¿Es Cuba el siguiente objetivo de Washington tras Venezuela?

Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba. / Gobierno de Cuba
La presión de Estados Unidos aumenta sobre una isla en colapso económico mientras Marco Rubio insiste en que el régimen castrista es un problema para su propio pueblo.

En artículos de análisis y columnas de opinión, MUNDIARIO ha seguido muy de cerca los acontecimientos en Venezuela: la intervención sorpresa de Washington, capturando en una operación militar a Nicolás Maduro, pero dejando en la cúpula del poder a su vicepresidenta, Delcy Rodríguez; despreciando a la oposición encabezada por María Corina Machado y reclamando el acceso total al petróleo venezolano, una de las mayores reservas del mundo. Como explicaba el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio: “Tenemos un país potencialmente muy rico que se ha alineado con Irán y con Hezbolá, lo que ha permitido que el narcotráfico opere con impunidad y que millones de personas —ocho o nueve millones— hayan huido desde 2014, en la mayor migración masiva de la historia moderna. Eso también nos afecta, y es lo que estamos abordando ahora”.

La isla caribeña no tiene ni petróleo ni tierras raras ni metales preciosos que puedan interesar directamente al presidente Donald Trump, cuya codicia por asegurarse suministros estratégicos es conocida. A no ser que su secretario de Estado, Marco Rubio, logre convencerle de que el “Gobierno cubano es un gran problema, en primer lugar, para el pueblo cubano”.

Al presidente Donald Trump no le importa que la agresión de Estados Unidos a Venezuela sea vista por muchos como una vulneración del derecho internacional. Es más, persigue abiertamente la idea de hacerse con Groenlandia, una isla con 56.000 habitantes, estratégica, rica en recursos naturales y perteneciente a Dinamarca como territorio autónomo. Una incursión militar norteamericana podría significar el fin de la OTAN. Cunde el pánico en las capitales europeas. Y no solo allí, también en las americanas. Parece que la tormenta entre Washington y Bogotá, provocada por declaraciones inflamatorias de sus respectivos presidentes, se está calmando. También que las administraciones estadounidense y mexicana intentan enfriar sus diferencias en asuntos como la lucha contra el narcotráfico y la inmigración.

Cuba carece de recursos estratégicos, pero no ha salido del radar geopolítico de Trump. La crisis interna y el fin del petróleo venezolano agravan la incertidumbre

Pero en Cuba las alarmas suenan por todo lo alto, como se puede leer en el editorial de MUNDIARIO de hoy. El secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, insiste en que hay que “liberar” la isla, situada a solo 145 kilómetros de Estados Unidos, de un régimen socialista instaurado por Fidel Castro hace 67 años y que atraviesa un momento extremadamente delicado por el colapso de su economía.

Cada vez con menos petróleo

Probablemente la crisis irá a más, porque ya no llegará a la isla el petróleo venezolano: unos 52.000 barriles diarios. Por todas estas razones, al menos un millón de personas han emigrado de Cuba en los últimos cinco años.

En este contexto, merece la pena la lectura del último libro del escritor cubano Leonardo Padura, Morir en la arena. Se trata de un testimonio crítico de la sociedad cubana actual y de cómo se ha llegado a esta situación política y económica caótica. Además de ser una novela que mezcla con maestría temas como la pérdida y la amistad, el amor y el odio, la alegría de vivir y la frustración de sufrir bajo un régimen fallido en todos los sentidos.

El 21 de diciembre, Padura escribía una columna de opinión en El País titulada “El país en las sombras largas”. En ella retrataba la situación de la Cuba actual de la siguiente manera: “Desde la azotea de mi casa tengo una vista panorámica de La Habana… Si pudiera elevarme en el globo de Phileas Fogg y observar el mapa de la isla, comprobaría que tres cuartas partes del territorio nacional están a oscuras. Un día y otro, y así durante semanas, meses que ya se acumulan en años. Cuba se ha convertido en el país de las sombras largas…”.

Padura describe una realidad marcada por apagones, epidemias, salarios que apenas alcanzan entre 7 y 15 dólares al mes y una brutal devaluación de la moneda nacional, mientras el coste de la vida se dispara.

La novela, en gran parte autobiográfica, está llena de lamentos de los protagonistas que deploran la situación en la que viven. De ahí surgen dos preguntas inevitables: ¿por qué el régimen permite a Padura ser tan ferozmente crítico? ¿Y cómo resisten los 11 millones de cubanos estas crisis sucesivas, esta falta de perspectivas reales de cambio?

Visitando la isla en 2003 con un amigo canadiense, exdirector del servicio de inteligencia de su país, regresé con una profunda admiración por la dignidad del pueblo cubano frente a la adversidad, la carencia y el aislamiento internacional. Apostando por la solidaridad, la perseverancia, su tradición musical y un notable sentido del humor, han logrado salir adelante pese a todo. Tras leer a Padura y constatar que la situación es hoy mucho peor que hace 23 años, esa admiración no ha hecho más que crecer.

Una calle de La Habana. / Pixabay

Una sociedad atravesada por profundas desigualdades

La novela describe una sociedad atravesada por profundas desigualdades: nuevos ricos que se aprovechan de la corrupción, desempleados que sobreviven al día, artistas marginados, escritores silenciados, profesores y estudiantes expulsados por críticos, jóvenes sin perspectivas y mayores en situaciones dramáticas. Para muchos, la única tabla de salvación son los familiares en el extranjero que envían dinero, sin el cual la supervivencia sería imposible.

La ausencia de recursos estratégicos reduce, al menos sobre el papel, el atractivo de Cuba para una Casa Blanca obsesionada con el control de materias primas clave. Eso situaría a la isla en un plano distinto al de Venezuela o Groenlandia. Sin embargo, ese cálculo podría alterarse si Marco Rubio, por razones políticas e ideológicas, logra imponer en Washington la tesis de que ha llegado la hora de forzar un cambio de régimen en La Habana, hoy liderada por Miguel Díaz-Canel.

Como afirmó Rubio en una rueda de prensa, el régimen cubano debería sentirse “preocupado” tras los acontecimientos en Venezuela, al quedar al descubierto el papel central de Cuba en el aparato de seguridad de Nicolás Maduro. Y remató: “El Gobierno cubano es un gran problema, en primer lugar, para el pueblo de Cuba”.

Atentos. @mundiario