Un Estado de derecho en manos de un Tribunal Aconstitucional
Felicito efusivamente a mi ilustre paisano Cándido Conde Pumpido, porque acaba de erigirse en el primer Presidente de una inédita y original institución en el ámbito del Poder Judicial de las democracias avanzadas del planeta: El Tribunal Aconstitucional del Estado. Utilizo esa A, delante del término constitucional, sin la mínima intención de definir a tan alto tribunal como inconstitucional, como anticonstitucional o ningún término de esos que puedan sugerir un sabotaje programado a la Carta Magna. Simplemente, porque acaba de inaugurar un tiempo de Alegalidad, de Agujeros negros en el inabarcable cosmos en el que se dirime esa guerra de las galaxias jurídicas, ¡todos contra todos!, que se traen entre manos audiencias territoriales, tribunales superiores, Supremo y el máximo órgano de administración de justicia al que, por lo menos en España, se le otorga la última palabra.
Claro que ese aval del TC a la dichosa amnistía del contento de unos pocos y el descontento de tantos, me habría sorprendido mas si su máximo responsable fuese, qué se yo, castellano, andaluz, asturiano o natural de cualquiera de las comunidades nacionales en las que no se habla ni catalán ni euskera. Pero, incluso en el caso de que el sanchismo hubiese designado a un paisano de Puigdemont o de Otegi, para hacer pasar la amnistía por el ojo de una aguja, otro gallo cantaría en la redacción de ese aval al retorno del Jedi de Waterloo como paradigma de esas luchas contra el imperio. Lo que pasa es que, chico, eligieron a un gallego, con lo que somos los gallegos para estas cosas, sin tener en cuenta que, en nuestra tierra, dios es bueno y el demonio no es malo, nunca se puede adivinar si estamos subiendo o bajando las escaleras y, en el hipotético caso en el lleguemos a tomar una decisión (por ejemplo esta de la constitucionalidad de la ley de amnistía), nos encomendamos a una expresión infalible a la hora de inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro: ¡malo será!
¡Malo será! (se habrá dicho a sí mismo nuestro paisano Conde Pumpido), que el pueblo no trague si avalo una cosa o la otra; ¡malo será! que llueva y no escampe; ¡malo será! qué, después de la tormenta política, mediática y sociológica, no llegue la calma. Te lees el razonamiento que han firmado seis insignes magistrados al compás de la batuta de este señor, al que no le pega ni con cola su nombre propio, Don Cándido, je, y no es que hayan hecho precisamente de la necesidad virtud, es que han hecho talmente un pan con unas hostias; han creado jurisprudencia envasada al vacío; han hurgado en la nada constitucional, el blanco sobre blanco, y se han sacado de la manga una elucubración, en negro sobre blanco, que me río yo de la ciencia-ficción que supuran las gestas de Harry Potter, el inverosímil final feliz de El señor de los anillos o los avatares de El Conde de Montecristo para regresar de su exilio, en comparación a los avatares del ex-Honrable Puigdemont para regresar de Waterloo.
Partiendo de una larga flebitis con serias dudas de si, a caudillo muerto, caudillo puesto; pasando por un tiempo al que llamábamos de la reforma; haciendo escala en unos Pactos de La Moncloa que acabaron dando a luz una Constitución; digiriendo ruidos de sables, calles sembradas de casquillos del nueve parabellum y regadas de sangre inocente; levantándonos de un intento de ponernos otra vez de rodillas: ¡todo el mundo al suelo!, mientras un eurocomunista, un joven Presidente reciclado, un veterano teniente general civilizado, se mantuvieron en pie, hemos llegado a este punto en el que, la Carta Magna, se usa de papel higiénico en los lavabos de La Moncloa, del Congreso, del Tribunal Constitucional, de Ajuaria Ena y del Palau de la Generalitat.
¡Cuando una Constitución se soba, señor Conde, algo nuestro, de todos, se soba…! @mundiario