Plato del día

La claridad democrática y el bulto aritmético

Para ejemplo un botón...
No es un problema de derechas o izquierdas, de progresistas o conservadores, sino de nosotros, la gente corriente que, a ambos lados del muro, nos dejamos arrastrar por flautistas de Hamelín, influenciers de pega, predicadores de TikTok y practicantes del timo de la estampita ideológico que juegan al póker con nuestras vidas.

Podría escribir los versos mas tristes estos días, si Neruda me diese su permiso, claro, mientras contemplo desde mi ventana la democracia que quise, que se está estrellando, que nos la están robando entre gritos, ¡cuan gritan esos malditos!, de comparecencia en comparecencia, de pleno en pleno parlamentario, de tribunal en tribunal, de no me consta en no me consta, de borrado en borrado, de audio en audio y de mentiras de unos y de otros repetidas, ¡tantas veces!, que empiezan a adquirir naturaleza de verdades. Podría recurrir incluso a aquel resignado axioma de Serrat en un arrebato de sinceridad envuelto en el papel regalo de la música: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y la verdad, en estos tiempos de cólera, es que prácticamente nadie es sinceramente suyo, de sus ideas, de su sentido de la justicia, de sus responsabilidades adquiridas voluntariamente, de lo que se piensa (convenientemente blindado en las conciencias) y lo que sale después por las bocas falsarias, mezquinas, calculadoras, aduladoras, especuladoras, en el mismo idioma en el que, un mártir por su causa como Miguel Hernández, se paso su corta y cortada vida clamando desde una gran boca en la que el labio de arriba era el cielo y la Tierra el otro labio.

La verdad es que, los nombres propios en las puntas de los icebergs políticos, económicos, culturales, científicos o de la vie en rose, ya no nos dejan ver el bosque de seres anónimos sumergidos bajos las aguas turbias de la actualidad. Nos queda, como reliquias de lo que podríamos haber llegado a ser, la Rosalía haciendo el milagro de caminar sobre las notas musicales en las chapotean ídolos de barro. Nos sobra carne de TikTok de paso, políticos que se han colado de okupas en las redes, influenciers que arrastran a nuestros hijos y nietos al vacío de una existencia por caminos, carreteras, autopistas, cuyas señales de tráfico repiten lo mismo: siga la dirección de la flecha. El criterio propio agoniza; los proclamados pastores de rebaños humanos son, curiosamente, lobos disfrazados; los proclamados expertos en lo que sea: política, economía, constitucionalidad, justicia, legislación, derecho a la información, son impostores, traficantes de estupefacientes ideológicos, repitemonos maquillados de grandilocuencia con rentabilidad mediática y agradecimientos por los servicios prestados.

Podría escribir los versos más tristes esta noche, y la siguiente y la otra, bajo la contaminación lumínica a la que somete un tal Abel Caballero, por ejemplo, a una ciudad como esta en la que vivo. Pero es imposible que las musas no pasen de mí, ¡pobrecitas mías!, abrumadas por las masas ingentes que, en los malos tiempos para la lírica que corren, han convertido la conquista de la humanidad de la mayorías democráticas, en difusas, confusas, tal vez ilusas y, probablemente estériles mayorías aritméticas. En tan solo 50 años, a mis escasas luces, hemos renunciado a los derechos y libertades de calidad y nos hemos resignado a la cantidad. Esto, nuestras vidas, ya no se trata de que ganen los mejores, ni siquiera los menos malos, sino los que, juntos y revueltos, por la izquierda o por la derecha y, al precio que sea, hagan más bulto y, por consiguiente, nos ofrezcan menos claridad. @mundiario