No, no es solo un pico

Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, besando a la jugadora Jenni Hermoso. / RR SS.
Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, besando a la jugadora Jenni Hermoso. / RR SS.

Casi todas las mujeres, por no decir todas, hemos padecido algún Rubiales en nuestras vidas. Alguien que desde un puesto superior, sea profesor, entrenador o jefe se ha servido de su situación para atentar contra nuestra dignidad, invadir nuestro espacio o humillarnos forzándonos a aguantar babosadas que de ningún modo tendríamos que haber soportado. 

El caso Rubiales ha evidenciado la situación de vulnerabilidad en la que todavía hoy están las mujeres en nuestro país y muchas,  por no decir todas, hemos recordado episodios similares en los que nos hemos sentido agredidas en mayor o menor medida. 

En una ocasión asistí con un compañero letrado a una junta de propietarios en representación de unos clientes que no estaban conformes con la persona que gestionaba su comunidad y con quien ejercía la presidencia en ese momento. Previo al inicio del orden del día pedí la palabra aduciendo una serie de irregularidades en la convocatoria y en el cómputo de asistentes. Mi intervención, en un tono de voz más que correcto, evidenciaba la falta de profesionalidad del gestor así como la inexistente transparencia de unas cuentas que eran de todos.  

Aún no había acabado mi exposición cuando el presidente de la comunidad se giró en su asiento y dirigiéndose a mí preguntó: “ ¿Tú qué? ¿Haces películas porno?”. No lo dijo una vez sino dos, por si la primera vez no lo había escuchado claramente. Confieso que me quedé paralizada. Estaba preparada para cualquier tipo de respuesta legal justificativa de la gestión de la comunidad pero no para un comentario con un claro ánimo de ofender por mi condición de mujer.

El individuo en cuestión consideró que del tándem de abogados que habíamos ido a la reunión en representación de unos clientes la parte vulnerable del dúo era yo, la mujer.  Tras unos segundos de estupefacción pensé que tenía dos opciones: rebajarme a responderle de una forma igual de zafia y ponerme a su nivel, o trasladar al secretario de la junta que no iba  consentir ningún insulto ni falta de respeto sobre mi persona y menos ejerciendo mi trabajo. 

Al salir mi compañero, al ver mi cara contrariada, me preguntó si quería demandarle. Lo pensé detenidamente durante la noche y al día siguiente le dije que sí, porque su humillación pública no podía ser gratuita y porque seguramente lo habría hecho con otras mujeres anteriormente. Cuando llegué al juicio el juez, al ver una demanda por daños morales, trasladó que entendía que mi pretensión era un tema económico y para su sorpresa le dije que no, que se trataba de dignidad, de parar a individuos como éste que insultan sin ninguna consecuencia.  Al final llegamos a un acuerdo en el que, sin llegar a aceptar totalmente la responsabilidad, pondría un comunicado a modo de disculpa por su falta de respeto en un lugar visible de la comunidad. 

Por desgracia, casi todas las mujeres, por no decir todas, hemos padecido algún Rubiales en nuestra vida. Alguien que desde un puesto superior, sea profesor, entrenador o jefe se ha servido de esta situación para atentar contra nuestra dignidad, invadir nuestro espacio, humillarnos forzándonos a aguantar babosadas que de ningún modo tendríamos que haber soportado. Y desde la impunidad se han creído que todo el monte es orégano y que por tanto, al que tiene poder nunca le pasa nada. 

Pero lo grave no es solo que haya un individuo así, que lo es. Lo grave es que en una sociedad de verdad igualitaria sería rápidamente apartado de su cargo y defenestrado públicamente sin necesidad de la presión social, al igual que quien lo aplaude y secunda justificando que el pico fue dado en un momento de euforia – siempre encuentran justificación a sus acciones-  y no ven a una jugadora que no tuvo siquiera la oportunidad de girar la cara ni moverse ante las manazas que la obligaron a soportar un beso sin que pidiera su consentimiento.

En un ejercicio de incongruencia personal pero muy oportuno en lo profesional, los que ayer aplaudían ahora lanzan comunicados como ratas que abandonan un barco que se hunde. Habrán pensado que la supervivencia en el puesto hace que el feminismo ya no sea tanta lacra y de levantarnos para aplaudir al jefe (no lo olvidemos, piensan igual que él) pasamos a ser unos conversos convencidos ahora que nos jugamos el puesto y el sueldo. 

Lo que es evidente es que si se consigue el cese de estos tres individuos (Rubiales, Vilda y De la Fuente) será por la valentía de Jenni Hermoso que no se amedrentó ante presiones ni chantajes, además de por un ejercicio de sororidad que traspasa fronteras, un #METOO del deporte que puede extrapolarse a otros ámbitos en el que las mujeres decimos SE ACABÓ sin miedo ni temor para denunciar actitudes que atacan nuestra dignidad, que nos violentan, que nos agreden. 

Y en esta línea debemos seguir cada una de nosotras, en denunciar, en no consentir, en no transigir. Porque de pequeños gestos salen grandes gestas, las de hacer una sociedad mejor, igualitaria, pero que ante todo nos trate con RESPETO. 

Enhorabuena campeonas, a las ganadoras del Mundial y a todas las demás. Juntas cambiaremos esto. @mundiario

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