Las consecuencias del golpe de Estado fallido en Perú son caos político, económico y social

Julio Velarde Flores. / RR SS
Julio Velarde Flores. / RR SS

Manifestaciones multitudinarias, una presidenta y un Congreso que se aferran al poder – y ninguna salida de la crisis que se vislumbra. ¿O quizás sí? ¿De la mano del presidente del Banco Central de Reserva del Perú, Julio Velarde, apodado el “Mago de las finanzas”?

Las consecuencias del golpe de Estado fallido en Perú son caos político, económico y social

Cuando la tierra tiembla, las catástrofes suelen tener dimensiones estrafalarias. ¡Qué horribles las imágenes que nos llegan desde Turquía y Siria sobre las consecuencias del terremoto! ¡Qué terrible el dolor humano que viven sus habitantes, dada la devastación sufrida especialmente en las ciudades, dado el frío intenso contra el que también tienen que luchar bomberos, policías, militares, médicos y demás fuerzas de protección civil para rescatar víctimas, dada la falta de medios locales que hace más urgente que nunca una rápida solidaridad internacional! Por suerte, hay voluntad de ayuda por parte de muchos países. Por desgracia, las consecuencias del terremoto necesitarán décadas para ser superadas desde el punto de vista material y generaciones para ser olvidadas desde el punto de vista humano.

En estos momentos, la guerra sin fin aparente entre rusos y ucranianos, otros conflictos bélicos siempre más encarnecidos, así como los problemas económicos mundiales como resultado de una inestabilidad geopolítica in crescendo han quedado relegados a un segundo plano. También lo que está pasando en Latinoamérica. Por ejemplo, en el Perú.

En pocas palabras los acontecimientos de los últimos meses: el 7 de diciembre del año pasado, el presidente Pedro Castillo disolvió el Congreso y decretó un Gobierno de excepción. El maestro rural había asumido la presidencia en julio de 2021, tras ganar las elecciones generales, pero pasando a la segunda vuelta con menos del 20% de los votos. Fue destituido inmediatamente por el Parlamento, con el visto bueno del Tribunal Constitucional, que clasificó de “golpe de Estado” las medidas anunciadas por Castillo. Le sucedió en el cargo la vicepresidenta Dina Boluarte

Desde ese momento, el caos político ha sido total. Sin respaldo en el Congreso, Boluarte no ha sido capaz ni de formar un gobierno estable ni de controlar a las fuerzas de seguridad en su intento de frenar las manifestaciones en Lima, el centro y sur del país, con decenas de miles de peruanos dolidos por la destitución de “uno de los suyos”, solo porque había iniciado, como ellos creen, la lucha contra la pobreza, la desigualdad y el racismo. Con de momento 60 víctimas de la represión policial. Y sin vistas de que la ira del pueblo llegue a su fin.

Según la corresponsal de El País Inés Santaeulalia, hay “dos Perús que nunca se han encontrado. El de Lima, que es un Perú más blanco, más rico, que se educa en colegios privados, maneja la élite económica, empresarial, política y social con la habilidad que da un poder adquirido por origen…Y luego está lo que desde en un club social del barrio de Miraflores llaman el “otro Perú”: el país del interior, de las regiones andinas, de los pueblos originarios, de los llamados indios o cholos. De los pobres, de la gente que está en la calle desde hace ocho semanas – desde el autogolpe fallido de Pedro Castillo – y que no se irá hasta que pase algo, que tampoco está ya claro qué es. De entrada, hay dos demandas a corto plazo: la renuncia de Dina Boluarte y la celebración de elecciones generales”.

Un compañero del colegio suizo limeño al que asistimos en los 50 del siglo pasado compartía hace muy poco con los demás miembros de nuestra promoción un texto del escritor, poeta y antropólogo peruano José María Arguedas (1911-1969): “No es fácil la reconciliación nacional. ¡Pero necesaria para el desarrollo! Todos debemos aprender a reconocer un Perú olvidado, gestor de una milenaria cultura (que no hay que verlo como folklore). Cuando digamos y nos sintamos ´todos somos cholos´ con orgullo, el Perú será y adquiriremos 'nuestra identidad mundial'”.

Para que se diera esta reconciliación nacional, harían falta varias condiciones que en las circunstancias actuales son difíciles de vislumbrar:

1. Que la presidenta y el Congreso lleguen a un acuerdo para convocar elecciones lo antes posible, para lo que Boluarte tendría que renunciar y el parlamento acordar con mayoría un adelanto de la fecha prevista actualmente, abril de 2024. Ninguna de las dos partes parece tener esta intención, a pesar de que las encuestas arrojan que un 76% de los peruanos desaprueba de la gestión de Diana Boluarte y un 87% pide adelantar las elecciones a presidencia y al Congreso.

2. Que la desconexión entre ciudadanos y políticos que llevó a esta última crisis – y no empezó con la llegada al poder de Castillo, sino mucho antes – cambie hacia una concienciación de los peruanos de que quizás esta sea la última oportunidad para que el país encuentre una salida pactada del caos, antes de que los militares tomen cartas en el asunto. Desde 2000 ha habido 11 presidentes, muchos ellos acabando en la cárcel por corrupción. Una enorme polarización política, un sistema que impide la gobernabilidad a los presidentes y un desinterés general de la ciudadanía por los problemas de Estado hacen que solo políticos mediocres se presenten a las urnas. El partido que más congresistas tiene es el fundado por el dictador Alberto Fujimori, cuya hija Keiko intentaría hacerse con la presidencia por el cuarta vez. Pero que genera tanto rechazo, que en el pasado el voto de los electores ha acabado dando el triunfo a cualquiera que no sea fujimorista. Si se repite este drama, el riesgo de una dictadura militar no parece descartable.

3. Que se encuentre a un político de consenso como candidato a presidente que no divida, sino que aúne fuerzas. De los últimos presidentes, el que quizás mejor parado salió fue el sustituto del sustituto de Manuel Vizcarra, Francisco Sagasti, encargado de dirigir al país hasta las elecciones de abril de 2021. Pero probablemente el estadista mejor valorado en estos momentos sea el presidente del Banco Central de Reserva del Perú, el incombustible Julio Velarde, que asumió este cargo hace 17 años. Ningún presidente se ha atrevido a sustituirle, dado su éxito de mantener un crecimiento macroeconómico alto (+13,3% en 2021), controlar la inflación a niveles aceptables (8,6% en 2022), lograr un equilibrio fiscal y sostener el valor del sol peruano. Al apodado Mago de las finanzas ven muchos observadores como la solución, pero solo si tiene el respaldo de una mayoría estable en un renovado Congreso.

Algunos datos sobre Velarde, 70: nació en Lima, estudió económicas en la Universidad del Pacífico y la Brown University, ocupó altos cargos en el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la OCDE, además de la banca privada. En 2006 fue designado presidente del Banco Central de Reserva del Perú. La prestigiosa revista The Banker le eligió en 2022 “Mejor Banquero Central”. Es uno de los peruanos con más prestigio nacional e internacional y cumpliría, por lo tanto, con la condiciones de poder ser el faro que necesite el país para guiarlo en estos tiempos oscuros.

América Latina tiene muchos problemas. Francisco de Zárate resaltaba en El País Negocios del 8 de enero algunos de ellos: hay un déficit enorme en las inversiones de conocimiento e infraestructuras; la economía sumergida es una gran lacra para la región y frena el despegue; la pandemia provocó la pérdida de 25 millones de empleos, según datos de la OCDE; la anterior etapa progresista no abordó bien la creciente desigualdad; los mayores desafíos económicos que tienen los líderes de izquierda que accedieron últimamente al poder (Boric en Chile, Lula en Brasil, Petro en Colombia) serán lograr un crecimiento del PIB y una reducción de la pobreza, a pesar de un contexto inflacionista y de tipos de interés al alza. 

Si pues países con estructuras políticas bastante estables tendrán problemas económicos y sociales urgentes que resolver, ni qué decir el Perú, que, como recalcaba el semanario The Economist está inmerso en una extrema degradación política, reduciéndose su valoración internacional de “democracia” a “régimen híbrido”. ¡Los próximos meses demostrarán si el país logra salir con éxito de esta crisis tan aguda! @mundiario

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