Disciplina de partidos
Un amigo, siempre que salía la discusión de un tema espinoso, nos decía: es que yo soy muy disciplinado. Se refería a que no había salido su voto, pero lo aceptaba. Otro era todo lo contrario: yo no soporto ninguna clase de disciplina. Cada uno hacía su vida conforme a estos principios. Hay otros que contestan que ellos no valen para asociarse, porque no tienen capacidad de someterse a ningún tipo de disciplina.
En muchos colegios e institutos el profesorado se queja de que hay muy poca disciplina. Unos la van imponiendo poco a poco y otros acaban pasando y son los propios compañeros los que se quejan. Así que hay de todo.
En uno de los colegios (religioso), donde yo trabajé, había un prefecto, que nos amonestaba de este modo: yo sé que ustedes acaban de salir de la universidad y lo que se lleva ahora es la libertad frente al control, pero háganme escaso en esto. La disciplina primero se impone, luego ya la irán aceptando y no les causarán grandes problemas. Todos hemos sido un tanto ingenuos al principio, pero estábamos un poco equivocados.
Él para demostrarlo se ponía al frente de las filas de una clase y a golpe de silbato hacía que se guardara silencio. Al segundo golpe largo, todos entraban ya ordenadamente. Y, si alguno se despistaba, el silbato le caía en la coronilla. Uno, que, entonces, era joven, les pedía que se aplicaran ellos mismos el ejercicio de la disciplina, preguntando por orden lo que quisieran, porque, además, había micrófonos en el aula y se enteraban de todo lo que les interesaba.
No nos llevábamos mal, ellos solían responder y algunos eran premiados con buenas notas. Mientras, el profesorado siempre estaba protestando y dando vueltas con la disciplina.
Ahora me acabo de enterar que a Redondo Terreros lo han echado del PSOE. Lo siento por él y, sobre todo por el aprecio que tenía a su padre, Nicolás, que plantó cara a González con una de las huelgas más sonadas de la democracia porque lo prioritario era la defensa de la clase trabajadora.
Hay gentes que se escandalizan por eso y hacen bastantes consideraciones para excusarse o darle la razón.
A mí en estos casos me gusta aludir a la disciplina. Todos los miembros de una institución, asociación o partido están sometidos a una disciplina. Y si no la cumplieran, podrían ser incluso expulsados. Si usted no acepta la disciplina básica, lo mejor es que se vaya. La última vez voté por el PSOE, pero estuve a punto de hacerlo por Vox o el PP, ha declarado recientemente Felipe González. Si un día lo expulsaran, sería un escandalazo, pero dicho castigo parece razonable.
Cualquier partido tiene un programa electoral, aprobado por sus miembros. ¿Qué sentido tendría no estar de acuerdo con él? Discutirlo entre los miembros de la correspondiente comisión, y, si no sale mi voto, al menos no andaría pregonando mi decisión de desacuerdo, presumiendo de ello en contra del jefe actual del partido. Si deseo hacerlo, lo que tengo que pensar antes es renunciar y marcharme pronto
El partido tiene derecho al control de sus integrantes, mediante las sanciones que sean necesarias para conservar y mantener lo que parece esencial hasta que no se modifique.
Si no hay orden e integridad, el partido empezará con muchos problemas y, si se está en un periodo de elecciones o en votación de investidura, todavía más. Proclamar que somos de tal partido, que estamos afiliados a él, pero que vamos a votar a otro, parece una contradicción que no debería darse. Y si se deja sin la correspondiente sanción, se acaba dividiendo al partido por la mitad.
¿Entonces voy a votar en contra de mis convicciones, proponiendo que se haga lo que no pienso, reservando mi identidad? Sería algo así como votar en conciencia. ¿Por qué no voy a poder hacerlo? Si soy honesto, entonces tendría que renunciar a mi partido y a todos los cargos y prebendas que tengo gracias a él. Lo que no tiene sentido es conservarlos. Si los proporcionó el partido, es justo que se los devuelva al mismo. De lo contrario, estaré traicionando a mi partido.
¿Y si lo que mi partido quiere es amnistiar o perdonar los pecados cometidos anteriormente? Es fácil. Me voy a otro partido o dejó de ser militante. Lo que no puedo es quedarme en una institución que piensa lo contrario que yo. No puedo compartirlo estando dentro. Hay que salirse y, a partir de ahí, poder dar la máxima discreción.
Esta falta del orden y desprecio a lo que hace de mi partido puede convertirse en un “Tamayazo” de tan nefastas consecuencias en nuestra democracia. Ojo con lo que puede venir, cuando falta la necesaria disciplina. @mundiario