El espejismo de la autonomía europea bajo el puño de Trump
Europa vuelve a tropezar en la misma piedra: la ilusión de ser algo más que un proyecto económico. Mientras sus líderes presumen de una “soberanía europea” que nunca termina de llegar, el mundo avanza sin esperarla. Y en ese tránsito, Donald Trump ha sido el catalizador más descarnado de la irrelevancia europea. Lejos de contenerse tras su regreso a la Casa Blanca, el presidente estadounidense ha redoblado su desprecio hacia la Unión Europea, y ha hecho pagar a sus líderes —literalmente— por su falta de iniciativa, cohesión y estrategia.
La escena que escenifica esta sumisión resulta tan elocuente como grotesca: Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, sonríe forzadamente mientras levanta el pulgar junto a un exultante Trump, en un campo de golf de su propiedad en Escocia. No se trata de una anécdota folclórica, sino del marco elegido para escenificar un acuerdo comercial en el que Estados Unidos impone un arancel del 15% a las exportaciones europeas, sin conceder nada a cambio. Un club privado, una negociación exprés de una hora y una imagen humillante. Todo eso basta para describir la asimetría de poder.
Pero lo más preocupante no es el gesto, sino el fondo. Europa ha aceptado también aumentar su gasto en defensa hasta el 5% del PIB, a instancias de Washington. La OTAN, convertida cada vez más en una extensión del Departamento de Defensa estadounidense, se refuerza como el brazo armado de una Europa que paga por su protección sin condiciones ni voz propia. Josep Borrell, ex alto representante para la Política Exterior de la UE, ha sido de los pocos que ha hablado claro: no hubo negociación real, sino sumisión por necesidad.
Y esa necesidad tiene nombre: dependencia. Dependencia tecnológica, militar, energética y diplomática. La voz de Europa ha contado poco, o nada, en los grandes frentes abiertos del año: Gaza, Irán, Ucrania. Ni siquiera ha logrado usar su influencia económica para frenar a Israel o para jugar un papel relevante en las conversaciones sobre el conflicto en Europa del Este. Mientras tanto, Washington actúa por libre, y Bruselas observa, calla o reacciona con lentitud exasperante.
Lo paradójico es que Europa no ignora sus debilidades. Informes como los de Mario Draghi o Enrico Letta ya señalaron, antes del retorno de Trump, la brecha tecnológica frente a Estados Unidos y China, la escasa inversión en sectores clave y la lentitud de su maquinaria institucional. Sin embargo, saberlo no ha bastado para corregirlo. La UE ha comenzado a poner en marcha mecanismos —como un fondo de 150.000 millones para defensa— pero su implementación sigue atrapada en la burocracia y la falta de voluntad política real. En julio, apenas se habían concretado detalles tras meses de anuncio.
El episodio más sintomático de esta impotencia ha sido, probablemente, la reacción ante Israel. Tras constatar violaciones de derechos humanos en Gaza, la Comisión Europea propuso suspender parcialmente el acuerdo de asociación con Tel Aviv. Ni siquiera eso logró salir adelante por la oposición de varios Estados miembros, con Alemania al frente. El resultado es que Europa sigue financiando indirectamente políticas con las que no está de acuerdo, sin ejercer presión ni sancionar a los responsables.
La desunión y el temor a contrariar a Washington son, hoy por hoy, los verdaderos lastres de Europa. Durante las negociaciones comerciales con Estados Unidos, la Comisión barajó utilizar el llamado “instrumento anticoerción” para responder a las presiones de Trump, lo que habría permitido aplicar represalias comerciales o restringir el acceso de empresas estadounidenses a contratos públicos. Pero Roma y Berlín se opusieron. De nuevo, el miedo ganó al músculo político.
Trump, por su parte, ha encontrado terreno abonado para sus tesis. La animadversión hacia la UE no es nueva en él ni en su entorno. Durante su campaña y ahora en el poder, ha insistido en que la Unión fue creada para perjudicar a Estados Unidos. Y su Gabinete actual lo ha dejado claro: desde J.D. Vance tachando de decadente el modelo europeo en la Conferencia de Seguridad de Múnich, hasta el secretario de Defensa, Pete Hegseth, refiriéndose a los europeos como “gorrones” en chats filtrados. En esta segunda etapa, Trump ya no se limita a criticar: ahora pasa factura.
Lo más grave es que los europeos sabían que esto podía ocurrir. Sabían lo que representa Trump y lo que pretende. Aun así, no se han preparado. Siguen sin actuar como una potencia global. Como señala el analista Hans Kribbe, esto no ha sido una negociación entre iguales, sino entre una potencia soberana y un conjunto de Estados débiles, dependientes de su protector. El “protectorado atlántico” se consolida, mientras los líderes europeos siguen apelando a una autonomía que, en la práctica, no se atreven a ejercer.
En palabras de Georgina Wright, del German Marshall Fund, Europa necesita cambiar su mentalidad. Tiene herramientas de presión, pero no las utiliza. Tiene acceso privilegiado al mercado, pero no lo emplea como palanca de poder, como sí hacen China o Estados Unidos. En un mundo cada vez más hostil y competitivo, la timidez geopolítica no es una virtud, sino una sentencia de irrelevancia.
La visita de Von der Leyen al campo de golf de Trump no será pronto olvidada. No por su estética kitsch, sino porque simboliza el momento exacto en que la Unión Europea aceptó, sin resistencia, las condiciones de un socio que la desprecia. Es una fotografía para la historia. Pero también una advertencia: o Europa se toma en serio a sí misma, o nadie más lo hará. Ni ahora, ni en el futuro. @mundiario