La España real del surrealista inquilino de La Moncloa
Porque uno ya no tiene edad para responder a esa pregunta que solían hacernos al iniciar nuestros viajes por la vida, oye: ¿qué quieres ser de mayor? No recuerdo lo que les contesté a mis antecesores y tengo la sospecha de que, en realidad, no quería ser nada en concreto y probablemente aspiraba solo a situaciones en abstracto: Bob Dylan interpretando, a guitarra y armónica, la banda sonora de un mundo que esperaba encontrar la respuesta en el viento; quizá un Joan Manoel Serrat devolviéndole la voz a Antonio Machado o Miguel Hernández; puede que incluso tuviese la tentación de aprender mecanografía, ponerme ante una antidiluviana Hispano Olivetti e ir tecleando páginas y páginas capaces de desembocar en El filo de una navaja, Un Tranvía llamado deseo o esa antológica descripción de Los Santos Inocentes de Miguel Delibes, extrapolable en el tiempo y en el espacio a tantos anónimos seres humanos esparcidos por los más remotos rincones de Tierra.
De lo que estoy prácticamente seguro que no habría querido ser de mayor, ahora que he comprobado lo que podría haber llegado a ser, es uno más de mis contemporáneos aceptando voluntariamente la condición de esclavos digitales, de hinchas futbolísticos, de drogadictos ideológicos, de robots parlamentarios aprieta-botones, de francotiradores agazapados en las redes practicando magnicidios y minimicidios, de grupis de fans acudiendo a conciertos en los que, las voces de sus ídolos, quedan solapadas por los gritos de sus idólatras, de furibundos independentistas que quieren reducir al absurdo a un minifundio que forma parte de una pequeña aldea global que gira alrededor de un sol que deambula por un inabarcable espacio infinito.
¿Es eso en lo que se ha convertido Pedro Sánchez, por ejemplo, lo que quería ser de niño cuando fuese mayor? Hombre, por una parte yo qué sé y por otra qué quieres que te diga. Ayer, sin ir más lejos, pase vergüenza ajena cuando, en su examen de conciencia del curso político, sacó pecho de una tal España Real a la que envidiaba medio mundo: esa en la que la mies es mucha pero no hay viviendas para todos; esa cuyos indicadores económicos, sociales, de poder adquisitivo, de incrementos de salarios inversamente proporcionales al aumento de adquisiciones en las cestas de la compra, de pobreza infantil, de colas en los comedores sociales, siguen helándonos el corazón; esa a la que llaman él, Yolanda, Feijóo, Abascal, gobernantes y aspirantes a gobernantes Mi País que, por mas vueltas que la da uno, cualquier semejanza con la realidad de nuestro país, el de todas y todos, es pura coincidencia.
Hubo una vez una España Real, pero la hemos convertido en una España irreal a medida que hemos ido entrando en la era digital. Los ministros de antes se traspasaban carteras llenas de proyectos realizados o por realizar, pero ahora les bastaría con traspasarse un iPhone, de esos de última generación, que le permite a un Óscar Puente, por ejemplo, intentar que donde pone el ojo ponga el twit que pretende aniquilar al enemigo. Ahora, Quevedo, no escribiría un poema a la nariz inspirado en un Góngora, sino un poema al iPhone, inspirándose en tantos listillos, engreídos, sabelotodo o sabelonada, con vocación de astronautas flotando sin rumbo y sin causa por el ciberespacio. @mundiario