Empezó la fiesta…

Bandera de Europa. / CE
Las alianzas con la ultraderecha por parte de la derecha europea, y cómo no, de la española, acabó dando más alas a esos partidos ultras y en cambio para la derecha europea no supuso más que pan para hoy y hambre para mañana.

Cuando Alvise Pérez recoja dentro de unos días en Bruselas su flamante acta de eurodiputado, quizás podremos decir que, poniendo del revés el nombre de su recién estrenado partido, entonces empezará la fiesta. 

Ciertamente para él, que logra con sus tres escaños y más de 800.000 votos, quedar en estas elecciones europeas por encima de un Podemos resucitado y echándole el aliento en la nuca a un SUMAR en horas bajas. Ahí es nada.

Pero, aunque esto sea probablemente lo más anecdótico de estos días post-electorales, en realidad creo que sólo viene a ser como el chupinazo o la carcasa que indica que empieza la verdadera fiesta.

La fiesta está en otro lado, cada vez más a la vista, aunque desde nuestro país haya podido quedar algo disimulada por partidos tan marcianos como este de Alvise, o bien por esa batalla ficticia para dilucidar por enésima vez el ganador entre PP y PSOE en este nuevo round de su particular combate electoral.

Sin querer restar importancia al crecimiento de un Vox ya consolidado como tercera fuerza (que se dice pronto) ni tampoco al hecho de que el nuevo engendro/partido ultraderechista de Alvise haya aparecido como por ensalmo, cuando pensábamos que ya no quedaban más huecos allá al fondo a la derecha, lo cierto es que, a pesar de todo ello, la verdadera fiesta ha empezado al norte de los Pirineos. 

De hecho, nada más cruzarlos. La fiesta empieza en Francia, continúa en Alemania, sigue en Italia y parece que no cesa, como si fuera una traca valenciana que una vez encendida recorre toda Europa de norte a sur y de este a oeste. 

No sé qué da más miedo, si ese incendio imparable de la ultraderecha que recorre Europa de cabo a rabo o ver la aparente complacencia de Ursula von der Leyen y su flamante grupo popular que parecen no ver más allá de su triunfo ilusorio, pensando que, con poder reeditar su gobierno en Europa, pues que aquí paz y después gloria

Sin embargo, es muy probable que esa fiesta de la ultraderecha europea que ahora empieza la hayan pagado ya a plazos y a escote los partidos que representan a la derecha europea. 

Esos partidos de la derecha moderada europea fueron los que, con el neoliberalismo en la mochila, primero nos llevaron a una crisis económica sin parangón desde la de 1929.  Más tarde aplicaron como solución a “su” crisis un “austericidio” que tuvo consecuencias sociales dramáticas y que llevó a las clases medias y populares europeas hasta niveles de desigualdad sólo comparables a los que se habían quedado ya muy atrás, tras la reconstrucción europea después de la segunda guerra mundial. 

En aquel momento, pudimos contemplar la inestimable ayuda de los socialistas, convertidos a social-demócratas y transfigurados despues en aprendices de brujo del neoliberalismo, que con gran eficacia contribuyeron a apuntalar el nuevo mundo tras el cacareado fin de la historia.

Con todos estos elementos, se fueron aventando sin descanso los rescoldos de unos fascismos que dábamos por muertos y enterrados pero que no lo estaban. 

Al inicio, fueron renaciendo pequeños partidos neo-fascistas de una manera casi simbólica y hasta un poco extravagante, aunque ya se les viera enseñar la patita. De hecho, poco a poco fueron consolidándose y con la crisis del 2007, asistimos a su despegue lento pero progresivo e imparable.

Poco a poco, pasito a pasito, dejaron de ser una anécdota. Sus voces empezaron a calar en las gentes de los diversos países europeos, cada vez más empobrecidas y a las que se les sustraían día tras día desde esos gobiernos, los recursos sociales que podrían haber amortiguado los terribles golpes de aquella crisis.  

Estos pequeños partidos de ultraderecha echaron mano de nuevo del viejo recurso del odio al otro, al extranjero, al inmigrante. Por más manido no fue menos efectivo. Eso y una retórica de manual de los años treinta del siglo XX, consiguieron engordar esa ultraderecha hasta poderla ver oronda y recia como la tenemos hoy. No hicieron falta cruces gamadas, uniformes ni desfiles. 

Pero, por si la contribución a su engorde no había sido suficiente, nuestra ejemplar derecha europea cometió el penúltimo de sus errores y quizás el más importante. 

Después de unos años en que, de forma responsable, se dio la espalda a esos partidos de ultraderecha e incluso se perfiló un débil pero efectivo cordón sanitario en torno a ellos, la derecha europea comenzó a inquietarse, viendo que el ascenso de la ultraderecha era a costa de robarle sus propios votantes. Así, comenzó a copiar primero algunos de los mantras ultraderechistas para a continuación, pasar a blanquear y normalizar a estos partidos, dándoles la pátina democrática que necesitaban para poder seguir creciendo y, sobre todo, para ayudar a ajustarse bien la piel de cordero que ya todos habían empezado a ponerse encima.

Y evidentemente crecieron. Las alianzas y pactos con la ultraderecha por parte de la derecha europea, y cómo no, de la española, acabó dando más alas a esos partidos ultras y en cambio para la derecha europea no supuso más que pan para hoy y hambre para mañana. Y hoy es ese mañana. Y aquellos polvos se han convertido en este lodazal.

Ese mañana que ya digo que es hoy, nos hemos despertado con unos titulares en los periódicos que no por esperados son menos inquietantes. 

En Francia, el presidente Macron convoca elecciones legislativas de urgencia ante el mazazo electoral que le ha propinado Le Pen y su ahijado y da la impresión de que más pronto que tarde tendremos a la dama de hierro de la ultraderecha europea como presidenta de uno de los dos pilares de la Unión Europea.

Al otro pilar le acaban de diagnosticar aluminosis. En estas elecciones europeas la ultraderecha alemana ha logrado sacar la cabeza como segunda fuerza en el país, incluso como primera fuerza en lo que fuera la Alemania oriental. Y eso ocurre en un país que nos tenía convencidos de haber dejado muy atrás sus zonas de interés.

Como no hay dos sin tres, la Italia neofascista de Meloni también sale triunfante en estas elecciones europeas, consolidando lo que fue ya un grave toque de alarma en 2022, cuando el país que inventó el fascismo y que ya había curado sus destrozos, le volvió a dar el poder desde el Quirinal a sus herederos. 

No fueron suficiente o posiblemente llegaban tarde y demasiado solos los magníficos libros de Scuratti que nos narraron de manera espléndida el nacimiento, auge y caída del fascismo en Italia y nos enseñaban, como en un manual, cómo todo podía comenzar de nuevo.

Y estos son nada más que los tres primeros de la fila. Pero a ellos les sigue una fila interminable de partidos de ultraderecha de multitud de países, que han anegado Europa en las elecciones de este domingo 9 de junio.

Ante este panorama desolador, es fácil imaginar en el Kremlin a un Putin pletórico que no debe de creerse su suerte al ver que aquella Europa antaño unida, dentro de poco acabará dedicándose a sus labores y le dejará campar a sus anchas por Ucrania, si no acaba incluso colaborando en desmontar las democracias liberales. De nuevo. 

Algo más lejos y como último invitado a esta fiesta tenebrosa que hoy empieza, imagino también a Netanyahu, que, desde la distancia, al igual que Putin, debe pensar que pronto tendrá todavía más libres las manos, si cabe, para despalestinizar Palestina, mientras sigue alimentando sin descanso el huevo de la serpiente, que acabará derribando nuevas torres gemelas. 

¡Ah claro! ¡Cómo no! Y ¿qué hay del amigo americano?

Cuando la fiesta suba de tono, cuando los borrachos se pongan violentos, comiencen a dar gritos y puñetazos; a romper las botellas con las que amenazar a los de enfrente, dudo que tengamos éxito si buscamos ayuda al otro lado del Atlántico. 

Iremos en busca de nuestro Roosevelt de ayer y nos encontraremos al Trump de mañana. 

Quizás por entonces se acabará la fiesta. Y no se si habrá alguien en condiciones de apagar la luz.

Como en aquella película de la factoría Spielberg de los años ochenta, aquellos mogwais tan entrañables y divertidos con los que jugábamos se nos han convertido de la noche a la mañana en gremlins. 

Y es posible que aún tengamos que oír algún día a los von der Leyen, Feijóos y compañía, contarnos compungidos que nadie les advirtió de las reglas. 

Que no sabían. Que nadie les había explicado que a la ultraderecha no se le podía dar de comer a partir de la medianoche. @mundiario