España: ¡doctora honoris causa en golpismo!
El problema no es la desclasificación de documentos reservados, o sea, abrir las cajas de Pandora del pasado, los enigmas extraterrestres, quiénes y porqué exterminaron a la saga de los Kennedy, qué manos manejaron los hilos de tantas marionetas en el 23-F, en qué púlpitos se practicaron bendiciones urbi et orbi a los ETArras, cuántos degenerados desfilaron por la Isla de los horrores de Epstein, qué designios sobrenaturales o naturales enviaron a los cielos a Juan Pablo I (en tan solo 31 días y noches , oye), después de haberse calzado la sandalias del pescador.
En este mundo traidor que, durante siglos, ha ido perseverando en su capacidad para que nada fuese ni verdad, ni mentira, permítanme que no comparta con las sesudas cabezas cum laude análisis, a balón pasado, de los cuentos y las cuentas de la historia ¿Encargó quizá Stalin que apartasen de él el cáliz de Lenin?; ¿dimitió Suárez ante el convincente argumento de una pistola sin necesidad de llegar a estar humeante?; ¿se posó el Apolo 11 en el Mar de la Tranquilidad de la luna…?; ¿susurró César, cosido a puñaladas, ¡tú también, Bruto, hijo mío!; ¿derogó el Príncipe Juan Carlos la orden de El Pardo, en plena marcha verde, de entrar en guerra con Marruecos? Quizá sí, quizá no, quizá lo más sensato sea acogerse a la filosofía italiana para eso casos: se non è vero è ben trovato.
El problema no es, insisto, la desclasificación de documentos reservados que ponen cachondos a los historiadores, le dan juego a los tertulianos, rellenan páginas y horas de los medios de comunicación escritos o audiovisuales y permiten que vuele la imaginación por el ciberespacio. La cuestión no es que se bajen del trastero de un Estado viejos papeles, viejos audios, viejas elucubraciones (no sé si todas, si algunas, ni siquiera con qué sanas o abyectas intenciones), y dejen a un pueblo, a una sociedad, casi convencida de que se ha relevado, por fin, la verdad, toda la verdad y nada mas que la verdad.
Si, ahora, en pleno presente histórico, las cabezas calificadas de más brillantes en economía, en politología, en sociología, en tecnología y en cualquier materia que acabe en logía, no se ponen de acuerdo ni en el día de la semana en que vivimos; si no tienen el mínimo reparo en que se les vea el plumero ideológico; si practican el marxismo de Groucho respecto a sus principios y, según soplen los vientos, siempre tienen otros de recambio, que me borren de la lista de ciudadanas y ciudadanos españoles que han recibido como un maná de transparencia la desclasificación de documentos del 23-F, esperan el diagnóstico final del drama de Adamuz, se llevan una alegría o una decepción con las sucesivas cuentas y cuentos de un tal Tezanos o se aferran al clavo ardiendo de ese overbooking de expertos que, en cadenas de radio, televisión o redes, incurren en el defecto nacional de radioyentes, televidentes y ciber-influenciers: barrer para casa, se pregunta uno qué tipo de papeles, de audios, de vídeos desclasificarán gobiernos sucesivos a incautos gobernados sucesores.
Porque, estos últimos, los del 23-F, ejemplo, por un lado han sido mera tinta de calamar y, por otro, un capítulo más de la historia interminable de España en la que nunca se ha sabido, ni se sabe, ni se sabrá, quiénes eran, quiénes son, quiénes serán los buenos y los malos en este eterno largometraje en el que nunca estará ni se podrá esperar a un auténtico Elefante Blanco que, como su propio nombre podría indicar, pero sus sucesivas y fantasmagóricas apariciones en la historia nos han demostrado, dejan siempre el pasado, el presente y el futuro cada vez más negro. @mundiario