Cuando la Habana se convirtió en el bar de los Estados Unidos
La noche del 16 de enero de 1920, cuando el reloj marcó la medianoche, Estados Unidos cruzó un umbral insólito: el alcohol, ese lubricante social de fiestas, bares y negocios, quedó proscrito. La Enmienda 18 y la Ley Volstead decretaban que fabricar, transportar o vender bebidas alcohólicas era ilegal. No fue el fin de las bebidas, claro. Fue el inicio de una de las épocas más turbulentas y fascinantes del siglo XX: la era del contrabando, de las mafias... y de una Habana radiante que se convirtió en la capital del pecado para los norteamericanos sedientos.
Mientras las primeras patrullas de la “Prohibition Unit” rompían barriles y clausuraban bares en Nueva York y Chicago, en los callejones oscuros y las costas desiertas comenzaba otra operación: la del whisky de contrabando. Desde Canadá bajaban caravanas ocultas de scotch, pero más audaz era el tráfico marítimo que surgió casi de inmediato entre Cuba y Florida.
Cuba, a apenas 90 millas de Key West, era en ese momento un hervidero de vida. El presidente Alfredo Zayas (1921-1925) vio en la situación una oportunidad económica: el alcohol no solo era legal en la isla, sino que la producción y exportación florecieron como nunca. Las destilerías cubanas y los almacenes de ron, whisky y champán rebosaban. La ciudad de La Habana, con su Malecón brillante y su ambiente tropical, se transformó de repente en un refugio de fin de semana para los norteamericanos: actores, millonarios, políticos corruptos y simples amantes de la bebida volaban o viajaban en ferry para emborracharse sin miedo.
"Cuba is Paradise," escribió en 1922 el periodista norteamericano Carleton Beals, quien describía bares abiertos toda la noche, donde camareros servían cocteles en copas heladas y las orquestas de jazz rompían la madrugada. Los turistas llenaban los cabarets como el Sloppy Joe's y el Hotel Nacional, donde se podía ver a gánsteres como Meyer Lansky y Lucky Luciano moviendo dinero y mercancías.
Pero más arriesgado era el tráfico clandestino. De las costas habaneras salían cada noche barcos pequeños —los famosos "rum-runners"— cargados hasta los mástiles de cajas de whisky escocés, ron cubano y ginebra inglesa. Estos barcos, rápidos y discretos, bordeaban los arrecifes, navegaban bajo la luna o entre tormentas, para depositar su cargamento en las playas desiertas de Florida.
Uno de esos contrabandistas fue Bill McCoy, un antiguo constructor naval que se cansó de la vida legal. McCoy fue uno de los pioneros en establecer lo que se llamó la "Rum Row", una cadena flotante de barcos anclados justo fuera de las aguas territoriales estadounidenses, desde Nueva Jersey hasta la costa de Florida. Allí, los pequeños lanchones recogían las botellas y las llevaban a tierra firme. "No adultero ni una sola gota," decía McCoy orgulloso, y de ahí nació el término "the real McCoy" para hablar de alcohol auténtico y de calidad.
En un testimonio ante un tribunal en Miami en 1924, un ex-oficial de aduanas confesó: "Era imposible detenerlo todo. Por cada barco que atrapábamos, cinco llegaban. Los cubanos sabían dónde esconderse entre los cayos. Se movían como fantasmas."
Y no solo cubanos. Norteamericanos como Gertrude Lythgoe, apodada "The Queen of the Bootleggers", establecieron redes completas desde Nassau y La Habana, negociando directamente con las destilerías y organizando flotillas de transporte.
La policía marítima, mal equipada y frecuentemente corrupta, apenas podía hacer frente. Un informe del United States Coast Guard de 1925 señalaba que la mayor parte del alcohol ilegal en Florida tenía sello cubano o bahameño.
La Habana ganó entonces su fama eterna: prostíbulos de lujo, casinos desbordantes, clubes donde los ritmos africanos y el jazz americano se entremezclaban hasta el amanecer. Se decía que La Habana era el bar de Estados Unidos, y allí, los nombres de famosos contrabandistas y políticos bebían juntos, sin tapujos.
Pero no todo era idílico. En alta mar, se libraban verdaderas batallas. En una ocasión en 1926, frente a la costa de Matanzas, una goleta cargada de whisky escocés fue abordada por piratas modernos —otros contrabandistas desesperados por hacerse con el cargamento—. Hubo tiroteos. Hubo sangre. El whisky rodó por las cubiertas y se mezcló con el océano.
Finalmente, la Ley Seca cayó en 1933, bajo el peso de su propio fracaso. Pero para entonces, La Habana ya había cambiado para siempre. Se había convertido en un símbolo de placer y transgresión, una imagen que seguiría viva durante décadas, alimentada por Hemingway, los casinos de Batista y los mitos de los gánsteres exiliados.
Terminemos esta crónica con un último brindis por esos días perdidos, por los marineros del ron y por la ciudad que aprendió a vivir de noche, mientras norteamérica entera intentaba prohibir sus propios sueños. @mundiario