Plato del día

El derecho de un pueblo a sacar tarjeta roja

¡Paso a la tarjeta roja...!
A medida que crecen las posibilidades de que Pedro Sánchez permanezca en La Moncloa, al menos hasta 2027, ¡y quizá más!, como nos recuerda, una y otra vez, en cada ocasión en la que le ponen un micrófono delante, me reafirmo más en mi decisión (tomada ya hace un par de décadas) de practicar la objeción de conciencia electoral. En eso, ves, coincido con José Mota en su celebrado skecht del socorrista: si hay que ir se va, pero ir por ir…

En una sociedad amamantada en la cultura de que los domingos son días de descanso, fiestas de guardar, es una contradicción que el personal se rompa la cabeza, haga colas, se tome el trabajo de introducir una papeleta en un sobre y lo deposite después en una urna que, tras el correspondiente recuento y una sesión de investidura puramente aritmética, permite que un señor o una señora circule por la democracia en dirección, a veces correcta, a veces prohibida, hasta el final de una legislatura, de dos o ¡quizá más!, como nos ha ocurrido con Aznar, Zapatero, Rajoy y, todo parece indicar que pretende este marido de Begoña, hermano de David, ex-amigo de Ábalos, desconocido de Cerdán, que no sabe de quién le hablan cuando alguien pronuncia el nombre de un tal Salazar, una tal Leire o un chicarrón del norte aizcolari reconvertido en el perejil de todas las salsas.

Que las hinchadas ultras de izquierdas y derechas y los moderados adictos a progresistas o conservadores, estén dispuestos a encomendar en manos de un solo hombre o mujer, durante al menos cuatro años, el espíritu  de la democracia de todos, es algo aceptable de ser respetado, pero susceptible de no ser compartido. Porque, la soberanía del pueblo, debería imperar minuto a minuto, día a día, mes a mes, año a año sobre el posible juego sucio de los gobernantes. Una cosa es que las legislaturas duren cuatro años, como los partidos de fútbol 90 minutos y, otra, en mi humilde opinión muy distinta, que en los terrenos de juego democrático no haya forma humana de expulsar a un Presidente que se pasa el reglamento por sus partes innombrables.

El personal que nos ha antecedido no se ha dejado tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas en el largo y tortuoso camino de construir gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, para llegar a este primer cuarto del siglo XXI sin ningún instrumento civil, a modo de mandato imperativo constitucional, para que los gobernados pudiesen sacarle tarjeta roja y mandar a vestuarios a un Presidente y un gobierno, cualquier presidente con cualquier gobierno, que se haya comprometido a gobernar para todas y todos y acabe gobernando para sí mismo  y unas y unos de los nuestros, como en esas pelis de la Cosa Nostra con la omertá, la vendetta e historias morbosas de esas con tantos éxitos de taquilla.

A pocos días de que acabe este 2025, en pleno invierno de nuestro descontento, solo se me ocurre un deseo para rellenar la carta a los Reyes Magos: que el pueblo soberano tenga la potestad, el derecho a poder sacarle tarjeta roja a un presidente, cualquier presidente con cualquier camiseta ideológica, que practique a su antojo el juego sucio y tenga la potestad personal e intransferible de permanecer en el terreno de juego, al menos durante cuatro años, y más (como se anuncia un día sí y otro también) hasta que él quiera. @mundiario