¿Cuándo se torció la política y dejamos de tener hombres de Estado?

Congreso.
La política nació como una de las tareas más nobles del ser humano, pensada para mejorar la vida colectiva. Hoy, sin embargo, se ha convertido en un terreno abonado para la mediocridad, la mentira y la radicalización social, con ciudadanos que han pasado de ser críticos a simples seguidores de siglas. Una reflexión amarga sobre el origen del deterioro político y social que vivimos.

La política, en su origen, fue una de las profesiones más nobles que ha conocido el ser humano. Consistía —qué ingenuidad la nuestra— en poner la cabeza, el tiempo y, si hacía falta, hasta el pellejo al servicio de los demás. No para figurar, no para mandar, no para salir en la foto, sino para mejorar la vida de quienes te habían confiado su representación.

Entonces daba igual perder una votación. El adversario no era un enemigo, era alguien que miraba la realidad desde el mismo sitio, aunque la viera con otros prismáticos. Se discutía, se perdía, se ganaba, y al final se seguía trabajando porque el objetivo era común: el bien colectivo. Nadie se rasgaba las vestiduras ni pedía la cabeza del contrario por pensar distinto.

Hoy todo eso suena a cuento de abuelos junto a la lumbre.

De la política como servicio al poder como refugio

La política actual se ha convertido en un refugio perfecto para el inútil persistente. Para el que no sabe hacer la o con un canuto pero aprendió pronto a levantar la mano cuando toca. Gente que con dieciséis o diecisiete años se sacó el carné del partido —no el de la biblioteca— y desde entonces ha vivido a pico y pala, repitiendo consignas como un loro con sueldo público. Hoy dicen blanco; mañana, si el líder dice negro, aplauden el negro con entusiasmo y sin despeinarse. Pensar, lo justo para no tropezar con la moqueta del despacho.

Y luego están los líderes. Esos para los que mentir no se ha convertido en una excepción, sino en una herramienta más del cargo. Mienten para llegar, mienten para quedarse y mienten para justificar por qué siguen sentados en el sillón como si estuviera atornillado al suelo. ¿Hombres de Estado? No me hagan reír. Tenemos mercenarios del poder, profesionales del aguante, especialistas en no levantarse ni aunque huela a chamusquina.

¿Y nosotros? Nosotros tampoco salimos bien en la foto. Votamos —los que votan— como quien anima al Madrid o al Barcelona. Con la bufanda puesta, el cerebro apagado y el insulto fácil para el que no lleva nuestros colores. Nos da igual casi todo mientras “los nuestros” ganen. Y así, entre la pereza cívica y el fanatismo de grada, les dejamos hacer.

La sociedad se ha vuelto áspera. Hemos dejado de ser amables y nos estamos convirtiendo en radicales de salón. Ya no se debate: se grita. Ya no se escucha: se etiqueta. No sé qué fue antes, si el huevo o la gallina. Si fueron los políticos quienes polarizaron a la sociedad o si fue la sociedad la que fabricó a los políticos que hoy la representan. Probablemente, ambas cosas al mismo tiempo, como casi todas las desgracias bien cocinadas.

Lo único cierto es que esto no va a ir a mejor. Y no lo digo yo. Lo dice la historia, esa señora incómoda a la que algunos se empeñan en borrar de los libros porque recuerda demasiado. Y ya se sabe: quien no la estudia, quien la desprecia o quien la manipula, está condenado —sin remedio— a repetirla.

Y esta vez, me temo, tampoco aprenderemos. @mundiario