El vicio del beso
Los españoles somos muchas cosas, entre ellas besucones. Besamos y nos dejamos besar en los saludos, en las despedidas, en los festejos y entierros, uno o dos mejor que ninguno, en la mejilla, en la mano y en la boca, con lengua y sin lengua. Pueden ser afectivos, fraternales, amistosos y traidores, con consentimiento y sin. También hay besos machistas y feministas.
Como buenos católicos arrastramos una vieja tradición cristiana en el Antiguo Testamento de incorporar el beso hasta en algunas liturgias cotidianas. Afirmar que somos laicos y aconfesionales no impide que sigamos empleando una multitud de códigos religiosos aún discriminatorios. Proclamar por decreto la igualdad, tampoco evita que seamos una sociedad machista, en especial con algunos gestos sociales.
Tras la polémica del beso forzado del presidente de la Federación española de Fútbol, Luis Rubiales, a una jugadora campeona del mundial de fútbol femenino, cabe preguntarse si no hemos de alterar el vicio del beso, el hábito del saludo afectivo en la cara, una de las partes más personales del cuerpo. Porque si al varón le damos la mano no así a la mujer, que en igualdad de condiciones, preferimos el roce carnal estampando al menos un beso y otros tantos que damos con los ojos.
No me digan que no es tedioso observar recepciones donde una pareja de anfitriones tiene que dar la bienvenida o despedida a una multitud de invitados con una mano extendida en unos casos o un beso en otros en función del género. La igualdad una vez más brilla por su ausencia. Y esto no tiene que ver nada con alterar las normas de cortesía.
En su día también era común el besamanos, inicialmente a los anillos de los obispos de la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II como gesto de sumisión al representante de Dios en la Tierra, práctica de cortesía casi del todo extinguida hoy en día salvo muy contadas excepciones en el ámbito civil.
“DIOS MIO, AYUDAME A SOBREVIVIR”
En el mundo de los negocios, aún perdura el vicio del saludo con beso al menos en países como España, pero cada vez más se impone el trato igualitario del puño o estrechar la mano sin distinción del género. Hay quien llama al beso machista, pero por la misma razón tambiérn podria ser feminista. Desde luego, lo que no es, es igualitario por muy democrático que aparente ser.
Creo que fue la presidenta del Banco Santander, Ana Patricia Botín, quien cansada del trato discriminatorio en el saludo, anunció que ella en adelante daría la mano y omitiría el beso, creando escuela por primera vez en España.
Pues bien en el mundo anglosajón como bien sabe Botín, aunque se estila con menos ahínco el beso, se ha interiorizado que saludar con la mano (sea varón o hembra) es una norma de cortesía igualitaria que nunca altera el pudor del besado/a. De hecho, podríamos decir que es incluso más higiénico y seguro desde el punto de vista sanitario, siquiera antes de la aparición de la pandemia de la covid.
Resulta cuanto menos curioso las condenas generales en España y resto del mundo al baboso beso forzado de Luis Rubiales a la jugadora de la selección Jenni Hermoso. Sin embargo tanto que se presume de la Ley de Igualdad y lucha contra el abuso sexual hacia la mujer, que se constriñe los piropos y elogios pseudo-moralistas hacia la mujer, y sin embargo no hay alusión al vicio del beso carnal frente al apretón unisex de manos en buena parte del mundo.
Es más, mientras la bilis mediática y política se ha descargado contra un presidente machista como Rubiales, se consienten los efusivos besucones de la vicepresidenta Yolanda Díaz (Sumar) a cualquier personalidad masculina tanto dentro como fuera del país aún sin su consentimiento. Y esto, ¿no es una muestra de “abuso” afectivo contra un sujeto al que se le invade en público el espacio personal?
¿Por qué las acérrimas defensoras de la igualdad entre las feministas mantienen el besuqueo y la distinción del trato de género? Bueno siempre hay excepciones, como el besucón del fundador de Podemos, Pablo Iglesias, que daba besos en la boca hasta a varones al estilo Breznev-Honecker (emulando el beso “fraternal socialista”) por el simple hecho de llamar la atención, o a un buen número de figuras femeninas en ciertos encuentros como si la presencia de focos invitase al roce bucal. Mientras que hay besos que esconden cosas, Iglesias parecía transmitirlas todas.
Pocos sabrán que con la caída del Muro de Berlín en 1989, el artista soviético Dimitri Vrubel recreó la imagen del beso fraternal socialista entre los dos dignatarios comunistas en el mural de la frontera de la antigua capital alemana dividida, titulando: “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”.
También recordamos el famoso beso sin consentimiento de la progresista actriz militante Anabel Alonso al chef de cocina Jordi Cruz durante largos minutos ante las pantallas de TV en un programa de Master Chef. Que yo sepa, nadie lo denunció ni ningún grupo feminista puso el grito en el cielo. LLega a ser al contrario y tal vez Jordi Cruz habría sido despedido de las cocinas y hasta devuelto alguna de sus 6 estrellas Michelín.
Algunas de estas muestras podrían ser pruebas inconscientes de micromachismos que se asumen en España como comportamiento social y pasan por alto, tanto en el hombre como en la mujer. No veo yo a la ex-cancillera alemana Angela Merkel, a la ex dama de hierro británica Margaret Thacher o la anterior Reina Isabel II del Reino Unido estampar un beso en la mejilla a cualquier invitado o personalidad extranjera en un acto público por cortesía afectiva o dictado protocolario. Ni siquiera la Casa Real en numerosos países nórdicos son proclives a los besos, porque tal vez se considere que es un acto plebeyo.
No así nuestra reina Letizia, que de sangre azul tiene más bien poco salvo por la ingesta de queso Cabrales asturiano, a quien no le importa en determinados actos sociales, alterar el protocolo de la comunicación sensorial saludando con la mano y/o estampando al menos un beso para proyectar cercanía y humanidad plebeyas. Hay que decir en honor a la verdad, que se agradece en Su Majestad esa cercanía de la que carecen otros descendientes de la realeza de tradición prusiana.
El beso no es incompatible con la cercanía y la humanidad. Lo que pasa es que como en todo, cuando se abusa del beso amistoso, se extiende como hábito a imitar sin atender la discriminación en el lenguaje no verbal. Recuerden que tampoco el presunto beso del presidente ruso Putin al ex jefe de las milicias mercenarias Wagner, Yevgeny Prigozhin, por los servicios prestados en el pasado, no ha impedido su trágico final.
En algún momento se legisló para prohibir que el varón se despatarre y abriera de piernas en el transporte público por falta de civismo y de equidad de género. Lo del beso, como vicio resiliente, promete ir para largo. Porque parece que en España se ha interiorizado que si no se estampa un beso, como código de conducta antropológico, eres frío y distante, marcando las distancias y las diferencias de clases.
En política, como en el mundo artístico, la hipocresía escénica lleva a que pese a las agrestes disputas por la investidura a la jefatura de Gobierno en la Moncloa, los contrincantes no impidan darse dos besos como si nada. O que el Gobierno socio-comunista trate de atribuirse la dimisión de Rubiales por parte de la FIFA cuando en verdad ha tolerado durante años sus fechorías machistas o de aprobar una ley nefasta de igualdad que deja en libertad a violadores sexuales o rebaja sus penas.
Tampoco ha impedido que la cesión de un grupo parlamentario propio en el Congreso para separatistas, xenófobos y antiespañoles, como es para Junts y ERC, se haya sellado con un par de besos. Se conoce que la verdadera igualdad son como las fiestas de despedida de soltero, que cuesta llevarse en la más estricta intimidad. @IgnacioSLeon