Plato del día

El disfraz de demócrata lo ha petado en este Carnaval

Donald Trump, presidente de EE UU. / RR SS.
¿Porque le llaman democracia cuando quieren decir dictablanda? La democracia surgió como pócima mágica contra las dictaduras propiamente dichas, pero se está desvaneciendo en la historia. Pasa el Carnaval, y cada vez más ciudadanos vuelven a sus vidas con caretas de demócrata.

Va uno un domingo cualquiera a su correspondiente colegio electoral, muestra su DNI, introduce una papeleta en una urna, regresa a casa revestido de un halo de buen demócrata español, francés, portugués, alemán, ¿qué más da?, y se apoltrona en su butaca frente al televisor, quizá pegado a un transistor, hasta altas horas de la noche en la que se despeja, al fin, la incógnita de si han ganado o han perdido los suyos. O sea, salvando las distancias, algo así de frívolo como las hinchadas que acuden a los estadios de fútbol, de rugby, de beisbol, y vuelven después a casa, ya sabes, enardecidos por una inocua victoria o con el corazón partido tras una cruel derrota que se se disipa en 48 horas. En eso consiste, cada cuatro años, el único día en el que una ciudadana o ciudadano disfruta del orgullo fugaz de sentirse soberano, je, en esa pantomima de los gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

De algo tan grandilocuente como la democracia, que le ha costado a la humanidad tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas, hemos hecho, estamos permitiendo hacer multitudinarias tragicomedias en las que, reducidos elencos de protagonistas ejecutivos, figurantes legislativos y apuntadores judiciales, confirman la lucidez de Don Pedro Calderón de la Barca cuando describió esto, el lugar en el que nacemos, vivimos y morimos, como el escenario de un Gran Teatro del Mundo en el que, millones y millones de espectadores, que hemos pagado al fisco las correspondientes entradas de palco, de platea, de anfiteatro o de gallinero, según nuestros niveles de renta per capital, nos limitamos a votar, ver y callar, eso sí, disfrazados de exultantes demócratas.

Lo que está ocurriendo en este Mondo cane estos días, a niveles globales y niveles nacionales, debería avergonzar a esa selecta minoría de prójimos a los que llamamos gobernantes (entre los que se cuelan locos de atar, caraduras y Pinochos incorregibles), pero mucho más, y con mucho más motivo, a esa enorme mayoría de mirones, entre los que tengo el disgusto de pertenecer, a los que nos llaman gobernados, pueblo soberano, dueños de los destinos de la humanidad por el mero hecho de haber pasado por unas  urnas que, en cuanto se cierran, si nos han visto, no se acuerdan; si nos han hecho una promesa preelectoral, se la pasan por el arco del triunfo; si claman nuestras voces a los cielos, ¡cuán gritan esos malditos!, se refugian en los inexpugnables bunkers de los Boletines Oficiales del Estado, de los hemiciclos parlamentarios, de las fuerzas de choque mediáticas y, como último recurso, en ese entramado teatral de cartón piedra, ese As que guardan en sus mangas al que, sin el mínimo rubor, tienen la osadía de llamar democracia. @mundiario