La escalada entre Israel y Hezbolá: ¿una nueva guerra en el horizonte?
La relación entre Israel y Hezbolá ha vuelto a situarse en el epicentro de las preocupaciones internacionales. La escalada de tensión entre ambos actores, marcada por ciberataques, bombardeos selectivos y preparativos militares, ha generado un clima de inminente conflicto que podría transformar la región. El Gobierno israelí, liderado por Benjamín Netanyahu, parece estar decidido a saldar cuentas pendientes con la milicia chií, apuntando a su destrucción definitiva tras años de confrontación latente.
El recuerdo de la guerra de 2006 aún persiste, cuando Israel no consiguió derrotar completamente a Hezbolá, lo que permitió a la milicia presentarse ante sus seguidores como vencedora. Netanyahu, que enfrenta una crisis de seguridad interna con miles de israelíes desplazados por los recientes ataques con cohetes, está decidido a no repetir la misma historia. Con ese objetivo, el ejército israelí (FDI) ha intensificado su ofensiva, utilizando una estrategia combinada de ciberasesinatos, bombardeos aéreos y la posible preparación de una invasión terrestre en el sur de Líbano.
Este contexto ha llevado a una situación en la que Hezbolá, liderada por Hasan Nasralá, se enfrenta a una presión sin precedentes. La milicia ha visto mermada su capacidad operativa debido a los continuos ciberataques que han afectado sus sistemas de comunicación y han desorganizado sus fuerzas. Sin embargo, pese a la desventaja tecnológica frente a Israel, Hezbolá no parece dispuesta a rendirse fácilmente.
En el horizonte, la posibilidad de una incursión terrestre israelí en territorio libanés se vuelve cada vez más plausible. Israel ha desplegado unidades a lo largo de la frontera con Líbano, listas para lanzar un ataque en cualquier momento. La superioridad aérea israelí es indiscutible, y la milicia chií, con sus limitadas defensas antiaéreas, difícilmente podría contener una ofensiva de esta magnitud. La gran incógnita radica en si Hezbolá esperará a la embestida o si, por el contrario, lanzará un ataque preventivo.
Los escenarios que se plantean son inciertos. Por un lado, Hezbolá podría optar por una respuesta limitada, disparando cohetes y misiles de manera esporádica, aunque estos serían mayoritariamente interceptados por el sofisticado sistema antimisiles israelí. Por otro, la posibilidad de que las fuerzas de elite de Hezbolá, como la brigada Radwan, intenten penetrar en territorio israelí para capturar prisioneros o destruir infraestructuras es una opción arriesgada, que podría desatar una respuesta devastadora de Israel.
En Tel Aviv, la estrategia parece clara: aprovechar el impacto de los ciberasesinatos para debilitar a Hezbolá y, con ello, justificar una invasión del sur del Líbano. El recuerdo de las invasiones de 1978 y 1982 sigue vivo en la memoria colectiva, y aunque el terreno es conocido por los combatientes de Hezbolá, Israel confía en que su ventaja tecnológica le permita asegurar la zona, quizás con una ocupación temporal como ocurrió en el pasado.
Sin embargo, el cálculo de Nasralá también incluye la posibilidad de un contraataque masivo antes de que sus arsenales sean destruidos. Ante la eventualidad de perder sus reservas de misiles y artillería, Hezbolá podría decidir emplear la totalidad de sus recursos en un ataque masivo que saturase las defensas israelíes, intentando causar el máximo daño antes de ser neutralizada.
La posibilidad de que este conflicto desencadene una explosión regional es cada vez más tangible. Irán, principal aliado de Hezbolá, sigue preparando su respuesta, mientras que las potencias internacionales observan con preocupación la deriva violenta de Israel. Netanyahu, aparentemente convencido de que la administración de Joe Biden no interferirá de manera decisiva, sigue adelante con una estrategia que muchos consideran condenada al fracaso. Por su parte, Nasralá, aunque reticente a una confrontación a gran escala, sabe que cualquier paso en falso podría significar un castigo intolerable para sus fuerzas y su base de apoyo.
El panorama es sombrío, y la gran pregunta que queda en el aire es si alguien en la comunidad internacional podrá frenar esta espiral de violencia antes de que sea demasiado tarde. @mundiario