La erosión silenciosa de las democracias
La democracia es una forma de gestionar el poder: el poder del pueblo ejercido en beneficio del propio pueblo. En las democracias representativas, los representantes elegidos por la mayoría tienen el derecho a gobernar dentro de un marco legal que regula, controla y limita el ejercicio de su autoridad. Bajo este principio de búsqueda del bien común —que incluye la protección de los derechos de las minorías y los desfavorecidos— se han desarrollado los Estados sociales de Occidente, responsables de décadas de estabilidad, paz y bienestar.
Las formas de gestionar el poder son limitadas. Frente a la democracia se sitúan alternativas como la tiranía, el absolutismo, las dictaduras, los autoritarismos y los totalitarismos. La democracia no se reduce al acto de votar ni es una abstracción teórica: es un sistema de instituciones, normas y prácticas. Hoy la palabra democracia es irrenunciable para determinadas culturas, como la nuestra; sin embargo, también puede convertirse en un mero envoltorio retórico que oculte formas de gobierno que no garantizan el poder del pueblo.
La democracia tampoco es una realidad sólida ni inmutable. A comienzos de la década de 1930, la descomposición moral y política hizo —como recuerdan en entrevistas los pensadores Octavio Paz o Milovan Djilas— que casi nadie confiara en las democracias. El auge del fascismo y del comunismo, junto con las atrocidades cometidas en su nombre, fue consecuencia de ese vacío.
Giovanni Sartori, profesor emérito de las universidades de Nueva York y Florencia, señalaba que ninguna sociedad puede sobrevivir sin ideales y que, cuando los pierde, entra en una situación de riesgo. Las democracias no se sostienen sobre ideas comunes —que son plurales y debatibles—, sino sobre ideales compartidos, que establecen los límites y el sentido de la convivencia.
Las democracias representativas son formas de gobierno que, pese a sus limitaciones, han hecho posible la convivencia de sociedades diversas y plurales. Son las que han favorecido comunidades más tolerantes, más alejadas del dogmatismo, el fanatismo y la opresión, y menos propensas a convertirse en sociedades de pensamiento único. La libertad individual, la separación de poderes, la igualdad ante la ley, la justicia social, la opinión pública independiente y la participación ciudadana constituyen algunos de los ideales fundamentales de la democracia.
El ciclo actual de descomposición moral de las democracias occidentales es un fenómeno global que, con independencia de las causas que lo expliquen, nos vuelve vulnerables. Se observa un deterioro de los ideales compartidos y del consenso social, una erosión interna y orgánica a la que se suman intereses reaccionarios frente a los cambios sociales y de roles derivados de la globalización cultural, del feminismo y de los procesos migratorios.
Los espacios destinados al diálogo se han transformado en escenarios de confrontación. En lugar de debatir a partir de datos objetivos, propuestas argumentadas o evaluaciones de políticas basadas en la evidencia, se recurre al insulto y la descalificación. La falta de educación de la gran mayoría de los portavoces políticos que tienen presencia mediática es insoportable: ninguno de nosotros mantendría una conversación con alguien que se expresa en esos términos.
Los partidos políticos ya no cuentan con un único portavoz, sino con una sucesión ininterrumpida de voces que sostienen un bombardeo mediático constante, los siete días de la semana, en el que los argumentarios han dejado de ser razones para convertirse en críticas y descréditos.
Resulta urgente limitar la omnipresencia de los políticos en la vida social. La política no puede convertirse en una forma más de entretenimiento. Es necesario proteger la salud mental tanto de los responsables públicos como de los ciudadanos, mediante medidas que faciliten la conciliación de los gobernantes con una vida civil normalizada. ¡Cuánto daño causan a determinadas personalidades los coches oficiales, los gabinetes de aduladores, los aplausos y las agendas que los obligan a una actuación y exposición continuas! Un ruido constante que termina silenciando el trabajo comprometido y discreto de muchísimos otros políticos que se empeñan en mejorar los servicios públicos y la vida de las personas. Alguien debería protegerlos, limitar los ciclos personales en los cargos de poder y facilitar la rotación y la incorporación de perfiles con diferentes orientaciones políticas en los equipos de gobierno. La dinámica actual no sólo los daña a ellos, la mayoría con buenas intenciones daña a las instituciones.
Se hace imprescindible establecer una jornada laboral de 35 horas semanales para los responsables políticos, así como el descanso obligatorio en fines de semana y festivos, acompañados de silencios informativos. Es necesario que la sociedad civil, los intelectuales, los pensadores, el conocimiento y la cultura independiente recuperen espacios en la sociedad.
Los sistemas de elección de líderes políticos han favorecido, en muchos casos, la aparición de perfiles con ventajas competitivas para ascender dentro de las organizaciones y los gobiernos —como una alta competitividad, narcisismo, vanidad o incluso la ausencia de límites morales y el uso de la mentira—, pero carentes de cualidades esenciales para el buen gobierno, como el conocimiento, la capacidad de escucha, la humildad, la autocrítica o una verdadera capacidad de decisión.
La ideología ha terminado por cegar el pensamiento. El foco obsesivo del debate es el adversario. Predomina el pensamiento único y el uso de “contenedores ideológicos” que, en muchos casos, presentan profundas incoherencias internas y carecen de una justificación argumental sólida.
Han desaparecido los espacios para reflexionar, escuchar y aprender de la historia, los sabios y de los técnicos. Por otro lado, muchos representantes de los ciudadanos han cedido el criterio individual en favor de una falsa lealtad, la disciplina y la obediencia, creando un escenario propicio para la influencia de grupos de poder dominantes y para la corrupción.
Hay que ser conscientes de que la idea de democracia que ha predominado en Europa occidental no es compartida en otras coordenadas. Algunos Estados no democráticos de Asia y Oriente Medio han alcanzado elevados niveles de calidad de vida para sectores limitados de su población, cuyos beneficiarios están dispuestos a renunciar a determinados derechos o libertades a cambio de estabilidad, seguridad o prosperidad material.
El deterioro de los sistemas democráticos occidentales exige reformas urgentes: mecanismos que cambien la dinámica, promuevan la pluralidad y limiten el poder. Existe una tendencia innata a identificar enemigos externos, pero el riesgo es interno y la responsabilidad es nuestra: la inacción frente al deterioro y la ausencia de medidas capaces de vencer la inercia y la deriva.
La situación actual está generando no solo una creciente falta de identificación entre representantes y representados, sino también un distanciamiento respecto de las instituciones y de la propia estructura de los estados. Las estrategias mantenidas de desgaste “cuanto peor, mejor” se han vuelto contra el propio sistema. En una sociedad cada vez más líquida e individualista, marcada por la desaparición de muchos espacios tradicionales de socialización y celebración, está emergiendo un tono emocional negativo: un pesimismo existencial no siempre respaldado por datos objetivos, pero que puede ser el presagio de una sacudida.
El modelo de Estado democrático ha demostrado su validez. Sin embargo, resulta urgente refundar los principios de la convivencia democrática y reforzar los ideales compartidos por la gran mayoría. Una consecuencia de no haberlo hecho son el crecimiento de los extremismos que no buscan una legítima alternancia política, sino alterar el propio modelo de gobernanza y calmar su ansiedad con modelos autoritarios. La esperanza y la confianza son las personas, la fuerza de los ciudadanos unidos mostrando resistencia, rompiendo el silencio y promoviendo decisiones. @mundiario