Cuba: un futuro con más incógnitas que certezas

Bandera de Cuba. / YouTube.
Puede afirmarse que el indiscutible proceso de privatización de una parte del aparato productivo no está proporcionando las mejoras que se pretendían en la dinámica económica cubana.

Recientemente, realicé un viaje a Cuba para visitar a la familia que tengo en la isla. No se trató, pues, de una visita turística convencional para recorrer los circuitos establecidos a esos efectos. Tampoco fue la primera vez: en realidad, comencé las visitas "familiares" en el año 1999 y, posteriormente, repetí la experiencia en diversas ocasiones.

Estas circunstancias específicas de mis estancias, me permitieron tener un conocimiento más próximo a la realidad de las condiciones en las que viven amplios sectores de la sociedad cubana sin los condicionamientos asociados a las burbujas que, inevitablemente, se crean alrededor de los emplazamientos turísticos más tradicionales.

En los viajes realizados en este período de 25 años transcurridos desde 1999 existió un denominador común: fueron visibles, en diferentes grados, las consecuencias derivadas de la pérdida de la relación singular que tenía Cuba con la URSS a causa del derrumbamiento del sistema soviético registrado en el inicio de la década de los 90 del siglo pasado. Durante los primeros 30 años de la Revolución encabezada por Fidel Castro, se combinaron dos fenómenos destacados: la fuerte beligerancia de las sucesivas Administraciones de los USA (llegando al intento de una invasión de mercenarios) y el total alineamiento del régimen cubano con el sistema imperante en la Unión Soviética. Durante esas décadas, Cuba fue una pieza relevante en el tablero de la llamada "Guerra Fría" y su economía orbitó alrededor de una lógica comercial preferente con las autoridades del Kremlin. Son bien conocidos los términos del intercambio que se registraba en aquellos momentos y que resultaba claramente favorable al país caribeño: azúcar, tabaco y café por petróleo (parcialmente revendido, después, en el mercado internacional). En realidad, la geopolítica -y la geografía- explicaban más la relación de Cuba con la URSS que las lógicas estrictamente económicas. En cualquier caso, en ese período histórico, la población cubana disfrutó de unas condiciones materiales de vida que otorgaban una fuerte credibilidad al sistema político que había nacido después de la derrota del régimen de Batista.

A partir de la desaparición de la Unión Soviética, la situación giró sustancialmente. Aparecieron importantes desequilibrios en la arquitectura económica cubana y amplios sectores de la ciudadanía comenzaron a padecer serias restricciones en el aprovisionamiento de productos de primera necesidad. Los impactos del hundimiento del bloque soviético (agravados por el incremento de las sanciones de la Administración norteamericana)  fueron visibles en la bajada del PIB, en la desestructuración del sistema de transporte, en la alteración de la producción de energía eléctrica y en las dificultades para el mantenimiento del sistema agrario. Las autoridades gubernamentales buscaron fórmulas paliativas a lo largo la década de los años 90, primordialmente a través de la importación de petróleo desde la nueva Venezuela chavista y en la apuesta por una fuerte especialización turística. Algunas de esas medidas contuvieron parcialmente el deterioro en las condiciones de vida surgido durante el llamado "período especial" pero no fueron capaces de propiciar la recuperación de los niveles de vida de las décadas anteriores.

Transitando ya por el siglo XXI, las autoridades cubanas fueron conscientes de que tenían que acometer reformas importantes en su modelo productivo. Existían dos países amigos -China y Vietnam- que ofrecían posibilidades de aprendizaje -e incluso de imitación- por cuanto compartían la opción de un sistema político articulado alrededor de un partido único -el Partido Comunista- que controla todas las instancias del poder. Sin embargo, este denominador común no tuvo una traslación operativa al campo económico. Ya fuera por la demora y/o la tibieza con las que se adoptaron las medidas reformadoras o bien por los efectos neutralizadores de las viejas inercias acumuladas en el funcionamiento de la economía hipercentralizada existente durante muchas décadas, lo cierto es que Cuba ofrece un paisaje económico muy distinto del que se puede observar en dichos países asiáticos. Atribuir esa diferencia, exclusivamente, al boicot practicado por la Administración norteamericana resulta excesivamente simplista (teniendo en cuenta, además, que entre 2012 y 2016, el gobierno de Obama promovió una línea de mayor apertura entre los dos Estados).

A día de hoy, puede afirmarse que el indiscutible proceso de privatización de una parte del aparato productivo no está proporcionando las mejoras que se pretendían en la dinámica económica cubana. La reciente destitución de Alejandro Gil, ministro de Economía y Planificación, es una expresión evidente de semejante fracaso. Al mismo tiempo, la persistencia de un fuerte proceso inflacionista está erosionando la confianza de amplios sectores sociales en los responsables gubernamentales y viene alimentando una corriente migratoria -mayoritariamente entre segmentos jóvenes de la población- hacia EE UU (algunos análisis estiman una cifra que se acerca al medio millón de personas desde el año 2022) y otros países americanos y europeos. Complementariamente, las dificultades padecidas por los sectores con menor capacidad adquisitiva han provocado algunas protestas espontáneas (sobre todo en verano de 2021 y en los últimos meses del presente año) que fueron reprimidas contundentemente. La carencia de una oposición interna mínimamente organizada no permite habilitar procesos de diálogo y negociación que hubiesen sido capaces de canalizar semejante malestar y desincentivar las fuertes tendencias al éxodo migratorio que se vienen constatando en los últimos años.

Ahora, a diferencia de lo que sucedía hace 40 o 50 años, Cuba no figura en la agenda de las preocupaciones prioritarias presentes en la geopolítica latinoamericana. Hay otros países (Brasil, México, Argentina, Chile, Ecuador, Venezuela...) que vienen ocupando más atención y debate en el ámbito de la política internacional. La constatación de esta circunstancia permite concluir que el futuro de la isla caribeña presenta más incógnitas que certezas. @mundiario