Las diferencias internas entre el PP y el PSOE se trasladan a la escena internacional

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario
Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario
Con creciente frecuencia, las discrepancias domésticas entre el PSOE y el PP se proyectan en el ámbito internacional, abarcando desde cuestiones europeas hasta asuntos relacionados con Marruecos e Israel.
Las diferencias internas entre el PP y el PSOE se trasladan a la escena internacional

En apenas unos días España ha protagonizado cuatro episodios en el escenario internacional que dan que pensar, sobre todo por la falta de cohesión y, a la postre, de solvencia, lo cual atañe a su política exterior, pero también a su economía.

Una noticia alentadora: el papel de Sánchez en la cumbre de Dubái. Una noticia infantiloide: Bruselas rebate a Bolaños, a quien le aclara que la Comisión Europea no ha dicho aún que la amnistía no le causa preocupación. Una noticia desconcertante: Sánchez sigue haciendo declaraciones que avivan la crisis diplomática con Israel, mientras otros jefes de Gobierno y de Estado pueden pensar cosas parecidas, pero, lejos de cacarear, intentan mediar e influir en Oriente Medio. Y una noticia preocupante: el presidente de Repsol expresa su inquietud por la carga impositiva en España, aflora la posibilidad de trasladar proyectos de inversión en hidrógeno a países como Portugal y Francia, que cuentan con impuestos más favorables, y destaca la importancia de preservar la competitividad de España y la UE.

Parecen elementos suficientes para preguntar: ¿quién manda aquí? Por no hablar de la política interna, que ya roza el esperpento. Si España quiere tener una oportunidad de desempeñar un papel significativo en el nuevo escenario geopolítico, esto requiere un cambio de mentalidad y una cultura estratégica renovada.

Ser una “punta de lanza”, como sugiere el Instituto Elcano, implica reconocer la realidad y proyectar una imagen proactiva y cohesionadora hacia el mundo, en una Europa fuerte y autónoma. Lo cierto es que las escaladas en las guerras de Ucrania y de Gaza ha reverberado como un shock geopolítico en Europa, poco preparada para la vigencia del uso de la fuerza en las relaciones internacionales y proclive a la idea de que la interconexión económica con potencias como Rusia o China promovería un aperturismo político. Nada más lejos de la realidad.

Pedro Sánchez tiene una buena imagen, habla bien inglés, sabe estar –a veces–, pero es errático. El mismo Sánchez que va a la cumbre del clima en Dubái y reafirma, con buen criterio, el compromiso sólido del Gobierno español en la lucha contra el cambio climático –un pilar fundamental de su agenda política– tira el cántaro de la leche en sus relaciones con Israel y Bruselas. Consolidar la influencia de España en la agenda climática global y reforzar su compromiso con las iniciativas internacionales para abordar la crisis climática requiere, en paralelo, un uso más consistente de la real politik.

No se puede abogar un día por una nueva fiscalidad internacional, basada en el principio fundamental de que aquellos que contaminan deben asumir la responsabilidad financiera de sus acciones, y otro tocarles las narices a grandes potencias o a los intereses de esas grandes potencias.

En este nuevo escenario, se hace evidente la necesidad de que España redescubra la geopolítica y alinee sus políticas económicas con las prioridades estratégicas. En definitiva, que se dote de un Gobierno centrado.

Aunque existan profundas divisiones internas, la política exterior es un elemento cohesionador en España que no debiera perderse, pero que se está agrietando. Cada vez más a menudo, las diferencias internas entre el PP y el PSOE se trasladan a la escena internacional, empezando por Europa, pasando por Marruecos y terminando en Israel. Algo va mal. @J_L_Gomez

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