Entre desolaciones y mudanzas

José Gimeno Sacristán. / RR SS.
José Gimeno Sacristán. / RR SS.
El futuro de la educación como derecho fundamental será corto si no genera en torno a sí misma reflexión crítica.
Entre desolaciones y mudanzas

Ignacio de Loyola dejó escrito en sus Ejercicios espirituales que, en “tiempo de desolación, no hacer mudanza, sino estar firme y constante en la determinación que se estaba”. En un contexto de máxima atención a las pautas culturales de un régimen de “cristiandad”, inducía a no dejarse inclinar por doctrinas religiosas que no fueran las canónicas. Las variaciones del paso del tiempo, y una mayor secularización de la mirada, han hecho que, mudada “desolación” en “tribulación”, la exhortación ignaciana haya pasado a formar parte de los tópicos que suelen oírse cuando, ante zozobras diversas, se pretende una prudencia ante todo inmóvil y conservadora.

Esto segundo es lo que sugiere cuando se oye entre las “tribulaciones” a que nos llevan las noticias haciéndonos ver, cada día más cerca, las limitaciones de la Naturaleza a la acción humana. Los grados de temperatura ambiental que acusan más de dos tercios del territorio español debieran servir de advertencia; crece la secuencia de anualidades con adelanto del verano, disminución de la primavera y alargamiento de los días de sequía.  Al mismo tiempo, siguen siendo habituales los episodios de humanos resistentes a “mudar” sus preferencias, esa “cultura” inculcada desde los años cincuenta entre baremos de “crecimiento económico”, “desarrollo” y “progreso”, vinculados a una “competitividad” feroz. Tomado hoy el consejo ignaciano como guía para orientarse dentro de un sistema en que subsiste la ansiedad desreguladora de los bienes del común o de todos, “no hacer mudanza” es exponerse a riesgos mayores. El miedo a ser el último y hacer el ridículo en medio de la vorágine economicista, hace que seguir actuando como si nada hubiera cambiado, y proseguir en la depredación de recursos limitados, sea resignarse  a perecer estupidamente.

José Gimeno Sacristán

No hay marcha atrás en estas contradicciones, aunque quienes tienen el púlpito político y mediático propaguen que no pasa nada; en sus soluciones –en vísperas electorales- “no hay mudanza”. Por ello es noticia que, en el campo educativo, haya docentes y ciudadanos que se preguntan por el sentido que tenga “enseñar”, a dónde deba dirigirse la educación y cuáles deban ser sus prioridades ante retos reales del presente. La Pedagogía, es disciplina que suele servir a cuantos entienden que su reflexión puede incordiar  para que, manteniéndola en el limbo, sea un juguete “inútil” sobre el que proyectan las frustraciones o “fracasos” objetivos del sistema educativo. No es este, sin embargo, el pensar de más de una centena de expertos en saberes didácticos y pedagógicos, que se reunieron el pasado día 26 en la Nau, el centro cultural de la Universidad de Valencia, para reflexionar sobre estas cuestiones y reconocer como referente a un profesor y maestro de profesores, José Gimeno Sacristán. Turolense de nacimiento y  valenciano por el desempeño de la Cátedra de Didáctica desde 1981 -después de haber ejercido en la Complutense de Madrid y en Salamanca-, sus abundantes reflexiones en público sobre los objetivos y tareas prioritarias que debía asumir el trabajo de enseñar, han orientado la responsabilidad laboral de muchos docentes, y han dejado a los ciudadanos pautas de acción para que el ejercicio de este derecho fundamental sea corresponsable. En un momento de tribulación como este, Gimeno es, a todas luces, un humanista merecedor de reconocimiento como guía; su intenso trabajo durante  más de cuarenta años ha enriquecido la conciencia sobre  las virtualidades  del sistema educativo para crear una cultura valiosa de cara al presente y futuro.

En la Historia, las aportaciones de quienes hoy llamamos profesores, maestros o pedagogos, se han movido siempre entre dos tendencias. Ha habido quienes han tratado de preservar lo que había, un patrimonio ya constituido del saber, que los educandos debían reproducir como los discos antiguos de aquella “voz de su amo”, sin más. Y también ha habido –y hay- otros para quienes sólo la curiosidad de saber más y los modos diversos de hacerlo aportan valor a lo aprendido en la escuela. El dilema sigue vivo, pero las urgencias son tan graves que, si predomina la mirada  nostálgica al pasado educativo, se acelera un sentido de la enseñanza que, si pretende ser “publica”, es cada día que pasa más incoherente. Pretender seguir con versiones de cuidados desiguales a los educandos, será mortal para  toda esperanza de cambiar la banalidad que acumula el sistema.

Pedagogía crítica

Según los reunidos en Valencia, la Pedagogía y la enseñanza por las  que merece la pena apostar, en un momento tan difícil, obligan a contrastar de continuo -como enseñó siempre Gimeno- el lenguaje con que expresamos el idealismo de una sociedad mejor con lo que en realidad hacemos.  Hay mucho trampantojo en este terreno educativo, en que tantas voces invocan, para orientarse, lo que “es natural”. Lo más natural de toda actuación humana desde el Pleistoceno fue atender a que la vida humana fuera posible frente a las limitaciones, y así crearon una “cultura” capaz de afrontar dificultades. En este momento, en que son más perentorias, en el cómputo de los problemas acumulados por el sistema educativo en los últimos ochenta años, debieran estar –para empezar a hablar en serio- los puramente epistemológicos de los términos que empleamos para hablar de esto; tras esa nebulosa, se oculta mejor lo que una “enseñanza de todos y para todos” debe tratar de atender y solucionar. En todo caso, sería un error grave  que el quehacer de más de 800.000 docentes escolares fuera el del ciego guiando a otro ciego, cuando los análisis de Gimeno son capaces de orientar la mirada de cuantos quieran una sociedad que, entre tanta “tribulación” existente,  merezca la pena. Insistir en que todos los adolescentes están escolarizados no quiere decir que estén bien educados; y el que a todos les sea posible acceder hoy a un centro escolar debiera servir para que el valor de este no se limite a su capacidad de “seleccionarlos” para el mercado del trabajo. Sólo una tarea crítica sobre la mediación que ejerce el sistema educativo en el logro de ciudadanos capaces de entenderse entre las dificultades, hará que lo que hace merezca la pena; cuando los grandes monopolios del conocimiento y sus Redes sociales son sus grandes competidoras, si la escuela no es, ante todo, un espacio para crear convivencia, ciega su futuro. @mundiario

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