Plato del día

Una España de Sánchez, otra de Feijóo y esa virtual España nuestra

España nuestra, de todos. / RR SS.
Desde que se apagó la voz de Cecilia, en una carretera que conducía a la transición, agosto de 1976, resulta extremadamente difícil escuchar a alguien, en prácticamente ningún rincón de este país: Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra…

Te cruzas con mujeres y hombres por la calles de España, compartes un cafelito con conocidas y conocidos en terrazas de cafetería, desarrollas la paciencia con pacientes en las salas de espera eterna de médicas y médicos de familia, pasas delante de alguna, ¡tantas cola del hambre!, deambulas por corredores de supermecados, entre estanterías de productos accesibles e inaccesibles, caminas entre jóvenes sin trabajo, o sin casa, o con fajos de currículos que acaban en las papeleras, clavas la mirada en afortunados padres o madres de familia (¡con trabajo, coño!), compungidos por el insignificante inconveniente de no llegar a fin de mes (¡si es que somos unos desagradecidos, hombre!), y comprendes la crispación de nuestros responsables gubernamentales ante una opinión pública y publicada que no acaba de reconocer sus milagros de los panes y los peces.

Debe ser desesperante para Pedro Sánchez, si es que a Pedro Sánchez le puede desesperar alguna cosa, acostarse por la noches en su España que va como una moto, en su país que es la locomotora de Europa, en su paradigma mundial de Estado y estados de derecho, al frente de una comuna de ministras y ministros, cuyos distintos tonos de voz afinan como un coro que no tiene nada que envidiar al de los Niños cantores de Viena, y despertarse por las mañanas en nuestro país, el de la gente, el de ustedes y el mío, con un poco menos de esperanza que el día anterior pero algo más que el día siguiente.

Y, sin embargo, claro que es posible que se cumpla la profecía que nuestro presidente difunde en los mítines, estos días en los que esta dando la vuelta sanchista a España enfundando por anticipado el maillot a sus aspirantes a alter egas y alter egos en los reinos taifas autonómicos: ¡Gobernaremos hasta 2027 y más! El problema es si, a eso, se le puede llamar gobernar, claro: por decreto ley, como un funambulista sin red constitucional, sin presupuestos del Estado, sin comunicados médicos sobre El Estado de la Nación, sometido al derecho de pernada de Carles Puigdemont, con un Fiscal General marioneta, con un grupi de Presidente del Tribunal Constitucional, con un ministro de Justicia que se erige en juez y parte, con un exsecretario de organización de su PSOE al que no le progresa adecuadamente su legítima presunción de inocencia, con un portavoz de su grupo parlamentario que confiesa que se encuentra cómodo, lo mismo se anuncie una decisión hoy y la contraria el día siguiente.

También es posible, naturalmente, que las urnas pudiesen darle la vuelta a la tortilla, se abriesen de nuevo las aguas de otro Mar Rojo, francamente desteñido, y este pueblo elector, pero no precisamente elegido, llegase a esa otra orilla  en la que, otro Moisés, vuelva a contarnos otro cuento de esos que nunca acaban en la dichosa tierra prometida. Quizá estemos condenados a ser un pueblo errante y errado, ¡oh, las españolas y españoles!, con un único derecho que nos hace soberanos por un día: elegir entre un flautista de Hamelin que cojea del pie derecho u otro que cojea del pie izquierdo. Ni puñetero caso a Aristóteles, oye, que hace siglos que ubicó la virtud en el justo medio entre dos extremos viciosos y viciados. @mundiario