De erratas y de errores: sobre los fallos involuntarios y los desastres irreparables

Periódico con la palabra errata. / Mundiario.
Las erratas, esas pequeñas equivocaciones que persiguen a quienes se dedican a la escritura o la comunicación, son un mal común, un tropiezo involuntario que, a pesar de los avances tecnológicos, continúa haciendo su aparición en los medios de comunicación.

Las erratas son como una modesta y peculiar maldición de la que nadie que utilice los medios de comunicación escritos o audiovisuales se ve libre, ya sea en la prensa, en la radio o en la televisión. Y, a pesar de los modernos sistemas informáticos que intentan evitarlos, estos fallos involuntarios te persiguen, te acechan traicioneros para dejarte en ridículo en cualquier ocasión. Doy fe de ello porque en uno de los artículo que publiqué se ponía «pretórica» en vez de «pletórica» que era la palabra que yo había escrito, y uno de mis libros, revisado, corregido y repasado hasta la extenuación, en la primera página se podía ver con destacados caracteres «Institututo». Algo así como la anécdota que contaba en mis tiempos de estudiantes un catedrático de la Universidad Complutense sobre un escritor que puso todo el empeño para que su libro no tuviese ninguno de estos incordios gráficos y, alardeando de ello, en la frase final de la última página se podía leer como colofón: “Este libro se publica sin ninguna erata”. De tal manera que aquella última palabra desbarataba todo su esfuerzo, como tantas veces ocurre para desesperación y desconsuelo de los autores. Incluso se han hecho antologías de estas pifias escritas y por las emisoras de radio o las cadenas de televisión más de una vez han dado cuenta de estas confusiones involuntarias, ante las que solo cabe contar con la comprensión bienintencionada de quien te lee o te escucha.

Lamentablemente, algunos convierten la modesta errata en grave error, en peligrosos fallos de conducta. Y, por mucho que millones de personas intenten corregirles una y otra vez, no están dispuestos a rectificar, aunque ello suponga, incluso, la muerte y la destrucción. Porque la guerra es la peor de las erratas que pueden cometer los gobernantes. Y, evidentemente, si han leído «errata», la palabra correcta es mucho más dolorosa y terrible. Ya que nunca una guerra ha resuelto definitivamente ningún problema, ninguna de las causas profundas motivadoras del enfrentamiento armado. Es ello una realidad histórica incuestionable. La guerra oculta los problemas y sus causas, los hace desaparecer momentáneamente bajo las montañas de escombros y víctimas que provoca. Pero los problemas continúan allí, esperando que el diálogo —las palabras y los razonamientos persistentes y animosos—sea quien solucione eficazmente aquello que la guerra solo pospone.

Son tantos los ejemplos: nuestra guerra civil, aún a costa de tanto horror como supuso por ambas partes, ¿consiguió terminar con todo aquello que el régimen de los vencedores repudiaba? La II Guerra Mundial, trágicamente inevitable por las aberraciones nazis, ¿ha eliminado los ideales fascistas y totalitarios en Europa? La espantosa guerra que asola Gaza y ha convertido la «franja» en un hecatombe de ruinas y cadáveres, ¿va a solucionar el tremendo enfrentamiento entre Israel y Hamás? Ninguna guerra será nunca justa para las víctimas inocentes que provoca, siendo la mayor desgracia que puede asolar a la Humanidad, y compendio de todas las maldiciones que reúnen los «Cuatro Jinetes del Apocalipsis». Porque en la guerra los participantes cometen las peores acciones, arrastrados fatalmente por el odio, la venganza, o el simple afán de supervivencia, como tan ejemplarmente reflejó Goya en sus “Desastres de la guerra”.

Somos animales racionales con un tiempo de vida personal que no es nada, comparado con el tiempo de la historia. Así, nuestra impaciencia de seres limitados nos empuja a precipitar por la fuerza bruta de la animalidad lo que solamente utilizando los atributos específicos de los seres humanos —la palabra y la razón, la educación y la cultura— seremos capaces de conseguir con eficacia. Y en esto la realidad de la Historia no manifiesta ninguna errata. @mundiario