¿Ha rebasado Juan Carlos el lÍmite a la indecencia en esa entrevista en Francia?
¿Es que este hombre ha perdido el sentido y la medida de la decencia? ¿Cómo puede decir que no se arrepiente de nada (cosa que ya adelantara en su día) y tiene la desvergüenza de decir que siente no haber estado más con su familia y alaba a la mujer a la que abandonó? ¿Cómo puede tener Juan Carlos ese cinismo de referirse a la familia, cuando a unos pocos metros del espacio donde vivía con ella instaló, en una dependencia pública, y a costa del Estado, a una de sus queridas, mantenida y escoltada? De nuevo se presenta como víctima de sus propios actos, que califica de meros errores, pese a su continuidad e insistencia. Y además, elige para esta nueva declaración a la siempre favorable televisión francesa, que lo tiene como un persona más de sus propios shows.
Lo que ahora suelta este personaje recuerda mucho el mensaje de despedida de su abuelo, Alfonso XIII, con quien tantas cosas comparten e incluso supera. Pero se parecen. Tras el desastre de Annual, en gran medida debida a su culpa por animar a generales incompetentes, Alfonso XIII se fue a un hotel de lujo francés, se encontraba con las meretrices profesionales que tanto lo encandilaban. La doble vida de Juan Carlos se confirmó cuando se supo que, en lugar de hallarse en su puesto, en Madrid para cumplir su deber, se hallaba en Suiza con la amante de servicio (la tal Marta Gayá, “que tan feliz me hace”, según dijo). Y cuando España pasaba uno de los peores momentos económicos de su historia se encontraba en Botsuana con la famosa Corinna Larsen. Sufrió un accidente, y regresó a Madrid, para presentarse lastimeramente en televisión pidiendo llorosamente perdón. ¿Y ahora sale con esto? Lo cierto que viene haciendo una efectiva, por la curiosidad que despierte, publicidad del libro de su amiga francesa, presentado comercialmente como sus memorias. ¿Es que piensa, como dijera Ortega en los tiempos de su abuelo, que los españoles somos una masa de bóvidos? Pero en las tertulias de la telebasura ya no se habla de otra cosa, y también en otros espacios y el libro de la señora Debray tiene asegurada su venta. ¿Y a todo esto qué dice o hace la Casa Real?
Conviene leer con detenimiento las trascripciones de la entrevista porque aparte de presentar a un hombre sencillo, que dice que está arrepentido, pero que se presenta seguro de sus actos, de los que no se arrepiente, como si fuera una historia lejana, como si él fuera un mero espectador de los mismos. Y nos pasa la cuenta, como si cuando heredó el reino de Franco, su futuro hubiera podido tener otro camino (como le advirtieron desde los Estados Unidos) hacer lo que hizo y, gracias al compromiso de los políticos sensatos de aquello días, favorecer la transición y devolver la voz a los españoles.
Ahora, quedaría mejor saber irse con prudencia como un verdadero señor. Y no como un colaborador de los programas de entretenimiento de la televisión francesa, favoreciendo que circule el libro una admiradora y dando materia a las tertulias de la telebasura. Como dijo Toynbee a veces la historia se repite, pero sólo cambian los personajes. No en vano, al abandonar el trono y el país, Alfonso XIII argumentó, como hace ahora su nieto: “Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez, pero sé bien que nuestra patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia". Los analistas de estas palabras, como ahora en las del rey con tratamiento honorífico, advirtieron en sus palabras una triple estrategia: responder a las circunstancias, dado en su momento el rechazo a la monarquía y ahora la crítica derivada de sus actos, que hasta provocaron la necesidad de alejarlo del país y que su propio hijo renunciara a su herencia y dictara un Código ético, donde se rechaza lo que fueron actos ordinarios de su padre. También Juan Carlos apela al su amor a España, pero se rehace en que ejerció sus derechos y que no se avergüenza de nada. Cosa en la que insiste.
Como hiciera Alfonso XIII
Como hiciera Alfonso XIII se reivindica como servidor leal de la nación, incluso en momentos difíciles, justificando su gestión mediante apelaciones al interés público y a su conciencia personal.Se aproxima a la alusión de su abuelo de la capacidad de la patria para perdonar errores “sin malicia”, matizando su responsabilidad personal y tratando de suavizar el juicio histórico. Y lo hace mediante el libro de una admiradora y en un programa de la televisión francesa. No obstante, al situarse por encima de toda responsabilidad moral, sino que sus actos fueron meros errores, deja entrever su percepción patrimonial del poder, sobreponiéndose al juicio de los propios ciudadanos. Vergonzoso. @mundiario