Catálogo de aventajados aspirantes a presidentes eméritos
Ni la infalible inteligencia artificial, por más que he intentado tirarle de la lengua, ha podido desvelarme la identidad del pionero que bautizó a Juan Carlos I como Rey Emérito. Si hubiese salido de la masa gris de un republicano, probablemente se habría ido popularizando como Rey Demérito, naturalmente. De manera que se inclina uno por cierta naturaleza monárquica, cortesana y nostálgica en el anónimo inspirador de ese título que no consta, precisamente, entre los atributos de la Casa Real. Lo que pasa es que ha cuajado meteóricamente en el pueblo, en los medios de comunicación, en el ámbito de la soterrada guerra fría, civil y civilizada, que persiste en España tras las dos ocasiones, en el transcurso de cuatro décadas de nuestra historia en las que resonó la pregunta del Tío Hem: ¿Por quién doblan las campanas?
La primera vez, en 1939, todavía pudo escucharlas el bueno de Ernest, tras suministrarle la extremaunción a la II República. Pero, en la segunda ocasión, en 1975, ni estaba ya, ni se le esperaba en aquel Madrid, en aquella España que era una fiesta, aún semiclandestina (por si los grises, claro), mientras en muy pocos campanarios doblaban las campanas por una dictadura y, en otros muchos más, replicaban sutilmente, emocionadamente, esperanzadoramente a medida que se vislumbraba el sol naciente de una democracia.
Desde entonces hasta ahora, o sea, medio siglo después, a medida que la sombra aterradora de un caudillo se iba desvaneciendo en la historia y la de un Rey se iba haciendo alargada, los españoles seguíamos, erre que erre, divididos en dos bandos, incruentos, eso sí, incluso dialogantes, eso también, pero incapaces de ponernos de acuerdo en lo referente al statu quo que debería regir desde la punta del iceberg de nuestra nueva oportunidad para vivir en un Estado de derecho y libertades: ¿una Presidencia elegible o una Corona heredable?
Mientras nosotros o nuestros descendientes despejan esa incógnita, que por ahora ha quedado despejada en la Constitución que aprobaron en referéndum más de un 80% de ciudadanas y ciudadanos con voz y con voto, permítanme que insista en el motivo inicial de la receta que me ha inspirado este Plato del día: ¿por qué insistimos en denominar a Juan Carlos I Rey Emérito? Vale que ha sido Rey, con sus virtudes y sus defectos, en proporción al que cada español o española le conceda en sus fueros internos, pero ahora es solo un señor mayor, viejo y cansado, a orillas del mar de Abu Dabi bebiéndose sorbo a sorbo su pasado, como el Antonio Machado al que le puso letra y música Serrat. Ahora está en un Collioure en el que, si muere, atraerá a muchos menos peregrinos que el genuino Collioure en el que permanece el poeta ligero de equipaje.
Pero, ya ves, siguen llamándole Emérito. Los más afines convencidos de que le honra; los más astutos antimonárquicos decididos a poder seguir dándole leña al mono. Y, en medio de esa confusión de hinchadas en torno a la figura de un simple ex rey sin corona, tras tres décadas reinando pero no gobernando, invaden mi cabeza Felipes, Aznares, Zapateros, Rajoys, señores de esos que no reinaron pero si gobernaron, que no fueron ungidos, sino elegidos y, cuando abdican por imperativo de las urnas, o sea, por haber defraudado al pueblo, se les permite irse de rositas, sin la pesada carga de ser considerados Presidentes Eméritos y la condena a cadena perpetua ante la opinión pública y la opinión publicada.
Entre las muchas cualidades que, en sus diversas etapas, es de recibo reconocerle, por ejemplo, a José Luís Rodríguez Zapatero, la más reciente lleva unos meses dejando al personal con la boca abierta. Si fuese un Presidente Emérito, otro gallo cantaría a medida que nos envuelven presuntas y sinuosas maniobras orquestales en la oscuridad. Lo mismo que a M. Rajoy, o a míster ¡váyase, Sr. González!, o a ese Felipe mareado de dar vueltas en puertas giratorias.
Propongo, para todos los expresidentes (coronados nada más y nada menos que por el pueblo soberano) todo el honor y la vulnerabilidad que proporciona, a modo de título póstumo, el adjetivo de Emérito. @mundiario