre y bella Sissi, en tales apreturas y vestida de blanco inmaculado en atuendo amplio, y marcando moda.

No imagino a ningún otro personaje, no; solo a Sissi. No tengo idea del porqué.

Quizá sea porque siempre la vi tan bella, y tan elegante. No sé.

Pero, vamos, que tal incidente podría pasarle a cualquiera en palacios tan amplios y limpios.

De nuevo es la moda contra la naturaleza.

En fin. Pues una vez oído el concierto de este 2025, ya son fiestas para mí.

Hasta los Reyes Magos, de los que no espero nada de nada.

Y, cada año, acercándome a lo que mi amada abuela Ángeles (mamá de mi mamá) solía decir por estas fechas:«el año que viene, si vivo, te voy a hacer un jersey de manga rangla, para que te lo pongas en esos sitios de Dios adonde vas».

Bien. Pues mis deseos más fehacientes de felicidad para todos los que tengan a bien leer esto.

Y a los que no… También. @mundiario