España: el país que cortó los árboles donde debían trepar los soñadores

Un árbol visto desde abajo. / Pixabay
En España, el éxito ajeno no inspira, molesta. Y cuando alguien destaca, en lugar de admirarlo, buscamos excusas para minimizar su logro. Esto no solo desmotiva, sino que refuerza una mentalidad conformista.

¡Ey Tecnófilos!

Hace unos años, un directivo de IBM dijo algo que, aunque sencillo, resume una de las principales diferencias entre Europa y Estados Unidos: "en Europa no dejáis a los niños subirse a los árboles". Una metáfora que es, a la vez, una denuncia cultural. En nuestro continente, y especialmente en España, hemos creado una sociedad donde el riesgo se evita, la curiosidad se reprime y la conformidad se prima. Y esta mentalidad nos está costando caro: nos encontramos a la cola en la creación de gigantes tecnológicos y empresas innovadoras.

Mientras en Estados Unidos el fracaso es considerado un paso hacia el éxito y los emprendedores son admirados, aquí preferimos caminos seguros, estables, y si puede ser, subvencionados. En lugar de fomentar que los niños experimenten, se equivoquen y crezcan, los sobreprotegemos, les damos respuestas antes de que hagan preguntas y, más tarde, los empujamos hacia empleos estables y sin riesgos, como el funcionariado. Que no se me malinterprete: ser funcionario es una opción digna y necesaria, pero la obsesión cultural por la seguridad mata el espíritu innovador. Y sin innovación no hay progreso.

El Gobierno, lejos de revertir esta tendencia, la alimenta. En lugar de premiar la meritocracia, el esfuerzo y la creatividad, se dedican a crear grupos dependientes a base de subvenciones y ayudas. ¿Por qué? Porque la dependencia garantiza votos. Es más fácil captar voluntades cuando las personas están sujetas a "paguitas" que cuando son autónomas, críticas y ambiciosas. Así, en lugar de fomentar una sociedad de individuos curiosos, capaces y emprendedores, se prioriza la creación de colectivos pasivos y resignados.

La tecnología y la innovación no florecen en terrenos infértiles. Requieren de un ecosistema donde las ideas puedan surgir, desarrollarse y fracasar, porque de ese fracaso nacen los éxitos. En Estados Unidos, Google, Amazon, Apple o Microsoft no surgieron de la noche a la mañana, sino de mentes que tuvieron la libertad, el apoyo y la ambición para crear algo diferente. En Europa, las grandes ideas tecnológicas se diluyen entre regulaciones asfixiantes, burocracia interminable y una cultura que penaliza el atrevimiento.

Además, no podemos ignorar otro gran problema: la envidia. En España, el éxito ajeno no inspira, molesta. Y cuando alguien destaca, en lugar de admirarlo, buscamos excusas para minimizar su logro. Esto no solo desmotiva, sino que refuerza una mentalidad conformista. Si al final el esfuerzo no se reconoce ni se premia, ¿para qué arriesgarse?

La raíz de este problema es cultural, pero las políticas públicas tienen un papel clave para perpetuar o revertir esta situación. En lugar de favorecer la curiosidad y la meritocracia, se fomenta una dependencia insana. En lugar de reducir trabajos para emprendedores, se las multiplican. En lugar de crear incentivos para atraer y retener talento, se deja que nuestros mejores cerebros emigren mientras se potencia un sistema que desalinea el riesgo y la innovación.

Es hora de dejar de infantilizar a nuestra sociedad y de construir un modelo que premie a quienes se suben al árbol, se caen y lo intentan de nuevo. Debemos dar libertad y apoyo a las mentes curiosas, educar para la creatividad y fomentar un respeto cultural hacia quienes se atreven a soñar en grande. Porque sin curiosidad no hay innovación, y sin innovación, no hay futuro.

España tiene potencial, pero para aprovecharlo debemos dejar atrás esta cultura del conformismo y la subvención. Es momento de apostar por una sociedad más libre, meritocrática y, sobre todo, curiosa. Solo así podremos plantar los árboles adecuados para que nuestros niños –y nuestras empresas– crezcan fuertes y altos.

¡Se me tecnologizan! @mundiario