Estos días azules

Antonio Machado
Antonio Machado murió fuera de su país, como muchos españoles, huyendo de las tropas franquistas, tras haber sido un luchador incansable a favor de la República desde el frente literario.

Ya sé que parecerá extraño, pero juro que es cierto que, en un reciente viaje a un famoso pueblecito francés, muy cerca de nuestra frontera, me ha dado por pensar en William Randolph Hearst o más bien en su alter ego en el cine, ya que quizás hoy sea más conocido su sosias que el propio personaje real, gracias a esa obra maestra del cine que es Ciudadano Kane, la primera película de un joven de 25 años llamado Orson Welles. 

Welles, con esa rebeldía atribuible a sus pocos años, pero con la maestría derivada de su genialidad, se atrevió a crear su primera película, sin complejos, sobre el magnate más rico y sobre todo, más poderoso de su época: W.R.Hearst. Para ello convenció para elaborar el guion a Herman Mankiewicz, un experto guionista que, además, conocía de primera mano al magnate Hearst. De esa colaboración surgió el guion que ganaría un óscar en 1942 y que puso en pie la historia de Ciudadano Kane. 

Seguro que la conocen, pero, igualmente, vale la pena recordar que esa historia consiste en el retrato descarnado de aquel magnate, usando la piel del personaje de ficción Charles Foster Kane, que da título a la película y que interpretaría el propio Welles en uno más de sus inolvidables creaciones como actor. Ese retrato de Kane/Hearst se lleva a cabo mediante un periodista que investiga su vida (y con ello nos la cuenta como espectadores) intentando averiguar el sentido de la última palabra que dijo Kane antes de morir: “Rosebud” ya que, a través de ella, se podría llegar a entender realmente quién era el personaje. 

A través de la narración de la película, llena de flashbacks, veremos construir, como en uno de los puzles de la mujer de Kane, la vida y personalidad del magnate, pero no veremos resuelto el misterio de aquella enigmática palabra “Rosebud” hasta la última escena. En ella, veremos arder, junto a un millar de objetos que había ido guardando Kane como una urraca, un juguete de su infancia; un trineo, con ese nombre, Rosebud, escrito en un lateral. Para Kane, aquel multimillonario todopoderoso y al final, abandonado y solo en su inmensa mansión faraónica, lo que tal vez fuera lo más importante de toda su vida, cuando ya estaba a punto de morir, era aquel pequeño trineo con el que jugaba siendo niño. Toda una vida de millones de dólares y poder, probablemente no tenía ningún valor frente a aquel recuerdo de esos años de su infancia, en los que, ahora lo veía claro, había sido por primera y quizás, última vez feliz.

En mi viaje a Colliure me acordé de Hearst y de Kane. 

Colliure no es sólo un bonito pueblo francés abocado al mar. Incluso con una preciosa playa, presidida por un espectacular castillo levantado en el siglo VII y reconstruido en el XIII y XIV, hay mucha gente que lo visita pero no va buscando su playa ni su castillo. Busca su cementerio. A menos de 500 metros desde la playa, se encuentra ese cementerio y al poco de entrar por su puerta, nos damos de bruces con una humilde tumba donde descansa uno de los más grandes poetas de la literatura universal: Antonio Machado. Murió fuera de su país, como muchos españoles, huyendo de las tropas franquistas, tras haber sido un luchador incansable a favor de la república española desde el frente literario.

No era un hombre mayor cuando murió. Solamente tenía 63 años. Fue un 22 de febrero de 1939. Menos de dos meses antes de que finalizar la guerra civil española que lo expulsó de España y le rompió el corazón. 

Sólo un mes antes, en la madrugada del 22 al 23 de enero de 1939, Antonio Machado se puso su mejor traje para salir desde Barcelona, camino del exilio, junto con su madre Ana, su hermano José y la mujer de éste, Matea. Les habían aconsejado que abandonaran con urgencia la ciudad ya que estaba a punto de caer en manos de las tropas de Franco y Machado corría peligro ya que había sido el intelectual español que más se había postulado en defensa de la República. 

Apenas salieron de la ciudad cuando empezaron a sonar las alarmas y se oyeron a continuación las explosiones de las bombas. El 26 de enero entraron las tropas franquistas en la ciudad condal y Antonio Machado y su familia oyeron la noticia con pesadumbre y tristeza en Can Santamaria, cerca de Girona, donde se habían alojado brevemente. Ante los rumores de un posible bombardeo en la zona, tuvieron que abandonarla rápidamente y los refugiados anduvieron a tropezones en la oscuridad hasta la carretera donde unos vehículos los ayudarían a proseguir su huida. Todos los caminos comarcales se habían ido abarrotando de gente en dirección a la frontera, tras la orden de evacuar Girona. 

Pronto llegarían a Figueres, donde el 1 de febrero celebrarían su última sesión las cortes de la República y desde allí partieron hacia la frontera francesa por la carretera de la costa que pasa por Portbou. En el trayecto, tuvieron que parar y refugiarse en varias ocasiones al aparecer aviones enemigos. Los últimos kilómetros hasta la frontera serían un verdadero calvario. Hace frío y ha empezado a llover y la empinada carretera en zigzag que une Portbou y Cerbère se hace intransitable dada la gran cantidad de vehículos, además de hombres, mujeres y niños a pie, que arrastran lo poco que pudieron coger al huir de sus casas. Es una huida desesperada hacia la frontera con el temor a la aviación enemiga que los acosa. Cuando aparecen los aviones, la caravana se para y la gente se tira a las cunetas. 

A menos de un kilómetro de llegar al final de la empinada loma, el vehículo no puede seguir y Machado y su familia tienen que abandonarlo, junto con sus equipajes. Así, en medio de la noche, deben seguir a pie bajo la fría lluvia y entre una multitud desesperada. Los Machado, con su madre, Ana de ochenta y ocho años, subieron con dificultad aquella pendiente hasta alcanzar la frontera. Desde allí, les ayudaron a llegar a la estación de Cerbère y después de muchas gestiones, les permitieron pasar la noche en un vagón de ferrocarril, con un frío intenso que helaba sus ropas mojadas. 

La tarde del 28 de enero de 1939, Machado y su familia lograron llegar en tren a Colliure desde Cerbère. A su llegada a la estación les recomiendan como alojamiento el hotel Bougnol-Quintana adonde llegaron andando bajo la lluvia y teniendo que llevar en brazos a la madre de Machado que, en su delirio, creía estar llegando a su Sevilla natal. 

En el hotel fueron bien acogidos y pudieron pasar con tranquilidad los pocos días que los separaban de su final. Aunque salía poco del hotel, algún día Machado, cansado y ya enfermo, caminaba ayudado por su bastón los trescientos metros que lo separaban del puerto de Colliure. Allí podía contemplar en paz el mar mientras pensaba en esa España que se hundía tras tres años de guerra y que se encaminaba a cuarenta años de dictadura.

Un día Machado fue a ver a la dueña del hotel con un pequeño joyero de madera. Esto que hay dentro es tierra de España, le dijo, y quiero que, si muero aquí, me entierren con ella. 

Poco tiempo después no volvió a salir de su habitación, donde dormía en una cama al lado de la de su madre, que había ido empeorando en su delirio hasta entrar en coma. Matea, su cuñada, que cuidaba de ambos, avisó una noche a su marido porque vio que Antonio se encontraba mucho peor. Buscaron al médico que confirmó la gravedad de su estado. Machado era un asmático y probablemente se había agravado su enfermedad respiratoria tras los días de frío y lluvia a la intemperie. 

El 22 de febrero de 1939 moría Antonio Machado. Más tarde, su madre, en un momento de lucidez, preguntó por su hijo que ya no estaba a su lado en la habitación. Le mintieron diciendo que lo habían trasladado a un sanatorio, pero ella lo entendió todo. Volvió a cerrar los ojos, entró de nuevo en coma y moriría tres días después. 

La enterraron junto a su hijo más querido. Aquel poeta inmenso y a la vez delicado e inofensivo, al que su madre había protegido siempre. 

Tras el entierro, José encontró en un viejo abrigo de su hermano un papel arrugado donde Antonio había hecho algunos apuntes a lápiz. Destacaba un verso inédito: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Tal vez, como Charles Foster Kane, poco antes de morir, también Machado recordara su infancia. Sentado en una barca del puerto de Colliure en un día soleado, es posible que el color azul del cielo y del mar le hicieran abrazar los queridos años de su infancia en Sevilla. 

Ese azul y ese sol, como aquel trineo que Kane llamó Rosebud, probablemente le llevaran a pensar en aquellos años felices en su casa sevillana. 

Sin embargo, mientras que, en el caso de Kane/Hearst, ese recuerdo infantil reflejaba una vida vacía a pesar de haberla intentado llenar con dólares, poder y miles de esculturas inútiles, compradas por todo el mundo y aún por desenvolver, en el caso de Machado, su sol y días azules le permitían recordar aquellos instantes dulces tan lejanos, frente a la amargura de estos momentos finales y los de la España que había dejado atrás. 

Aquel magnate prepotente y furibundo sólo se parecía a nuestro tierno y frágil poeta en esa última mirada antes de morir. 

Hearst dejó el mundo, cargado de miles de obras de arte, de estatuas, muchas de ellas sin haber salido de su envoltorio y hoy día, su celebridad se la debe en realidad a Orson Welles y al inmortal personaje de Kane que el director creó. Pero ¿Quién diablos sabe hoy dónde está su tumba?

Machado, en cambio, honesto y coherente, murió según había prometido en aquellos versos de su retrato: “ligero de equipaje”. Y su tumba sigue siendo un punto de encuentro para miles de personas que acuden día tras día, atraídas por la genialidad del poeta y también por su ternura y compromiso.

El “Rosebud” de Machado probablemente fuera aquel rincón feliz de su niñez, donde quiso agarrarse cuando al final de su vida, veía a su querida madre moribunda y contemplaba desgarrado a España, su país amado, que ya había dejado de ser el suyo.

Cuanta falta nos hace un Welles que se atreva, por fin, a recrear la figura de Machado, poniéndola en el lugar que merece. En la última escena, veríamos caer de su mano su bastón y aquel pedacito de papel arrugado mientras le oiríamos sursurrar un misterioso: “Estos días azules, este sol de mi infancia”. @mundiario