Cuando la tradición pesa más que la igualdad: el pasado sigue dictando el futuro

Semana Santa Sagunto. / RR SS.

La negativa a sustituir “varones” por “personas” en los estatutos de una institución de Semana Santa en Sagunto trasciende el plano lingüístico y revela una tensión más profunda entre tradición e igualdad.

La votación para sustituir la palabra “varones” por “personas” en los estatutos de la institución procesional de Semana Santa de Sagunto  deja al descubierto una realidad difícil de ignorar. Aunque el cambio propuesto era mínimo en apariencia, su significado era profundo: abrir la puerta a la participación igualitaria de las mujeres. Sin embargo, el resultado —267 votos en contra frente a solo 114 a favor— muestra que no se trata de un simple debate lingüístico, sino de una resistencia arraigada a modificar estructuras tradicionales.

Cuando una mayoría tan amplia rechaza un ajuste que busca incluir a todas las personas por igual, lo que se está defendiendo no es una palabra, sino un modelo excluyente que preserva privilegios históricos. Este tipo de decisiones revela que, pese a los avances sociales, todavía persisten mentalidades que consideran natural mantener a las mujeres fuera de determinados espacios.

El machismo no siempre se expresa de forma explícita; a veces se manifiesta en votaciones, normas y gestos administrativos que perpetúan desigualdades. Cambiar una palabra en un estatuto es reconocer que la institución pertenece a toda la ciudadanía, no solo a un grupo concreto. Que ni siquiera ese paso haya sido aceptado demuestra que aún queda un largo camino por recorrer hacia una igualdad real.

La reacción especialmente conservadora de ciertos grupos de creyentes, incluidos muchos cristianos que se consideran piadosos, plantea una pregunta incómoda sobre qué elementos de la religión pueden cerrar el paso a perspectivas más progresistas. No se trata de la fe en sí misma, sino de cómo determinadas interpretaciones se han convertido en estructuras rígidas que priorizan la tradición por encima de la igualdad.

En muchas comunidades religiosas, las normas se han transmitido durante siglos sin cuestionarse, y cualquier intento de cambio se percibe como una amenaza a un orden que se considera sagrado. Esa sacralización de lo establecido puede generar una resistencia profunda a revisar roles de género, jerarquías o formas de participación.

Además, cuando la autoridad religiosa se presenta como incuestionable, se dificulta el debate interno y se refuerza la idea de que lo “correcto” ya está definido y no necesita evolucionar. Esto explica por qué algunos creyentes, incluso bien intencionados, pueden oponerse a avances que buscan mayor igualdad: sienten que aceptar esos cambios implica renunciar a una identidad espiritual construida sobre normas antiguas.

Sin embargo, también existen corrientes dentro del cristianismo que interpretan la fe desde la inclusión y la justicia social, lo que demuestra que no es la religión en sí la que bloquea el progreso, sino ciertas lecturas que se aferran al pasado como si fuera la única forma legítima de vivir la espiritualidad.

Aferrarse al pasado y a la tradición influye enormemente en la forma en que una comunidad responde a los cambios. Cuando una institución o un grupo social se identifica profundamente con sus costumbres, estas dejan de ser simples prácticas heredadas y se convierten en parte de su identidad. Por eso, cualquier propuesta de transformación se percibe casi como una amenaza personal. La tradición ofrece seguridad, continuidad y un sentido de pertenencia, pero también puede convertirse en un muro que impide ver nuevas posibilidades.

Muchas personas sienten que, si se modifica lo que “siempre ha sido así”, se rompe un equilibrio que consideran esencial, aunque ese equilibrio excluya o limite a otros. Esta resistencia no suele basarse en argumentos racionales, sino en emociones: miedo a lo desconocido, temor a perder privilegios o la sensación de que el cambio desestabiliza un orden que les resulta cómodo.

Eso sí, cuando se trata de mantener los privilegios, muchos se aferran a la tradición con uñas y dientes, pero cuando llega el momento de repartir tareas consideradas “menores” o “domésticas”, entonces sí que las mujeres son bienvenidas para preparar los perifollos, los capirotes y las vestimentas.

Es una forma sutil pero evidente de machismo estructural, donde la tradición se usa como escudo para conservar jerarquías mientras se delegan en las mujeres las labores que sostienen la imagen y el funcionamiento de la institución. En el fondo, es la misma lógica de siempre: ellas pueden servir, pero no participar en igualdad.

Muchas veces cuesta entender por qué las mujeres no se rebelan con más fuerza y se plantan ante situaciones tan evidentemente injustas, pero la respuesta no es tan simple. Durante generaciones se les ha enseñado, explícita o implícitamente, que su papel está en la obediencia, en el servicio y en la discreción, y esas ideas no desaparecen de un día para otro.

No es falta de valentía, sino un entorno que no facilita la resistencia y que castiga a quien se atreve a desafiarlo. Sin embargo, cada vez más mujeres están empezando a decir basta, a organizarse, a exigir espacios que les corresponden por derecho, y ese movimiento, aunque lento, es imparable. @mundiario